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Revista Cultural

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AREQUIPA Y UN VALS

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Ballón cumple años


Durante la mayor parte del siglo XX el vals “Melgar” para los arequipeños fue, más que un himno popular del regionalismo vo

lcánico, un signo creador de identidad, un instrumento de autoconstrucción imaginaria de aquello que nos diferencia en la competencia de las regiones fuera del centro.

Sus versos, “Blanca ciudad, eterno cielo azul, puro sol, montañas de mi lar donde nací”, reúnen los iconos más eficaces para marcar nuestra identidad: ciudad “blanca”, a partir de entonces el epíteto que caracteriza a Arequipa; “eterno cielo azul, puro sol”, rasgos climáticos invariables que afirman la permanencia a lo largo de los siglos de aquello que a su vez parece destinado a perdurar; “montañas de mi lar”, magnificencia geológica.

Pero estos versos inspirados sería nada más que otro poema de Percy Gibson, su autor, sin la melodiosa composición de don Benigno Ballón Farfán que los acuna. “Melgar” fue una temprana creación de Benigno; data probablemente de 1912, cuando el músico contaba apenas 20 años y se hallaba de viaje por Bolivia. Entre esa composición y “Momentos descriptivos de los días 13, 14 y 15 de junio de 1950”, su última obra, trascurrió una vida intensa y fecunda, coincidente con el periodo que va entre los albores de la modernización y el final de la pequeña urbe señorial y conservadora que fue la nuestra en la primera mitad del siglo XX. Final que se advierte justamente en la naturaleza y la nueva composición social de los participantes de la revuelta popular de 1950 y las siguientes.

Es aquel interregno cuasi armónico de medio siglo, justamente, el que confiere la sostenida popularidad al vals y lo representa. Después de los hechos de 1910 Arequipa había logrado una cierta estabilidad social, económica y política, acomodada en su papel de centro comercial del sur y de cuna de un mestizaje casi armónico o al menos apacible. Pasaron los años de las “revoluciones”, el León del sur dormía la siesta, el equilibrio entre la urbe y la campiña parecía natural. La misma naturalidad armónica del vals; la misma estructura apacible y dulce; romántica en la letra y en la música; en la imagen del héroe juvenil que dice adiós a su Silvia querida por idílica.

Benigno Ballón Farfán nació según unos el 09 y según otros el 13 de febrero de 1892 en el barrio de San Lázaro, el más tradicional de Arequipa. En una de las retorcidas calles del lugar se hallaba la peluquería del padre, un hombre generoso que le enseñó a Benigno a tocar la guitarra y que, al notar sus aptitudes, lo llevó a tomar lecciones particulares de piano. En lo demás, Benigno sería un músico autodidacta. Su biblioteca personal conservaría muchos años después de su muerte los libros y tratados de armonía y composición, las partituras y estudios llenos de anotaciones y subrayados.

Estudió en el colegio del renombrado padre Duhamel y luego en el Salesiano, de la calle San José. Su familia numerosa y pobre le enseñó a trabajar desde que era casi un niño. Su primer empleo fue como pianista del “Teatro Olimpo” (que luego fue el cine Fénix) donde acompañaba con música a las primeras películas mudas que se vieron en Arequipa.

Mejoró de salario cuando don Felipe Santiago Rivera lo llamó para enseñar Música en el colegio Santo Tomás de Aquino. Después formó su propia orquesta, con la cual acompañaba por igual la liturgia de los templos arequipeños y las bodas y cumpleaños de los aristócratas clasemedieros de entonces.

Lo mejor de todo es que Ballón Farfán no se limitó a su rol de intérprete, empezó a componer sus propias melodías, valses y canciones. Antes de los treinta ya había escrito “Melgar”, “Arrullo”, “Cholita candaraveña” y “Por ahí pampas”.

En el Teatro Fénix solían presentarse por los años 30 compañías de ópera y zarzuelas venidas de Europa. Allí acudía Ballón a reforzar a las orquestas viajeras y allí propuso sus obras originales para adaptarlas a los libretos importados; así concibió la idea de escribir su propio material operístico sobre temas arequipeños y con música enteramente de su invención. En 1933 ya tenía escrita la zarzuela “Ccala calzón si forro” y las obras “Las lecheras”, “Las sembradoras” y “Los barredores”; todas bajo el influjo romántico de la época. Con este repertorio, acompañado de los músicos de su orquesta hizo el largo viaje hasta Lima y se presentó allí en diversas ocasiones, recibiendo en todas elogios y una buena bolsa de entradas.

“Ccala calzón sin forro” tiene un libreto icónico del imaginario que caracteriza a la primera mitad del siglo XX en Arequipa. El Ccala Carlos, señorito de la ciudad, y sus amigos llegan a la fiesta de cumpleaños de Benita, bella joven campesina que es festejada por sus padres, sus amigos y su enamorado, el Zenobio. La Benita acepta primero emocionada los galanteos de Carlos, pero se ve que las intenciones del ccala no son amorosas. El padre de la Benita, chacarero viejo y orgulloso, está en desacuerdo con la situación; la madre, en cambio, alienta las esperanzas de “un buen matrimonio”. Al final, Zenobio y el padre de Benita arrojarán a la calle al ccala y sus amigos, y retornan la alegría y el baile. Los personajes están bien caracterizados y la tensión narrativa expresa la contradicción entre la ciudad y el campo, resuelta con el romanticismo roussoseano  de la época. La zarzuela está compuesta de los siguientes números y géneros: “Las cuculíes” (Yaraví), “Sufriendo estoy” (vals), “La Benita” (pampeña arequipeña), “El brindis del ccala” (Canción), y “La traidora” (marinera), sustituida a veces por la marinera “Soy sirena”.

En 1940, para el cuarto centenario de la fundación española de Arequipa, Ballón Farfán publicó la obra “Cantares Arequipeños”, en la cual intercala yaravíes de Mariano Melgar y algunas de sus canciones más populares; si bien, hay que señalar que Ballón no fue un compositor de yaravíes, a lo sumo hizo arreglos de ellos adaptándolos a la instrumentación orquestal, y, en algunos casos, trasponiéndolos a la armonía occidental clásica.

En el estilo de Ballón destaca la melodía sobre la armonización y el desarrollo de los temas, sus canciones son generalmente homofónicas bitemáticas, con líneas melódicas limpias y cristalinas, compuestas usualmente en tonos menores.

Lo que pocos saben es que Ballón Farfán creó una forma nueva, la “pampeña”, versión mestiza del huayno que interpretaban los indios pobladores de “La pampa”, como se llamaba por entonces al barrio de Miraflores. Este huayno arequipeñizado pudo tener mejor suerte, si hubiera conseguido seguidores después de la muerte de Ballón Farfán, pues representa al nicho poblacional que desde los años cincuenta, tras la ola migracional altoandina, rodeó a la ciudad más allá de Miraflores. También hay huellas del investigador que fue Ballón Farfán en la música de su “Misa de Requiem”, que él basó en el cántico de las “lloronas” indias que acompañaban a las misas de difuntos de la campiña arequipeña; aunque su composición resultó tan poco ortodoxa que, tras la presentación en la Catedral, le prohibieron repetirla.

La dirección de la música de don Benigno tomó otro sentido, hacia los sones y estilos modernos traídos por la radio y las casas importadoras de discos. Empezó a componer charlestones, foxtrots y música de jazz. Su profesión demandaba piezas de baile y de espectáculo, y eso compuso. Casado por tercera vez, tenía una familia numerosa bajo su tutela.

En los cincuenta Benigno Ballón Farfán fue atacado por la diabetes; perdió tres dedos de un pie al ser operado, y finalmente, el 12 de julio de 1957, falleció en su casa de la calle Siglo XX. Dejó más de un centenar de composiciones, entre ellas los himnos de los Rotarios, del Colegio de la Independencia Americana, del Colegio Militar Francisco Bolognesi, de la Gran Unidad Escolar Mariano Melgar, del Club Piérola; es autor del primer Himno de Arequipa, llamado “Mi Canto a Arequipa”; de los valses “Silvia”, “Arrullo”, “Sufriendo estoy”; de las pampeñas “Achalau” y “La Benita”, y, probablemente, del famoso “Carnaval de Arequipa” que cantó por primera vez Yma Súmac.

En su última obra, la marcha fúnebre “Momentos descriptivos de los días 13, 14 y 15 de junio de 1950, el tono feliz de Ballón Farfán ha terminado. Arequipa, convulsionada por las protestas civiles, veía desfilar entre los vociferantes a dos hijos de Benigno, los jóvenes músicos Roberto y José; uno fue hecho prisionero y el otro huyó hacia Bolivia. El mundo había cambiado, la modernidad industrial empezó a destruir las formas y colores de la Arequipa señorial, las picanterías que Benigno frecuentó en su mocedad ya eran otra cosa, el mestizaje mostraba su fuerza más morena y los símbolos populares eran nuevos. Los terremotos sucesivos hicieron su parte, al destruir las viejas casonas tugurizadas del centro de la ciudad y enviar a los arequipeños pobres a vivir en los Pueblos Jóvenes. Las sequías del sur andino movilizaron hacia los alrededores de la ciudad a miles que apenas si sabían de la música y la poesía arequipeña tradicional y que vivían, cantaban y soñaban de otras formas. El mundo de Ballón Farfán pasó a la historia, si bien esa historia es hoy parte nuestra.

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