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Revista Cultural

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El pintor enigmático

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El primo Juan

 

Hace más de una década, durante una visita al terruño, una buena amiga quiso hacerme un regalo especial.

—Escoge un par— me dijo, enseñándome varios cuadritos sin enmarcar—. Son de un pintor que murió relativamente joven.

Escogí un cuadro de Tingo, de la calle Morro de Arica, en la que aparece la antigua vivienda del doctor Hunter, poseedor de una invertebrada biblioteca. La calle posee postecillos que son hitos de representación de las siete caídas de Cristo.

Estos datos los anotó el artista al reverso en fecha 16 de setiembre de 1975, junto a su firma e iniciales y a un código: B-104.

En el fondo del cuadro hay unos árboles frondosos y delante un solitario y diminuto transeúnte con sombrero, cerca de un poste, en medio de la desierta calle en penumbra, a la caída de la tarde.

La segunda obra que escogí fue un colorido paisaje de Chilina de 1971 con esponjosa arboleda en distintos tonos de verde, en una calle sin asfaltar con casitas blancas, ocres, naranjas y verdosas y un único, altísimo poste de luz en medio.

En el reverso, de yapa, 2 chacareras dibujadas y el código B-5.

Las obras viajaron conmigo en el maletín varios miles de kilómetros, hasta que las colgué en la pared de mi escritorio, donde las contemplaba intrigada por el autor.

—Ese pintor se ve que era especial, se entregó en sus cuadros como si supiera que la vida se le acababa— dijo mi madre.

Otro abducido por la pintura de Tingo fue A., amigo y asiduo a galerías de arte y subastas.

—Mira que cuadro me regaló una amiga— le dije sin saber que desencadenaría su obsesión por la obra.

—Ese cuadrito es un poema- dijo. Le conté lo poco que sabía del artista. Varias veces quiso A. hacerse con el cuadro de Tingo. Propuso canjeármelo por dos cuadros que yo eligiese, incluso quiso llevárselo prestado para fotocopiarlo, en vano, porque siempre me negué. Con los años seguía intrigada por la obra y el artista, de modo que supuse que nunca despejaría la incógnita. Hasta hace unos meses, en que nuevamente sentí curiosidad. Le pregunté a mi amiga, que me había visitado recientemente tras contarle que el cuadro de Tingo no dejaba indiferente a ningún antropoide (incluso le presenté a A.). Ella poco podía añadir. En ese punto muerto me visitaron mis tíos tras incontables lustros sin visionarnos. Durante una larga conversación con mi tío sobre genealogía, él mencionó a los parientes pintores de mi tía. A ella le conté la historia de esa obsesión y le tomó un segundo mirar el cuadro para decir:

—Es mi primo hermano Juan Rosas Rebaza, un gran artista en mi opinión.

Así finalmente pude saber de su firme y precoz vocación y sensibilidad y de las circunstancias que determinaron su breve y productiva existencia. Mi amiga y A. conocen así también mejor a este artista.

—Te dije que ese cuadrito es un poema— dijo A. tras encender las luces para contemplarlo mejor por millonésima vez.

 

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