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Revista Cultural

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LA NOVELA QUE NO ESCRIBIRÉ

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Extraordinario testimonio, notable escritora.

(La autora es una escritora francesa-peruana uno de cuyos cuentos apareció en la antología El cuento peruano 2000-2010, de Ricardo González Vigil; ella acaba de publicar una novela peruana que ya queremos leer. Ofrecemos, tomado del muro de Diego Trelles y publicado con permiso de la autora, su extraordinario testimonio sobre Identidad y Literatura)

 

Combatiente anarquista durante la guerra civil española, internado en el campo de Vernet d´Ariège del que sólo pudo salir firmando un contrato con la Legión Extranjera, mi padre fue lo que se llama “un hombre de acción”. Sucesivamente, legionario, combatiente en la Resistencia francesa, oficial del ejército, campeón nacional de tiro al arco y con pistola, fue, a lo largo de su vida, un aventurero dotado de una vitalidad inagotable, de un permanente optimismo y de un sentido innato de la narración.

Una Hoja de Servicios, con fecha del 16 de marzo de 1945, dice lo siguiente: “Sub-oficial cuyo valor y sangre fría despiertan admiración. Se hizo notar por su valentía y su audacia, así como por su desprecio del peligro”. En marzo de 1963: “Oficial muy activo, de gran conciencia profesional y de gran rigor moral. Su aspecto algo tosco esconde un gran corazón”, sin contar las citaciones, las hazañas y, por supuesto, las heridas que adornaban su cuerpo como otras tantas medallas.

Su infancia no tenía nada que envidiarle a su adultez. Hijo único de una madre soprano que cantaba zarzuelas y de un padre colombófilo que, aunque hemipléjico, le enseñó el arte de la cacería y la crianza de canarios cantores y de palomas mensajeras, mi padre vivió en Barcelona hasta la guerra civil, mudándose constantemente por el barrio de Gracia, en últimos pisos con azoteas donde instalar las pajareras.

—“Nos teníamos que mudar cuando aumentaba el número de jaulas, o porque se quejaban los vecinos, o porque se abría una posta médica cerca que prohibía la crianza de aves por razones profilácticas. Por lo tanto, tu abuelo había creado un sistema de pajareras desarmables. Y, en la práctica, yo era quien las armaba y desarmaba”.

Tenía todas las características de un personaje de ficción y se me ocurrió convertirlo en el protagonista de mi primera novela. No faltaban ingredientes: una vida rocambolesca, la singular personalidad de abuelos a los que no conocí, la ciudad de Barcelona que tanto amo pero donde sé que no viviré, y aquel hombre que pasó fugazmente por nuestra infancia y que aprendí a conocer demasiado tarde.

Pensaba que contar su vida sería una manera de hacerme perdonar mi rebeldía juvenil que tantos enfrentamientos había provocado, de recuperar el tiempo perdido en separaciones, y acortar así la distancia que yo había puesto entre nosotros al migrar hacia esa América Latina donde surgió, años después, la idea descabellada de hacerlo, literariamente hablando, desaparecer.

Quería para mi novela un héroe de principio a fin y, si bien, con el tiempo, había reconocido y apreciado en él la dimensión humana que mencionaban sus Hojas de Servicios, alababan sus amigos y hacía de él un abuelo tan querido por sus nietos; si bien, con el tiempo, mis desacuerdos habían dejado paso a la complicidad, la segunda etapa de su vida contrastaba demasiado con la imagen del aventurero del primer período para encajar con mi personaje.

Mi necesidad de crear un personaje épico me inclinaba peligrosamente hacia el parricidio literario pero como no me atrevía a darle una muerte trágica a quien gozaba de una perfecta salud, me pareció más apropiado optar por una desaparición misteriosa, inventándole otra vida.

Pensaba iniciar la novela contando su adolescencia y su período más “activo” de anarquista español, preso en el campo de Vernet d´Ariège, enrolado en la Legión Extranjera y luego en las FFL para responder al llamamiento del 18 de junio de De Gaulle (lo cual le mereció la nacionalidad francesa), y terminar con su carrera de militar francés que, con las independencias de Indochina y luego de Argelia, lo devolvió a casa. Es decir, atenerme a los hechos.

Luego, en la medida en que su vida sedentaria no ofrecía ningún interés narrativo, había pensado inventarle un destino más conforme al de un hombre de acción, pues un protagonista con un pasado tan insólito no podía terminar como un jubilado tranquilo tomando su aperitivo frente al televisor.

La dificultad era conectar de manera verosímil la verdadera biografía con la falsa según la cual, exiliado en un Perú lejano, se le había luego perdido el rastro.

La novela, escrita en 3era persona, alternaba el punto de vista del niño y adolescente con el de un periodista indagando sobre él.

Como se tomaba muy en serio su biografía, mi padre había iniciado la correspondencia con faxes interminables en los que me describía el adiestramiento de las palomas mensajeras, la construcción de las jaulas o la vida en las calles de Salmerón y de Torrent de l´Olla donde más tiempo había vivido. En un fax del 2002, leo: “Respuesta a tus preguntas sobre las pajareras: de 5 x 5 metros y 4 m. de altura. Cada jaula se dividía en 3 compartimientos: uno para las palomas mensajeras, otro para los buches ladrones (los que venían de afuera atraídos por la comida y que nosotros anillábamos como si fueran nuestros) y el tercero para los apareamientos.” Y, en margen, lo siguiente: “Intenta integrar en tu relato el texto subrayado”.

Su francés era impecable: ortografía, sintaxis, vocabulario, todo era perfecto. La complicada concordancia de los participios pasados no tenía ningún secreto para él que, al llegar a Francia, sólo conocía de este idioma dos palabras, inútiles para sobrevivir, pero cuya sonoridad le había encantado: Vercingétorix y papillon (mariposa). Palabras quizás proféticas que anunciaban al guerrero y al aventurero incapaz de quedarse mucho tiempo en un mismo sitio.

Respecto a la novela, mi padre esperaba la versión exacta de los hechos, yo me inspiraba de los hechos para alimentar mi ficción. Como si fuera poco, había remplazado su apellido paterno Félip, por el materno Fortuny y, en ningún momento, me refería a él como mi padre.

Había decidido mandarle primero los capítulos que retrataban fielmente su infancia, postergando aquellos en que su vida ficticia no tendría nada que ver con la realidad.

Los cambios lo sorprendieron desde las primeras páginas. Leo, en margen de otro fax: “Te recuerdo que tu abuela se llamaba Antonia. Entiendo perfectamente que te hayas olvidado de su nombre, pero lo que no entiendo es que hayas cambiado el mío”.

Le contesté que era una manera de tomar distancia respecto al personaje y que, en cuanto al apellido, Fortuny sonaba más catalán que Félip.

Mi respuesta lo decepcionó. Pero lo que más me hizo dudar fue la opinión de mi hermana: “¿Por qué le cambias el nombre ya que cuentas su vida?”.

Yo podía entender que mi padre no captara la intención literaria, pero el hecho de que mi hermana, primera lectora e implacable correctora de cuanto escribo, la cuestionara también, puso en evidencia la debilidad de mi proyecto.

¿Cambiarle el nombre, inventarle otra vida, no era excederse en la ficción dado que la intención era biográfica y que se trataba por lo tanto, también, de Nuestra historia?

Estaba entrampada pero no tuve tiempo de profundizar el asunto pues unos problemas de salud me obligaron a dejar de lado, por un largo tiempo, toda actividad profesional y literaria. Luego, una vez restablecida, decidí dejar madurar el proyecto y me dediqué a escribir un libro de cuentos y una novela sobre la ausencia.

Mi padre había dejado de preguntar sobre “sus memorias”, pero yo no dejaba de pensar en la urgencia de contar aunque fuera la primera parte, consciente de que, cuando falleciera, desaparecerían con él todas las imágenes mentales que se guardaba y que, por más que yo me ciñera estrictamente a sus recuerdos, si ya no estaba ahí para rectificar detalles, lo mío sería una suerte de plagio, un sustituto verbal de “su” realidad, pues yo me tendría que inventar el olor de los limoneros en Torrent de l´Olla, el estruendo de los bombardeos en la batalla del Ebro, el frío, el hambre, y el miedo callado.

A pesar de todo, no lograba escribir porque sentía, de manera confusa que, detrás de su biografía, detrás del uso del castellano, detrás de la elección de España y luego del Perú como espacios, se imponía cada vez más el tema de mi propia identidad de exiliada geográfica y lingüística, tan parecida a la suya.

Entre tanto, seguía escribiendo novelas, siempre en español, este idioma paterno que nunca habíamos hablado en casa y que, mi hermana y yo habíamos estudiado en el colegio, eso sí, sin dificultad. Lo teníamos ya grabado en el cerebro, supongo, gracias a los discos de zarzuelas que se escuchaban en casa, y gracias a nuestra abuela materna, exiliada de una época mucho más lejana, que nunca había podido aprender francés y hablaba una jerigonza que éramos las únicas en entender.

De niña, yo callaba mis orígenes. El español era para mí la lengua de los trabajadores de temporada, todos españoles, todos andaluces, que llegaban para las vendimias en trenes repletos. Mientras yo me sentía muy francesa, pese al cocido o a la paella del domingo, la cocina con aceite de oliva, la tortilla de patatas, la bota de vino de mi padre, las vacaciones en Barcelona, mis dos abuelos y mis dos abuelas españolas y mi madre que se llamaba Carmen, pero a la que todos decíamos Mimi.

En casa hablábamos francés. En efecto, tanto para nuestra madre, nacida en Francia en un hogar donde se hablaba el frañol, como para mi padre nacido en España en un hogar donde se hablaba catalán, el idioma francés había sido la única forma de integrarse a la Francia de la posguerra. El idioma se afirmaba como el tema clave de nuestra identidad. Uno se construye en un idioma, se identifica con un idioma, y si, de casualidad, coexistían al inicio dos pero se sofocó uno, llega el momento en que sentimos que nos falta algo.

El idioma materno suele ser la norma, mientras el paterno, por su parte, no tiene estatuto. Hay que ir a buscarlo, desempolvarlo, extraerlo y hacerlo suyo para terminar de construirse.

Escribir la biografía de mi padre, fue un intento por recuperar las raíces perdidas. Mientras escribía sobre la Barcelona de los años 30 que fue la suya, resucitó en mí una memoria sensorial olvidada: el olor a Heno de Pravia del barrio de Gracia, el tintineo del enorme llavero del sereno con pierna de palo que nos abría la puerta de noche, el sabor de las ensaimadas, el frescor de La Boquería, más todo lo que mi padre me legó sin saberlo y que reconocí como mío sin haberlo experimentado. Me sentí por fin “en casa”.

A diario hablo en francés, creo que pienso mayormente en francés, pero si hice desde entonces del español mi lengua literaria es porque con él me siento plenamente yo.

Pero contar todo eso suponía empezar la novela desde cero, contar otra cosa, mientras el tiempo y la enfermedad se ensañaban con el hombre de acción, ya enfermo, aunque tan lúcido como antes.

Yo no progresaba y mi padre se alejaba poco a poco.

Y el 28 de junio del 2010, en procedencia de Lima pero bloqueada en la Estación de Francia de una Barcelona que odié por primera vez, perdí mi última cita con él. Había fallecido pocas horas antes, solo en el hospital, luego de que se le entregara, la víspera, las insignias de Comendador de la Legión de Honor. (…)

A cada cual los sacramentos que se merece. Los héroes no necesitan agua bendita al deponer las armas.

En el emotivo funeral al que asistieron sus antiguos compañeros de lucha, su nieto, mi hijo, leyó la estrofa de un poema de Pascal Bonetti (periodista, poeta y ex combatiente de la 1era guerra mundial), que nos emocionó:

 

Quién sabe si el desconocido que duerme bajo el arco inmenso

Y une su gloria épica a orgullos pasados

No es aquel extranjero que se hizo hijo de Francia

No por la sangre recibida sino por la sangre vertida.

Bonetti tenía razón. Mi padre era, cierto, el hombre al que conocíamos, pero era también aquel extranjero, hijo de Francia, porque así lo había querido y merecido.

En su sobriedad, esos cuatro versos lo describían mejor que cualquier biografía, ficcionada o no.

 

Yo soy narradora, no puedo no inventar. Pero despojarlo de su pasado atribuyéndolo a un personaje de ficción habría sido no sólo traicionarlo a él, sino traicionar también sus ideales y sus recuerdos.

Su realidad fue mucho más hermosa de lo que hubiese sido mi ficción.

No queda nada de los 14 capítulos que había escrito. Lo borré todo. Solo quedan fajos de faxes con sus dibujos de jaulas, el croquis de las calles y el sabor agridulce de algo que fue hermoso pero que se frustró.

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