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Revista Cultural

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MÍNIMA SEÑAL

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Sobre la mirada de occidente

 

Fragmento de la presentación del libro de cuentos “Mínima señal” (2016, FCE), a cargo de su autora, durante el “Festival del libro” en Arequipa.

 

“Se ha dicho que estos cuentos tratan sobre espacios que se relacionan, y además sobre la mirada a esos espacios. Y se ha citado a Lacan y lo inefable. Me parece que en efecto todo eso está presente en el libro, pero, básicamente, la idea de cómo representarlo sin palabras. Además de ser un problema que afrontamos en el presente, también hay otra fisura que arrastramos desde el pasado, y es la represión.

Freud decía en el artículo “El recuerdo encubridor” que en una terapia lo que interesa no es tanto el recuerdo del paciente sino el silencio del paciente; ese es el “dato escondido”. Es ahí donde están las resistencias y probablemente el trauma que no puede emerger en palabras.

Entonces, tenemos las dos fisuras: la presencia inefable, y la represión.

Al escribir yo le daba vueltas a esto. No tanto cómo contar la acción, sino aquello que es imposible de contar o que no queremos contar pero que hace parte de nuestra biografía, como en la película de Mastroiani “No hablamos de ello”, donde está casado con una enana y no puede hablar de eso.

Efectivamente, uno de los relatos, “La piscina”, tiene que ver con eso: el hombre que desinfecta los vestuarios de las niñas de una academia de natación, se insinúa que está acechando a una niña que se ha quedado sola en su vestidor. Vamos recreando el trabajo pulcro, paciente de ese hombre que espera que la niña salga y mientras tanto va limpiando los inodoros. ¿Qué pasó? No es necesario decirlo; y ese es el punto, el silencio que nos une en complicidad. Es la tensión dramática, ese acecho, que habla más que la acción fácil de contar y de mostrar.

En otro relato, “Luces de la sombra”, sobre los linchamientos populares en Haiti, de los cuales fui testiga, es una realidad que no consigo del todo asir, entender, se somatiza, digamos, con la periodista que llega de un país otro, y que es presa de un ataque de fotofobia, no puede mirar.

Creo que le doy vueltas a eso que no necesita mostrarse sino desde el borde del precipicio. Y creo que son relevantes las fisuras. De hecho, leí el texto de una psicoanalista, Ani Bustamante, en el que investiga la fisura presente lacaniana y la pasada, de Freud, en la narrativa. Y encuentra al personaje que lidia con esta presencia inefable que es Pessoa, con la heteronomia. Y la otra mitad del libro es el análisis de los múltiples “yoes” de Fernando Pessoa.

Quiero añadir que esta mirada, además de ser literariamente relevante, no es casual que se dé en un país como el Perú, aunque en distintos escenarios, como Cusco, Lima. Porque tiene que ver con la multiculturalidad. Trato de salir del localismo, de la mirada exótica del otro. Mi mirada reconoce que todos aquellos que son el otro, son una comunidad con sentido propio, que son diferentes y tan contemporáneos como nosotros. En Perú es muy frecuente exotizar al otro; el otro exótico por excelencia es el hombre y la mujer de la selva, o el hombre y la mujer afrodescendiente, de Chincha por ejemplo.

Y recuerdo a propósito de la mirada una escena de los Comentarios Reales, del inca Garcilaso. A los diecinueve años, Garcilaso, hijo de un capitán español y una noble inca, decide viajar a España. Y reclamar ante el rey la herencia que él piensa que le corresponde. Vive en Montilla donde escribe Los Comentarios Reales. Allí cuenta que cuando se va a despedir de su tío que es el jefe de la panaca, hermano de su madre, en lo que hoy es la casa Garcilaso en Cusco, el tío le da un gran privilegio, que es llevarlo a una sala cerrada donde tenía escondida la momia de Huayna Cápac, el inca padre de Huáscar y Atahualpa. La tenía escondida porque Polo de Ondegardo estaba buscándola para quemarla, porque era objeto de culto. Pero, además, ya de noche, lo lleva a la ventana, al vano y le muestra el cielo quechua.

Los quechuas, según ha investigado Gary Burton, hasta los años 50 y 60 en algunas comunidades podían describir las figuras de la astrología quechua, que no son como en la tradición occidental los puntos luminosos, sino las manchas oscuras que para ellos representan figuras de animales: el amaru, la alpaca, la pacocha. Es un calendario agrícola; así, en septiembre, cuando emerge la cabeza del amaru es presagio de lluvia. Entonces este negro sobre fondo negro, como se dice en los Manuscritos de Huarochirí, más negro que el carbón, Garcilaso no lo puede ver. El tío le dice “¿Ves la pacocha?”; Garcilaso dice “No”. “¿Ves el amaru?”. “No”. Garcilaso ha sido educado a lo occidental, habla el quechua correctamente pero ha sido educado como los españoles. Ve la Cruz del Sur, ve Orión, pero no puede ver las manchas quechuas. Y él concluye diciendo: “Y no las pude ver… por no saberlas imaginar”.

El ver no es un acto espontáneo, es un acto cultural y por último es una decisión política. Y ese es mi punto, finalmente.

Un presidente que tuvimos dijo que los aymaras, que tenían un cerro a su costado y estaban contra la explotación minera en ese lugar, porque para ellos era un apu, una divinidad, el presidente se burló diciendo que eran “el perro del hortelano”, que no comían ni dejaban comer.

El presidente representaba a todas las comunidades imaginadas de nuestro país, pero podríamos decirle como el inca Garcilaso, que no las sabe ver por no poderlas imaginar. A este presidente no se expresaría de esa forma si a alguna empresa minera se le ocurriera explorar debajo del atrio de la catedral de Lima. Diría “Tú estás loco”. Eso sí lo puede ver por saberlo imaginar.

Te lleva a plantear qué comunidades existen en nuestro espectro político y qué comunidades son invisibles. Mis cuentos también tienen que ver con eso.

 

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