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Revista Cultural

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Lectura en combi

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Crónica de la ciudad

 

Las combis pasan llenas desde las 6.30 de la mañana, pues a esa hora los trabajadores responsables que tienen un trayecto desde, por ejemplo, Cerro Colorado, hasta algún lugar céntrico para marcar oportunamente sus tarjetas, lidian en cada esquina para subirse en estos abnegados vehículos. Llamaré combis, en general, a todos los vehículos de transporte público; es decir buses, microbuses, coasters, minivanes, etc., como lo haría cualquier peruano.

A las 7 a. m. se produce un fenómeno que he denominado “vacío de tránsito”. Es un evento rarísimo, un espacio que dura entre 10 y 12 minutos en el que las vías patrcrn desocupadas y puede uno disfrutar del viaje, con gran fortuna, sentado. Después vendrá el infierno.

A partir de las 7:13 miles de escolares comienzan a colgarse desesperadamente de todas las combis de Arequipa en una guerra por la supervivencia, cada uno provisto con enorme y asfixiante mochila.

A las 7:45 a. m. hay otro vacío, hasta las 8:00, entonces salen los burgueses.

Me refiero simplemente a quienes por una cuestión de solvencia, de emprendedurismo o por simple vagancia no tienen que anticiparse al sol para ganarse las monedas de cada día, tienen auto propio, manejan sus horarios y atiborran las calles entre las 8 y las 8.30 a. m., en algunos casos se sabe ni hacia a dónde se dirigen, solo hay que calentar el motor del sedán, comprar pan, dejar a los niños en la escuela pues la puntualidad no es un valor que se cultive en la familia, yoga en algún parquecito en Cayma con la entrenadora que estuvo de intercambio en China, gimnasio, desayuno entre amigas, etc.

Yo pertenezco al primer grupo. Lo ideal es aprovechar el primer vacío, entre las 7 y las 7:12, para lo cual hay que ir puliendo un método eficaz, perfeccionado con los años, una auténtica rutina de transporte y de abordaje. Lo que complica un poco esta rutina es mi afición por la lectura, a mí me encanta leer, y como cualquier lector me siento sumamente mortificado por el tiempo que se pierde en el transporte. Es uno de los motivos para prescindir del auto, porque sería peor, por lo menos en las combis un pasajero experimentado como yo sabe encontrar formas para aprovechar esos minutos avanzando algunas páginas, en auto sería imposible; el otro motivo es, naturalmente, económico.

En las combis, aquellos que tienen la dicha de ir sentados, generalmente se dedican al celular, a las redes sociales. Pocas veces me han tocado estudiantes que portan algún libro, y cuando lo hacen se trata de esas ediciones resumidas que se reparten en las escuelas.

El primer libro que terminé de leer enteramente  en un smartphone fue El guardián entre el centeno, de Salinger, fue maravilloso. Una buena forma de saber que un libro vale es percatarse de que, pese a estar embutido en la combi, recibiendo toda clase de gritos y empellones, golpeándote la cabeza en cada bache, tolerando decibeles extra de cumbia y maniobras de conducir mortales, no pierdes el hilo de la historia. Evidentemente, también hay libros que de ninguna manera pueden leerse en tales circunstancias: el Ulises, el Quijote, Rojo y Negro, etc.

Como soy maestro, últimamente prefiero repasar mis clases durante el recorrido. Los resúmenes los grabo en el celular y me escucho a mí mismo mientras viajo. Es un gran método, aunque he descubierto que no me agrada mi voz, lo cual me preocupa. Otras veces escucho un resumen de Literatura Universal que encontré en YouTube, toda la historia de la literatura, desde los vedas hindús hasta el realismo de Vargas Llosa en 50 minutos.

En fin, a las 6.15 de la tarde he descubierto que hay otro “vacío” y hago todo lo posible para aprovecharlo, si por algún motivo me demoro y me encuentro saliendo del trabajo a las 6.15, mi recorrido de retorno que usualmente demora 25 minutos se transforma en una faena de 45, que sumados a los 45 de la mañana hacen una hora y media, es decir, el 75 % de mi firme propósito de leer dos horas diarias.

Esto me lleva a fantasear con la formulación de un proyecto de ley que promueva las “combooks”, para sonar fachoso, una mezcla de combis y “books”. Pero antes de caer en la cuenta que resulta una idea increíblemente estúpida descubro que ya existen combis con pantallas LCD, en las que transmiten estas secuencias de humor canadienses llamadas “gaps”, y entonces irrumpe, no sin cierta melancolía, aquella frase cliché de Oscar Wilde: “La educación es algo admirable, sin embargo, es bueno recordar, que nada que valga la pena se puede enseñar”.

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