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Revista Cultural

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Ciudad (c)oral

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Nuevo poemario de Gonzales

 

Odi Gonzales volvió a Arequipa, una semana. Vino de Nueva York, de vacaciones, y aprovechó para presentarnos su último libro, “Ciudad (c)oral”. Tuvimos una conversación extensa en público, sobre su carrera de poeta y maestro, sus recuerdos queridos y sus libros; dialogamos en el Auditorio del Cultural Peruano Norteamericano y estas fueron algunas de las consecuencias.

P. Odi, No sé si te acuerdas cómo nos conocimos. Lo que yo recuerdo, y la memoria muchas veces hace por su cuenta algunos arreglos, es que en los años 80 yo tenía un programa de rock en una radio local, y un día se presentó un jovencito tímido, con un LP bajo el brazo. El disco era “Cuentos de los océanos topográficos”, de YES; me lo prestaste y fue uno de mis discos preferidos, pero además la carátula de ese disco apareció en la portada de tu primer libro de poesía, “Juegos de niños”. Lo digo, porque tus primeros versos tuvieron esa impronta: rock y un montón de ternura…

R. Quisiera decir algo más. Cuando llego a Arequipa, de un pueblo pequeño, Calca, tenía yo diez años. Llego con otro tipo de acento, y otra música en los oídos. La que escuchaban mis padres, huayno, y alguna música de los jóvenes de mis tiempos, Los ángeles negros, y eso. Cuando llego aquí, entro al Colegio Mercedario, a media cuadra de mi casa. Allí encontré un universo absolutamente distinto: era un colegio privado, con una condición social diferente a la mía. Entre mis compañeros había tres o cuatro que escuchaban rock, esa música extraordinaria llena de creatividad. Uno de ellos, Freddy Falcón, vivía justo frente a mi casa.

Pero el Willard fue mi referente, en su programa era una enciclopedia del rock. Una vez puso Jethro Tull; para mí, que venía de escuchar huaynos, escuchar a Yes o Génesis o Pink Floyd, la parte más elaborada del rock, el rock sinfónico, fue una revelación.

Y esa escena que él ha rememorado es totalmente cierta, así de chiquito me fui a su radio para expresarle que era un fan de su programa. Hacía comentarios muy pertinentes e instructivos para quienes escuchábamos esta música.

P. Es de no creerlo. En esos años Arequipa escuchaba y tocaba el mejor rock. Jesús Carpio, hoy arquitecto, flautista de Espergesia, junto a José Luis Sandón, tecladista, hoy importante miembro del Tribunal Constitucional. Decenas de buenos instrumentistas y cantantes de rock, el Mono Villavicencio, los Texao, tantos otros. Uno se podía permitir un programa de rock de dos horas en una radio local.

R. A Jesús Carpio, que había estado una temporadita en los Estados Unidos, le debo un gran favor. Trajo de Estados Unidos un álbum con los diseños de las portadas ilustradas por Roger Dean. Yes, Osibisa, Génesis. De allí expropié una de las tapas que más me gustó, “Cuentos de océanos topográficos”, como recuerdas, y la puse en “Juegos de niños”. Yo tenía diecisiete o dieciocho años. En casa de Jesús Carpio y su hermano Jorge pasé largas horas escuchando rock del mejor.

“Juego de niños”, debo decirlo, salió gracias al apoyo de mis amigos. Alfredo Herrera, que estaba por casarse, postergó su boda para prestarme el dinero con que edité mi primer libro. Vendí mi cámara fotográfica y mis colecciones de cómics para completar el pago. Gracias por recordarme esa época hermosa.

P. Bueno. Pero el libro consagratorio de Odi fue el segundo, “Valle Sagrado”. Reveló a Arequipa y a todo el país a un poeta muy joven que había logrado una voz, un estilo y un mundo propios. Ganó dos premios, el del Diario El Comercio por el centenario de César Vallejo, y los Juegos Florales de la San Marcos, el mismo año. Pero, yo siempre he tenido un problema sobre la filiación de este poeta. Para los cusqueños Odi es arequipeño, y para los arequipeños es cusqueño. Pero aparece en antologías de las dos ciudades por igual. Pertenece quizás a esa tierra intermedia a la que Barthes llama el Tercer Espacio.

R. Yo le debo tanto a Arequipa. Aquí hice mi formación literaria. Es cierto que hay una constante en mi trabajo que es el mundo andino, en concreto: el Cusco. Es cierto que en mi poesía están el Cusco, como está Greenwich Village, pero es solo el deseo de hacer notar más esos espacios que se juntan en mi vida de paria, de peregrino.

Pero le debo a Arequipa no solo mi formación universitaria sino mi formación literaria. Creo que aprendí más en esas noches en los bares de Arequipa junto a grandes amigos, que en los claustros universitarios. Puedo recordar a Rolando Luque, a Luzgardo Medina, a Pablo Quintanilla, a Carlitos Herrera. Y luego a Alonso Ruiz Rosas, Oswaldo Chanove, Misael Ramos.

P. Te graduaste en Literatura en la San Agustín, con una tesis sobre El condenado, Alma en Pena.

R. Es anecdótico que mi familia decidiera que fuera ingeniero. Para evitar el descontento ingresé a estudiar ingeniería, pero sin que sepan ellos me presenté junto a Rolando Luque a estudiar Literatura. Afortunadamente en esa época no había internet, y uno podía estudiar dos carreras a la vez. Cuando estaba en tercero de ingeniería empecé el primero de literatura, de modo que acabada mi última clase en el Pabellón Nicholson corría a Literatura a mi primera clase de la tarde. Pasé dos años en esos correteos de las ciencias a las artes.

P. Luego vino “Almas en pena”; siento que con “Valle sagrado” son dos libros muy afines…

R. Ciertamente, pertenecen a un solo ciclo que es sobre mi terruño. Ahí recreé personajes que realmente existieron. Con el gran pintor Luis Palao, fuimos caminando por el cementerio de Calca y había un personaje que se le dio por ser pintor, pintaba las cruces del cementerio, ponía los nombres. Y cuando pasamos delante de él, el Bosco, así se llamaba, le dijo a Palao “¿Y colega, cómo está?”.

Este mismo hombre luego trabajó como cartero, y hubo una temporada en que desapareció llevándose la valija de cartas. Se fue al nevado Pitusiray, y se había dedicado a leerse cada una de las cartas. La policía lo buscó meses, él volvió al cabo de años, cuando la policía ya no lo requería. Y este, medio envejecido y enloquecido, andaba por las calles y de pronto en algún bar reconocía a alguien y le decía “¡Yo te conozco, yo sé lo que tú has hecho. Yo leí tu carta! ¡Yo sé lo que le has hecho a tu esposa, carajo!”.

Personajes así están en “Valle sagrado”: el cura del pueblo, el loco, el farmacéutico; está también Clorinda Matto de Turner, que nació en Calca y era uno de nuestros hitos culturales.

P. Hablemos de tu último libro, “Ciudad (c)oral”. Es un libro que nos muestra a un poeta maduro, cuyas reflexiones han arribado al campo mismo del lenguaje. Siento que el núcleo de este libro es el lenguaje, ya no los idiomas, el quechua, el inglés o el castellano, sino aquella potencia humana que permite que nos comuniquemos. No solo combina idiomas, sino incluso registros, usa el lenguaje de las matemáticas y de las ingenierías para convertirlo en metáforas…

R. En “Avenida Sol Greenwich Village” ya asomaba esta fijación en términos de la Dinámica, la Cinética, la Mecánica del cuerpo rígido, cursos que llevé en Ingeniería.

En este nuevo libro hay mayor énfasis en este lenguaje de ingeniería. Hay más poemas en los que he interpolado términos y leyes de la física, como ese de la “ecuación con dos variables y una incógnita” para referirme a mi condición de plurilingüe. Este libro surge en efecto de la confluencia de los distintos mundos en los que me ha tocado vivir. Mundos con culturas y lenguas distintas. Ha sido configurado desde las interferencias idiomáticas. Mi quechua mejoró en Nueva York, no es retórica, porque aquí lo hablaba nada más pero en Estados Unidos tuve que estudiarlo para poder enseñar; ese ya es otro proceso.

Este libro más que tiempos enlaza espacios, demarca territorios, tránsitos, desplazamientos. En él he recurrido incluso a la poesía prehispánica, al willampuy, que son las narraciones orales quechuas. He tratado de incorporar en él todas las voces. Hay una influencia por ejemplo de Oswaldo Chanove, a quien no solo quiero como amigo sino a quien admiro desde que tengo catorce años. También está Mario Montalbetti.

Y está el indie rock, los huaynos, el buen cine. He tratado de incorporar influencias de todas partes, de todos los lenguajes. Y aquí en el libro digo que para mí hablar quechua es como tener una oreja más.

P. Por eso dije que el gran tema de este libro es la lengua. Si lo leen, les parecerá que cada verso surge de una meditación profunda sobre la naturaleza de la lengua. Los largos años de Odi, de enseñanza del quechua o del español se han convertido en poesía. “Ciudad (c)oral” habla de la lengua…

R. Exacto, es la lengua.

Cuando lo presenté en Lima, el poeta Mario Montalbetti hizo una disquisición acerca del lenguaje que, afortunadamente, junto a una selección de poemas del libro van a aparecer en el próximo “Hueso húmero”.

Montalbetti leyó un texto suyo sobre qué es la lengua materna. Como lo ha señalado Willard correctamente, mi tema es la lengua, la lengua materna simultánea y sus interferencias idiomáticas. Cuando uno habla varias lenguas advierte que hay vacíos, interferencias.

El primer poema de “Ciudad coral” habla de Gregorio Condori Mamani, el poeta quechua contemporáneo más importante, no es un literato, es un cargador de bultos, un iletrado; y aquí me permito compararlo con el escritor Milan Kundera. En los años ochenta, mientras leía la biografía de Gregorio Condori estaba leyendo “La insoportable levedad del ser” de Kundera, y desde entonces quise escribir sobre estos dos grandes autores.

 

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