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Revista Cultural

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EL ESCRITOR Y LA CIUDAD

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Los cuentos de Jorge Eduardo Benavides bajo la lupa

La literatura peruana, por suerte, es mucho más que Mario Vargas Llosa. Sin duda, Jorge Eduardo Benavides es uno de sus narradores más interesantes, con novelas como “Los años inútiles”, “Un millón de soles” o la más reciente “El enigma del convento”. Pero también destaca como cuentista, con relatos donde la fantasía se mezcla con el dramatismo de la realidad sociopolítica, a la vez inquietante y esperpéntica.

Lima es una megalópolis que concentra la tercera parte de la población del Perú, que domina el resto del país desde con su autoridad centralista. Un país escindido en costa, sierra y selva, a manera de ghettos con muy escaso contacto entre ellos, de manera que sus habitantes, además de desconocerse, a menudo se desprecian. Benavides, en “El Ekeko”,  plantea esta ignorancia a través del personaje protagonista, un limeño con apenas idea de lo que se vive más allá de la capital. Sus únicos puntos de referencia para juzgar lo que sucede en su propio país son alguna novela indigenista de Arguedas, algún viaje realizado en su juventud, y, fundamentalmente, las noticias de catástrofes que le llegan a través de los noticiarios televisivos. En otras palabras: muchos tópicos y prácticamente ninguna experiencia digna de tal nombre, con la que ir más allá de los estereotipos.

La mutua incomprensión se revela a través de paradigmas culturales opuestos. En la costa, el de raíz occidental, fundamentado en el racionalismo y la ciencia. En la sierra, un mundo de tradiciones seculares que arrancan desde mucho antes de la conquista española, donde lo que funciona es el mito. El Ekeko  simboliza los problemas de comunicación entre ambos imaginarios: se trata de un muñeco que ha traído a casa del protagonista una criada. Como tantas otras sirvientas, viene de Provincias, en este caso de Puno, y no es racialmente blanca sino chola, es decir, mestiza. Para ella, el Ekeko es un símbolo positivo, un benefactor que otorga prosperidad a condición, eso sí, de que se le rindan los debidos tributos. Sus jefes, en cambio, ven en ese objeto una manifestación de brujería, e incluso temen que tenga influencias negativas sobre su hijo, por lo que confinan el bienintencionado regalo a un rincón poco visible. Por desgracia, tal falta de empatía cultura desemboca en catástrofe cuando el muñeco aparece con un cigarro en la boca. En agradecimiento a los bienes que otorgará, pero los dueños de la casa no les interesa escuchar esa explicación. Cansados de lo que juzgan una hechicería estúpida, despiden a la criada ipso facto.

Benavides también se hace eco de las vivencias de los más débiles en “Cosas de niños”, ubicado en Miraflores, que comienza haciéndose eco del problema de la infancia que invade Lima: “esos niños que habían inundado la ciudad y parecían multiplicarse entre los escombros y los basurales, pensó sombríamente, merodeando al principio por las noches y luego a plena luz del día, muertos de hambre y sin que nadie se explicara de dónde habían aparecido, eran tantos y tantos”.

En “La noche de Morgana” nuestro autor aborda la violencia política, con la capital peruana sometida a los cortes de luz y las explosiones. La protagonista ha de llevar un salvoconducto que en cualquier momento le pueden pedir los soldados, puesto que el terrorismo se combate con el toque de queda. Mientras el presidente dirige a los ciudadanos otro mensaje insustancial e inútil, Lima aparece como una ciudad paralizada, desolada y peligrosa, prisionera de la rutina del miedo., del “ronquido de las tanquetas desplazándose lentas como orugas en torno a la Plaza de Armas”.  En un estallido de rebeldía, Morgana, harta del sinvivir cotidiano, llega a desear el advenimiento del caos, cansada del reinado de la resignación. Le da asco comprobar la cobardía de unos ciudadanos que no se atreven a desafiar la indignidad, un abismo del que sólo pueden escapar los privilegiados, esos “pitucos” que se evaden de todo con sus viajes mensuales a Miami, “incapaces de concebir su gris universo limeño sin el inglés”.

 

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