altodelaluna

Revista Cultural

  • Full Screen
  • Wide Screen
  • Narrow Screen
  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size

TOME ÓMNIBUS

E-mail Imprimir PDF

ÓMNIBUS CUMPLE 40 AÑOS

En fecha cabalística (7/7/77) se publicó hace cuarenta años el primer número de la revista arequipeña “Omnibus”, una modesta edición de tres hojas dobladas como cuadernillo, en la que empezarían a mostrarse los primeros poemas de cuatro jóvenes talentos, que serían a la larga el grupo poético más inspirado e importante de la segunda mitad del siglo XX en la región: Alonso Ruiz Rosas, Oswaldo Chanove, Misael Ramos y Dino Jurado. A ellos se sumó poco a poco, en los cinco años siguientes, lo mejor de la lírica de la ciudad.

El pasado 26 de junio tuvimos una conversación en público, en el Auditorio del Cultural Peruano Norteamericano, con uno de ellos, Alonso Ruiz Rosas, en la cual revivimos algunos datos y anécdotas de la vida de “Ómnibus”. Un extracto de la misma, aquí:

 

P. Alonso, ¿podrías contarnos cómo surgió “Ómnibus”?

R. Hacia 1976 fueron a visitar a mi padre tres jóvenes, Rosa Elena Maldonado (que lamentablemente falleció hace unos años), Beto Gamero y un excelente poeta que ustedes conocen, que es Oswaldo Chanove. Ellos habían sacado una pequeña revista muy irreverente e interesante, que se llamaba “Roña”. Por esos mismos meses yo había tenido el atrevimiento de publicar en el colegio en el que estudiaba, el Max Uhle, junto a dos amigos muy queridos, Cecilia Bustamante y Diego Lozada, una revista de poesía que se llamó “Mesa de partes”; solo salió un número.

Y en la Universidad de San Agustín, en Medicina, igual, por esos mismos meses apareció una revista muy interesante que se llamaba “Márgenes”, que tenía como principal animador a otro magnífico poeta, que se llamaba Misael Ramos. En “Márgenes” escribía Rosario Núñez Muñoz, que también estudiaba medicina. A partir de ahí comenzó una verdadera amistad. Rosa Elena Maldonado era amiga de mi familia y yo la conocía de antes. Empecé a frecuentar a Oswaldo Chanove.

Yo vivía en casa de una tía abuela en la calle Palacio Viejo, donde quedaba la librería de mis padres. Invité ahí a conversar tanto a los de “Roña” como a los de “Márgenes”, a ver si podíamos hacer algo juntos. Como siempre en estas conversaciones, rociadas con algo de vino, la reunión terminó en algo divertido. Pero quedó una amistad entre Oswaldo Chanove, Misael Ramos y yo. Y luego juntos decidimos sacar una revistita sencilla, a mimeógrafo, que fue “Ómnibus”.

Convencimos a nuestra querida amiga Charo Núñez que nos ayudara con el financiamiento. En mi casa había un mimeógrafo, picamos los esténciles, y el siete de junio de 1977 empezamos a repartir la revista “Ómnibus” en las calles céntricas de Arequipa.

Nos dio una gran emoción hacerla y empezar así una amistad, junto a otras personas que se nos unieron, en una gran fraternidad que, por cierto, dura hasta hoy.

P. Recuerdo que el primer número tenía una especie de manifiesto, ¿quién lo escribió?

R. Cuando fundamos este grupo nos dimos cuenta de que lo que no debía hacer era un Manifiesto. En ese entonces había grupos de poetas a quienes apreciábamos mucho, como Hora Zero, que había sacado dos manifiestos muy contundentes, o La Sagrada Familia, que hizo el suyo. Nosotros nos dimos cuenta que no tenía sentido hacer un manifiesto porque éramos un grupo de amigos que nos entreteníamos mucho, y nuestras posturas literarias, en términos de lecturas literarias, eran muy distintas. Entonces no podíamos pretender hacer una poética común. Lo que sí queríamos era hacer un espacio común donde participáramos todos, donde hubiera desde luego un aprecio por lo que hacíamos, pero que fuera absolutamente abierto y con reconocimiento de la individualidad. Eso es lo que caracterizó a la revista y por eso precisamente se llama “Ómnibus”, porque cualquiera podía subir a este ómnibus.

Entonces lo que hicimos fue una parodia de manifiesto. El texto lo hizo Oswaldo, lo revisamos un poco, y esa fue esta hojita volante, irreverente, que podría ser considerado el Manifiesto anti-manifiesto del grupo.

Oswaldo y Elena conocieron unos meses después a un joven muy inteligente que estudiaba sociología y que tenía una magnífica prosa, que se incorporó a Ómnibus, y que era Dino Jurado, un tipo de gran sensibilidad social, que aportó mucho a la revista con su capacidad lectora y su poesía.

P. ¿Y qué vinculación hubo entre este grupo y La casa de Rolo?

R. Por esos días, gracias a Beto Gamero y otros amigos, empezamos a frecuentar un lugar que sería importante para todos nosotros, la famosa “Casa del Rolo”.

Más que casa, era el cuarto de Rolo. Un cuarto en un callejoncito por la calle Carlos Llosa, a la vuelta de la casa de una familia que también fue muy importante para nosotros en aquellos años, la familia Almuelle, a la que frecuentábamos muchísimo.

En la Casa del Rolo vivía un joven estudiante que estaba acabando la carrera de Psicología, Rolando Aragón. A su cuarto concurrían todas las noches una serie de personas muy interesantes que integraban una tertulia absolutamente informal y con gran sentido del humor, donde había una permanente discusión y donde reinaba lo que ahora se llamaría “un espíritu multidisciplinario”.

Una de las personas que tuve el privilegio de conocer en la Casa del Rolo es César Delgado Díaz del Olmo, un magnífico ensayista de nuestra generación, que ha hecho aportes muy importantes a la reflexión sobre temas centrales de la cultura en el Perú. El propio Rolo Aragón era una persona apasionada por las teorías de R. D. Laing, el antipsiquiatra, por eso le decíamos Rolaing Aragón. Estaba Beto Ramírez, que era casi un Funes, con una gran memoria literaria; y un hombre muy versado en Derecho, gran polemista, mi amigo César Manrique; había chicas psicólogas, Juan Almuelle, y por supuesto Germán Rondón, un extraordinario escultor. Luchín Garaycochea, un poeta fino que lamentablemente murió. En uno de los primeros recitales que hicimos, en el Auditorio Municipal, pusimos una banderola con un verso de Luchín que nos gustaba: “Con la fuerza inmensa de la poesía arremeteré delicadamente”.

Más tarde se sumó Mauricio Maldonado, nuestro ilustrador, y tanta gente querida que me resulta largo enumerar.

En fin, la casa era un lugar en el que a siete o diez de la noche íbamos cayendo, gente que llegaba a Arequipa la llevábamos ahí, se armaban grandes discusiones. Había una taza del comedor universitario que alguien había conseguido y se usaba para servir un brebaje quizás no muy saludable pero que calentaba un poco la discusión; y en un espacio muy sencillo pero muy estimulante pasamos años conversando, discutiendo, y fue la casa de acogida del grupo Ómnibus y todo el que pasó por Arequipa. Recuerdo por ejemplo a José Antonio Portugal, un cineasta estupendo. Inclusive recuerdo haber estado una noche conversando ahí con Guillermo Mercado, que ya era un hombre bastante mayor. Invitamos a los poetas del grupo Eclosión; y, por supuesto, a mi padre también; a una persona que fue muy valiosa en ese momento, Juan Carlos Valdivia Cano, que había tenido una experiencia política muy de izquierdas, como casi todos los que íbamos a la casa del Rolo pero que estaban en un proceso muy interesante de cuestionamiento y de ruptura que creo que fue muy estimulante para todos.

P. Algo que fue característico, a propósito de lo que has dicho, es que esa generación nuestra no tuvo aquello que hoy es común, el parricidio; creo que convivíamos muy bien con la gente mayor. Nada de vacas sagradas ni de matar al padre; porque, además, un padre era tu padre.

R. Efectivamente. Una de las cosas que más nos impresionó fue este enunciado parricida de Hora Zero. En nuestro caso nos pareció que no tenía mucho sentido. Varias de las personas que iban a la casa tenían, como casi todos en el Perú, problemas con sus padres. El tema del Padre era uno de los grandes temas que se discutían en la casa de Rolo, era una discusión acalorada, tanto que en algún momento propuse matar al “Abuelo”, porque había que ver al padre como “hijo”, y si había que achacarle cosas era mejor pensar en el abuelo.

Pero efectivamente había una relación de respeto y comprensión con nuestros mayores. Por cierto, hay que decirlo, personas mayores como Guillermo Mercado, octogenaria entonces, había sido un hombre muy liberal de joven; parecía un señor muy conservador, siempre con su corbata michi, pero todos sabíamos que detrás de esta apariencia tan formal había un hombre que en su vida tuvo una bohemia impenitente. Mi padre también era un señor siempre encorbatado pero bastante liberal, abierto, tolerante. Los otros, poetas de los años 60 en Arequipa, eran también de un talante liberal.

Una vez que salió esta revistita, “Ómnibus”, yo tuve la ocasión de ir a estudiar a Lima a la Universidad de San Marcos, y conocer allí al hermano de Antonio Cornejo Polar, a Jorge Cornejo Polar, un profesor magnífico, erudito en poesía, y a quien Misael Ramos cuando era un poeta muy joven que escribía secretamente y Jorge estaba todavía en Arequipa, mandó una carta, casi como quien manda un mensaje en una botella al mar; leyó una crónica en un diario sobre poesía arequipeña firmado por Jorge Cornejo Polar y le dijo yo escribo poesía. No se imaginó nunca que semanas después Jorge Cornejo Polar tocaría la puerta de su casa para invitarlo a tomarse un trago y empezar a hablar de poesía y animarlo a seguir su vocación.

En Lima conocí en la San Marcos a un alumno libre, un chico muy talentoso, muy agudo, un magnífico narrador y gestor de publicaciones culturales y literarias, Óscar Malca; y también conocí a una poeta estupenda que ingresó el mismo año que yo, que es Patricia Alba. Y tanto Óscar como Patricia se entusiasmaron con esta publicación un poco informal y displicente que era “Ómnibus”, y terminaron participando en el proyecto. Después Óscar fue el animador, junto a Juan Carlos Valdivia que se fue a vivir a Lima, de esa revista que se llamó “Macho Cabrío”, dentro de la cual un número o dos de “Ómnibus” salieron insertos. Después “Macho Cabrío” estalló en pequeñas revistas, entre ellas “Amor y Anarquía”, que sacó el grupo filosófico de Macho Cabrío representado  por Antonio Pérez, el filósofo Pedro Cornejo y Sergio Carrasco, una persona muy vinculada a nosotros, tanto que decíamos que el grupo Ómnibus era en realidad un Volkwagen, el de Sergio, con el que patrullábamos en la ciudad y nos dirigíamos a un bar muy bonito que quedaba en el portal de San Agustín, que tenía la señora Mimí, una suiza, no precisamente un modelo de simpatía con el público, pero que con nosotros era amable, nos permitió muchísimas veces estar hasta el final de la noche en su local. Creo que hasta presentamos alguna vez en su local un número de “Ómnibus”.

P. ¿Y qué hubo en la presentación de la propia revista de la Casa de Rolo? Se han contado varias versiones de esa noche…

R. César Delgado Díaz del Olmo, con muy buen criterio, decidió hacer una revista que reuniera no solamente a los autores de “Ómnibus” sino a muchas de las personas que participaban de la casa de Rolo, y se animó a hacer un primer número. Como todos éramos feroces, contestatarios y muy aficionados a la discusión, una vez que salió la publicación hubo una serie de discusiones absurdas sobre detalles, y entonces César, con mucha prudencia quizás decidió no sé qué hacer con muchos ejemplares de la revista que desaparecieron. Recuerdo que tú sacaste después otro número de la “Casa de Rolo”, que es el único que quedó.

P. ¿Cuál era la tradición literaria, cuáles las lecturas, quiénes los poetas de Arequipa y el mundo en cuya obra se inscribió al nacer “Ómnibus?

R. Es una pregunta muy difícil, da para una tesis. Pero yo recuerdo que en los años 70 los jóvenes éramos en primer lugar ávidos lectores de todo lo que caía en nuestras manos. Nos impresionaban mucho los poetas de la generación Beat, que a su vez habían marcado mucho a los poetas de Hora Zero, la versión nacional de la poesía beat. También leímos los libros de mi padre, que nos permitió acceder a un tipo de autores que no todos los jóvenes leían: Belli, Blanca Varela, que fue todo un hallazgo; después se descubrió la poesía de Luis Hernández, un poeta en esos años casi secreto;  un poeta que le encantaba a Oswaldo Chanove y me lo hizo leer fue Henry Michaux; Misael Ramos era fanático de Lezama Lima, un poeta cubano complicadísimo, barroco.

También nos interesaba mucho, por supuesto, Vallejo, que era una lectura que provocaba, pero ahí sí había que ser un poco parricida, porque era una lectura deslumbrante, era fácil dejarse llevar en ella, era una corriente muy fuerte, te podrías volver “Vallejín” y eso era algo que aterraba.

You are here: Literatura TOME ÓMNIBUS