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Revista Cultural

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Comunicación integral

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Tesis equivocadas sobre la enseñanza de Comunicación

 

La nueva Ley Universitaria y los Estatutos de cada universidad peruana han asumido entre otras la tarea de modernizar la enseñanza de los cursos de Lenguaje y convertirlos en “Comunicación Integral”. El propósito es capacitar efectivamente a los estudiantes en habilidades que están por perderse: leer, hablar y escribir bien.

Cabe preguntarse, sin embargo, si este debiera ser un objeto de estudios universitarios. Se supone que la Universidad es una institución educativa  superior, cuyo fin es crear una comunidad científica que produzca saber, ciencia, tecnología y arte a niveles profesionales. Dado que la capacitación en Comunicación Integral es tarea de la educación primaria y secundaria, la Universidad debería dedicarse a la comunicación académica, esto es, a la capacitación en la preparación de documentos de comunicación tecnológica y científica.

Difícil imaginar a un profesional que no aspire a escribir bien. Tanto los científicos puros como los sociales, además de los técnicos y los administradores, los intelectuales que se precian de serlo quisieran gozar de respeto en la comunidad académica gracias a sus libros y artículos, a sus ponencias y conferencias, a sus críticas y ensayos. Como el lenguaje es la forma verbal, el medio a través del cual expresarán el conocimiento científico logrado con sus estudios, sus razonamientos y su experiencia, es necesario aprender en la universidad a redactar bien los documentos académicos. Pero son necesarias algunas precisiones para ganar esta competencia.

 

La ortografía

La idea más usual respecto a la redacción es que debemos escribir sin errores de ortografía, con las letras correctas y, si es posible, evitando las faltas gramaticales más burdas, como el mal uso de las preposiciones, de los adverbios y del gerundio, por ejemplo. Se supone que la ortografía es una destreza que se adquiere en los estudios secundarios y no habría, por lo tanto, razón para aprenderla nuevamente en el pregrado; como hasta ahora esa competencia está en déficit, para remediarlo tenemos profesores de Comunicación que se dedican durante un semestre a repetir las normas consabidas, con la esperanza de nivelar a los rezagados y perfeccionar a los que ya gozan de una buena escritura.

Dos defectos tiene esta práctica: todo el énfasis está puesto en la forma gramatical, y el contenido de dicha forma no importa.

El curso se orienta hacia la gramática normativa. Los estudiantes son obligados a memorizar reglas de escritura, de concordancia, de conjugación, etc.; o, lo que es peor, a repetir una jerigonza lingüística que nadie sabe para qué sirve y pocos recuerdan. Las oraciones que a modo de ejemplos ilustran las lecciones semanales son de una simplicidad estereotípica, pedestre. Pero, valgan verdades, con este proyecto no hay como ir más allá. El lenguaje científico real corre por otros cauces, en otros salones, en otras conversaciones; mientras tanto, ni el profesor de Comunicación está interesado por la ciencia de la Escuela Profesional a la que sirve ni los estudiantes pretenden complicarse la vida interesándolo.

Al final del semestre, con un poco de esfuerzo, se habrá cumplido con hacer ejercicios de todo tipo, llenar cuestionarios y editar algún texto cuidadosamente plagiado. Basta, para aprobar la materia. Ya pueden los estudiantes seguir cometiendo los peores yerros en otros documentos, incluso en sus solicitudes administrativas: están aprobados en Comunicación.

 

La retórica

Un paso adelante en la dirección errada es el que pone énfasis en la forma retórica. Se trata de aprender los principios de la redacción con unidad y coherencia, con claridad y, por supuesto, sin errores gramaticales.

Si bien aquí las reglas de ortografía están al servicio de un texto en proyección, con lo cual se hacen un poco soportables, el curso no pasa de los aspectos puramente formales. El contenido científico sigue siendo ajeno. Todo lo que importa es escribir bien los párrafos, las oraciones, las palabras. El tema de redacción será impuesto por el profesor de Comunicación; o, a lo sumo, sugerido por algunos colegas de la especialidad que condescendientemente colaboran. Igual que en el anterior caso, los requisitos de aprobación de la materia no le garantizan a nadie que, en efecto, el estudiante haya dominado esas fórmulas retóricas, y que lo haga perdurablemente bien.

Lo que tienen en común estas dos primeras concepciones de la enseñanza del Lenguaje es su aterradora insularidad, su incomunicación con los objetivos de los demás cursos y con los demás profesores de la especialidad servida por el curso. Muchas veces un mismo sílabo se pasea por varias Escuelas y Facultades sin que nadie advierta de qué se trata. No hay ningún vínculo –salvo los absolutamente universales- entre el lenguaje propio de la especialidad y el lenguaje que se estudia en Comunicación. De paso, este tipo de enseñanza evidencia la falta de control de las autoridades académicas sobre plan de estudios, su descuido en la necesaria interrelación que deben guardar los objetivos de cada curso a lo largo de la carrera.

 

La inventiva

En contados casos, de un modo experimental, se está intentado romper en la universidad las limitaciones antes señaladas cambiando para ello el énfasis en la forma —gramatical o retórica— por el énfasis en el contenido y la competencia. La primera posibilidad nace del propio alumno-escritor, de sus capacidades inventivas, su sensibilidad y curiosidad frente a los problemas básicos de su ciencia. En el área de las humanidades y las ciencias sociales, especialmente, es posible despertar la curiosidad intelectual y la imaginación de los estudiantes y, al mismo tiempo, su interés por la expresión verbal.

El punto de partida para la redacción sería un problema inmediato, real y concreto, una cuestión tomada del campo específico de la carrera, un asunto que no tiene que ser necesariamente demasiado técnico. De lo que se trata, ante todo, es de despertar la capacidad de atender a hechos reales, propios del contexto local o regional, que representan a su vez, de alguna manera, problemas generales del hombre o la sociedad o del conocimiento y la investigación, y que cada ciencia y cada profesión puede dilucidar por sus propios medios.

En lugar de las reglas, pasa a ser lo más importante el proceso de la creación. Se empieza por el cuestionamiento, la precisión del problema, se pasa a las ideas ya existentes, el debate, las conclusiones, el borrador, y se concluye con la revisión y la redacción final. El asunto y su discusión buscarán por sí mismos el mejor modelo para expresarse; y, de las reglas, solo se aprende y se practica las pertinentes.

Lo único malo con este método es que se centra en el redactor, en la capacitación teórica y técnica del estudiante-escritor. Sigue siendo parte de una concepción abstracta del uso del lenguaje que no alcanza a implicar a la comunidad científica para la que supuestamente se investiga y escribe.

 

La comunicación

En los últimos años, bajo el influjo de algunas corrientes teóricas posmodernas, el lenguaje tiende a ser visto en su papel comunicativo-constructivo. Se ha encontrado una evidencia que asombra no haber descubierto antes: el lenguaje depende del uso que se le dé.

Aplicando este sencillo hallazgo al campo académico, diríamos que la enseñanza del lenguaje en la Universidad debe estar dirigida a la comunicación científica dentro de la comunidad intelectual real y concreta en que nos encontramos. En lugar de aprender a escribir bien para nadie más que el profesor de Comunicación y por la nota aprobatoria, se debe escribir bien para la Carrera o Profesión que uno ha elegido, para los lectores vivos que comparten con nosotros un mismo interés científico. Es el lector especializado, experto, quien va a recibir nuestros textos y a utilizarlos para entablar con ellos el debate científico que a su vez hará progresar los conocimientos de nuestra disciplina.

En el modelo pragmático, el Lenguaje se enseña “como socialización dentro de la comunidad académica, no como mera terapia humanística”, según Horowitz. No se trata de aprender normas de ortografía por ellas mismas, tampoco de aprender modelos retóricos de redacción por conocerlos, sino de satisfacer una demanda académica real.

A diferencia de los anteriores modelos de enseñanza-aprendizaje de los cursos de Lenguaje, en el modelo pragmático el énfasis estará puesto menos en el profesor de Lenguaje, en el perfeccionamiento del estudiante o en el debate con los compañeros de clase, que en el proceso de construcción de una comunidad académica de especialistas. Todo y todos están al servicio de este fin científico: las reglas de puntuación, los esquemas de redacción, la elección de los temas, la evaluación del curso, la publicación final. De suerte que Comunicación aporta un caudal efectivo a la profesionalización de los estudiantes y aún más, al desarrollo de la ciencia particular de la Escuela en la que se dicta. Los documentos se convierten en algo valioso no solo durante el semestre que dure el curso, sino en el largo proceso de la formación del científico en ciernes que es el estudiante, e incluso, algo útil para el progreso de la ciencia respectiva. Con este objetivo claro en mente se hace gratificante el trabajo de perfeccionamiento del lenguaje y de edición de los textos: uno sabe que está haciendo algo intelectualmente útil, y eso mismo lo motiva.

 

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