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Revista Cultural

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Pintar en el aire

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Sobre el gesto que informa y otras imágenes

De pronto Ramiro Llona se acerca por el lobby, tal cual se le ve en las fotografías: alto, delgado, de barba corta y bigote, entrecano. Nos ubicamos en una mesa junto al jardín y damos inicio a una larga conversación, como un par de viejos amigos que se reencuentran después de años y desean poner al día sus experiencias. Ninguna dificultad en comunicarse ni en comparar puntos de vista. La típica entrevista programada con preguntas y respuestas deja lugar a un diálogo de hora y media en el que fluyen la inteligencia y la simpatía de Llona.

 

Lo primero que le pregunto, con toda frescura, es si podemos tutearnos. Le acabo de entregar un libro mío, y tras leer la solapa me responde, “Claro, además tú eres mi mayor”; “pero por poco”, le digo. Y eso es suficiente para subirnos a un tono de amistad favorable a las bromas y las confidencias.

El tema de partida es la Exposición que ha traído al Cultural Peruano Norteamericano y que se inauguró el viernes pasado. A finales de 2016 Llona ha expuesto en dos locales de Lima, el Museo de Arte Contemporáneo y el Centro Cultural Británico, sus obras de los últimos veinte años. Le pregunto si esta muestra en Arequipa es parte de alguna de ellas.

“No —dice—, la hemos armado exclusivamente para Arequipa. La del Museo fue con obras de gran formato, de tres a siete metros de largo; la del Británico fue con obras en papel y algunos óleos. Todas las de Arequipa son tomadas de mi colección personal con la ayuda de mi amigo el historiador del Arte Juan Peralta; a él le propuse que armara la muestra y eligió lo que íbamos a traer. Ha salido una cosa interesante, la he visto recién y no queda mal, me ha gustado” dice sin vanidad pero con alegría.

“He leído que no te gusta trabajar con curadores”, le comento.

“No voy a hablar mal de mis colegas de profesión, no voy a decir nombres, pero sucede que en los últimos años el pequeño mundo artístico de Lima está afectado por una gestión que privilegia aquello que llaman “el arte contemporáneo”, con autores jóvenes que no pasan de los cuarenta años. Dicen que por fin hay un arte cosmopolita en el Perú. No se trata de lo que incluyen en sus exposiciones o lo que convocan a las Bienales o llevan al extranjero; todo eso está muy bien. El problema es lo que excluyen. Son dos generaciones que ya no existen para los curadores o los galeristas. Entonces, lo que está primando es el criterio del mercado. Cuando llegan los coleccionistas del extranjero los llevan por ciertas rutas, a algunos talleres. Por eso prefiero trabajar con amigos. Con Peralta que es un Historiador graduado en la San Marcos, con Jeremías Gamboa, que es un escritor”.

“Hay un vínculo visible de tu obra pictórica con la literatura”, le digo, “Gamboa cuenta que eres un gran lector de literatura, y en especial de novelas de muchas páginas”.

Sonríe. “En efecto. Hay en mi taller un sillón muy cómodo, frente a mis cuadros, en el que me siento muchas horas a leer. Ese sillón está rodeado por libros en columnas, a mi mano. Me gusta mucho leer y menos mal tengo amigos como Jeremías que me recomiendan libros. Ahora tengo una hija de veinte años que ha empezado a estudiar Literatura en los Estados Unidos, y ella me informa de los buenos libros que están saliendo”.

“Pero sobre todo lees a autores anglosajones”, le digo.

“Como he vivido veinte años en Nueva York, me es más fácil leer en inglés. Me gustan esos libros agotadores, de mil páginas. Es como meterse dentro del libro, a un mundo imaginario”. Me cuenta que tiene libros que no ha leído y sin embargo sigue comprando más. Que lo espera “La guerra y la paz”; que ha leído a Faulkner completo, a Henry Miller, a Hemigway. Y que también lee libros de Historia del Arte, de psicoanálisis.

“Los nombres de tus muestras son literarios: El lugar de la pintura, El gesto informado, le digo. “El gesto informado" me sugiere varias ideas: el gesto del rostro y el del trazo; lo informado podría ser por igual lo que trae información, lo que no tiene forma y lo que por el contrario ha recibido durante el proceso creativo una forma. ¿Colocas los títulos antes o después de acabar el cuadro?”, pregunto.

“Después -dice-, cuando voy al cuadro no sé siquiera qué va salir”.

Y empieza la mejor parte de la conversación. Una larga reflexión acerca de la manera como trabaja.

“Yo no dibujo ni preparo bosquejos antes de empezar. Lo que hago es imprimar la tela con una base gruesa, con algo de color neutro, que le dé al soporte una cierta presencia, a veces son tres o cuatro horas agotadoras de preparación, y después me alejo, observo la tela por un buen rato, a veces días, hasta que algo empieza a vislumbrarse en ese espacio. El otro día un joven me dijo que eso no era posible, que se necesitaba una idea, un concepto del cual partir, y yo le dije no es que suprimas el pensamiento, solo tienes que bajarle un poco el volumen para que deje que el cuadro nazca, que la obra vaya tomando su forma, que aparezca una plataforma con lucecitas, sonidos raros, y a partir de ella empiezas a trabajar, a extraer las formas y los colores que van a crear el cuadro. Es un esfuerzo casi puramente corporal, en el que la imaginación hace su trabajo y hay que dejarla. Pararse uno frente a la tela y con un gesto amplio ir trazando una ruta, unas proporciones, esbozos de figuras que luego iras definiendo, corrigiendo, dando color y composición. Me gusta incluso dejar zonas sin figura, que se vea la base aunque sea tosca, para que todo el proceso conserve algo así como su propia historia. El cuadro es la historia del nacimiento del cuadro. En ese sentido, prefiero el proceso a la obra acabada”.

Pienso en las teorías psicoanalíticas sobre el trabajo del sueño, sobre la sesión de análisis, sobre la aparición del síntoma, y se lo digo.

“Si, es parecido —dice—, como la asociación libre de ideas, o como una sesión psicoanalítica, apenas ingresa uno al consultorio se crea un ambiente especial que favorece la búsqueda y uno acaba a la hora pensando o recordando algo que no sabía que estuviera allí”.

Ha estado en análisis desde hace unos veinte años. Primero con un seguidor de Piaget, del que aprendió mucho sobre el proceso creador, me cuenta. Luego ha tenido varios otros analistas, y ahora lee sobre psicoanálisis. Entonces le pregunto si ha leído “Escribir en el aire”, el libro de Antonio Cornejo Polar sobre la tradición oral andina. Lo digo porque acabo de recordar las imágenes sugerentes de sus cuadros de gran formato que llenan las paredes del Museo de Arte Contemporáneo en las fotos que he consultado. “Esos cuadros tuyos me parece una especie pintura en el aire (Bonito título, me dice), como si quisieras pintar el espacio que te rodea por todos lados, encerrarte en un mundo en lugar de pintar desde fuera frente a una tela, pequeña probablemente. Y ese espacio ambiental que creas te lleva a confinarte dentro de ti mismo, a vivir en el acto de pintar y dentro de tus imágenes y colores”.

“Lo has entendido bien. Concuerdo con tu apreciación”, señala. “No soy un hombre que vive en una torre de marfil. Todos los días al levantarme me leo tres diarios y sigo la vida política de mi país permanentemente. Pero creo que el acto creativo necesita una concentración especial. Nada de lo que sabes o has oído puede interferir en la relación entre tú y la obra. Especialmente en tu proceso de trabajo creativo. Soy de los que creen que el pintor debe estar en su obra. Y lo que a mí me interesa es el proceso más que el cuadro acabado. Cuando has terminado el cuadro ya no es tuyo. Por eso trato de estar trabajando permanentemente. Hay pintores que descubren de jóvenes una forma, un tema, un estilo, y luego los perfeccionan a lo largo de su vida; hay pintores que por el contrario tienen que estar cambiando, abandonando su técnica para no convertirla en una fórmula, tienen que estar buscando y abandonando permanentemente, yo soy uno de ellos. Por eso cambio de formato, de estilo. Creo que la vida tiene ese valor, es el mayor regalo que hemos recibido y hay que tomarlo así, no desperdiciarlo; no entiendo que alguien esté aburrido perdiendo el tiempo. Lo mío es trabajar y trabajar y así me siento bien y soy feliz”.

“Sin embargo, hay ciertas recurrencias en tu obra; por ejemplo, se nota la presencia de una figura masculina y otra femenina que siempre rondan en tus cuadros”.

“Sí, es cierto”, dice. Piensa por un momento y añade “Creo en lo que dice Rulfo: todo el arte se reduce a tres temas, la vida, el amor y la muerte. Probablemente mi gran problema sean el hombre y la mujer, y sus relaciones”.

“Otra constante son tus colores, preferentemente cálidos, fuertes, luminosos. ¿Tienes una paleta elaborada?”, le pregunto.

“Hay tres tipos de cuadros, aquellos en que domina el rojo, otros en amarillo y otros en azul o algún color que me guste. Cuando pinto con rojo, por ejemplo, preparo una mezcla de varios chisguetes, que no es solamente rojo sino tiene algo de amarillo y blanco. Como mis cuadros son enormes tengo que preparar algo más, y vuelvo a hacer la mezcla y me sale exactamente el mismo rojo. Es como si tuviera las proporciones en mi cabeza. Y aplico el color y al final doy una o varias manos bastante aguadas con trementina, dejando a veces algunas partes como estaban. Otras veces trabajo con el amarillo”.

Le hago observar el sol de mediodía de Arequipa y la fortaleza de los colores del césped, del cielo, de la montaña, le digo que Lima es más gris pero que en sus cuadros, por lo menos en los que he visto, esa grisura no se nota. Pienso que es un pintor de taller y no de exteriores. “Mi estudio tiene un techo muy alto y una gran ventana al lado. Además he hecho poner una mampara llena de luces para recrear la luz solar en lo que puedo. En efecto, trabajo solo en el taller, no podría hacer lo que los impresionistas. Además que no lo necesito. Lo mío ha sido el expresionismo, el action panting, más que la figuración y el realismo”.

 

Hablamos mucho más, de su familia de migrantes, de sus ancestros en la selva de Perú, en Lima, de sus hijos pequeños y del mío, de sus viajes por el país y por el extranjero, de sus visitas a los museos de medio mundo, de algunos amigos comunes. De su malestar con la injusticia y la corrupción. Me suscita una pregunta antes de despedirnos: “¿Eres de izquierda?”. “Sí —me dice—, al menos eso creo. Cómo no serlo en este país nuestro”.

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