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Revista Cultural

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LEÍDO EN AREQUIPA

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Hoggart y la cultura obrera inglesa, vistos desde otro lugar de recepción.

El libro “La cultura obrera en la sociedad de masas”, del inglés Richard Hoggart —uno de los fundadores de los “Estudios Culturales”—, fue publicado en 1957, pero puede leerse como una descripción de lo que sucede hoy en el Perú de las grandes cadenas de retail.

Es un texto amplio del cual se puede sacar interesantes lecciones para el trabajo intelectual de provincia; la primera, el modo como se construyó: a partir de experiencias íntimas, visiones personales, observaciones críticas e intereses académicos. El autor lo llama “un diagnóstico personal”.

La primera parte del libro, “Un  orden más antiguo”, puede disfrutarse gracias al estilo narrativo con el que Hoggart retrata a la clase trabajadora inglesa tras la implementación del Estado de Bienestar. Describe en detalle diversos aspectos de la vida cotidiana de dicho grupo y pone el acento en “lo íntimo, lo sensorial, el detalle y lo personal”: el hogar, que es el sitio donde más refunfuñas pero que mejor te recibe; los barrios y sus perros de “raza perro”; el tiempo (casi feliz) de los solteros y solteras jóvenes; los roles de las madres y de los padres; la organización familiar; la relación con otros grupos y clases; los usos lingüísticos (de frases inolvidables como “un hombre es un hombre en cualquier sitio”): la solidaridad (reforzada por el hecho de que no hay lugar para las grandes ambiciones); la presión del grupo para asegurarse de que todos se adecuen a las costumbres establecidas; las peleas; los suicidios; la persistente resignación (pues lo que no se puede arreglar se debe soportar); la religión, a la que se recurre por necesidades pedagógicas de los niños, a quienes una vez adultos se deja en libertad de no asistir a la iglesia; el consumo de medios y su retórica sencilla y trillada; los clubes y el desarrollo del arte popular.

Hoggart rompe con los culturalistas que caen en el mito del buen salvaje, buscando objetos marginales que parezcan raros a los ojos de colegas: “En mi opinión es necesario rechazar estos enfoques con mucha vehemencia, porque hay algo de verdad en lo que expresan y es una pena que esa verdad se exagere como nota de color”.

Un lector no entrenado recibirá los ejemplos y la manera de observar los fenómenos sociales con duda (el inicio de la crítica), luego de leer el libro es imposible no examinar la propia vida o la clase a la que uno pertenece. Un lector entrenado será capaz de reconocer en qué teoría se enmarcan la crítica a los productos mediáticos y a las industrias culturales, la idea de clase, la idea del goce en el consumo.

Stuart Hall, discípulo de Hoggart, cuenta que cuando el libro se publicó no fue bien recibido por los académicos pues parecía que en él estuviera Marx sin ser citado.  Quizá lo que señaló sea en realidad la invención de una forma de escritura académica o ensayística que no nos estaría mal probar.

La segunda parte del libro, “Dar lugar a lo nuevo”, detalla aspectos del cambio cultural de la clase trabajadora inglesa a mediados del siglo XX, un cambio provocado por el aumento adquisitivo que el mercado trata de aprovechar ofreciendo el exceso de “materiales de un solo tipo”. Una transformación no radical, pues podía observarse sujetos o grupos que luego de adoptar lo nuevo continuaban manteniendo caracteres de su identidad grupal, aunque finalmente el cambio culminaría en la formación de una masa uniforme, una clase sin clase.

Los medios y las industrias culturales impulsaban nuevas mentalidades fortaleciendo, por ejemplo, la asociación entre arte y comercio. El Progreso fue un ideal de características mórbidas, pues no estaba acompañado de conciencia histórica, tampoco de continuidad. Al que progresa no le interesa nada más que el presente y el futuro, toda novedad es buena, lo joven es magnífico, lo anticuado es malo, ser viejo es terrible, los jóvenes son el nuevo mercado.

El progreso es un valor en sí mismo, no se progresa para algo, se progresa por el progreso mismo. Ello hace aceptar las cosas como vengan, pues lo que sea puede ser aprovechable. Fue quizá el origen de la literatura de autoayuda, con personajes dispuestos a usar la desgracia como ímpetu para el éxito individual. “el rebaño de bárbaros en el país de las maravillas se mueve inexorablemente hacia adelante”, escribe Hoggart.

Progresar significa adquirir lo “común y corriente”, interesarse por lo “normal”. El estereotipo es el personaje del vulgo que logra pequeñeces y sale vencedor. En el Perú, diríamos que es como el protagonista de “Asu Mare”. El público gusta encontrar en los seres admirados rasgos corrientes más que rasgos heroicos o sorprendentes.

También hallamos una interesante reflexión sobre la tolerancia, el cinismo y la admiración por la libertad, en una “sociedad que es cada vez menos libre”. Inglaterra se encuentra por ceder a la estrategia de la tolerancia, de la indiferencia que permite olvidarse de los límites y del orden, el reemplazo de la cantidad por la calidad, el validarlo todo, el reírse de todo. Sin embargo, el peligro de tal indiferenciación es el vacío: si “todo vale” entonces “nada vale”.

El autor cita a Thomas Paine para aclarar que la tolerancia no es lo contrario de la intolerancia, sino una imitación falsa, pues ambas creen poseer el derecho de conceder libertad de conciencia. La época del “todo vale” y del “vivir y dejar vivir”, el mundo de la indiferenciación, serían resultado de la perdida de la voluntad social para decidir y, por supuesto, para reflexionar. La estrategia de un individuo perezoso que  para impedir que se metan con él decide no meterse con nada ni nadie. ¿No suena conocido? Esta falsa tolerancia se opone a aquella “fruto de la fuerza, la creencia, la percepción de que la verdad es un concepto difícil”, es decir, a la discusión y la comunicación democrática.

Hoggart no está dispuesto a ser complaciente con la literatura y la divide en simple y compleja. La simple  se centra en la comunicación directa con el lector y es incapaz de hablar de la experiencia humana. La compleja requiere del lector una reflexión intermedia y ante el gusto contemporáneo no puede ser popular.

Al parecer, tal división fue llevada a la práctica docente, el autor fiel a sus principios políticos impartía clases de literatura en sindicatos o asociaciones de obreros. En una entrevista que le realiza Beatriz Sarlo declara que él no está dispuesto a dar literatura simple a sus estudiantes, aun a pesar de su bajo nivel de instrucción, pues está seguro que la mejor literatura es la que puede conmover el corazón humano, y por ello siempre inicia con Dickens.

Una interesante idea, que permitiría reflexionar a profesores, editores y a todo aquel que diseña planes lectores, y que desprecia a los clásicos en favor de la lectura pop, que mezcla el radicalismo, el sensacionalismo y una aparente honestidad. La moda de la sinceridad sería solo una respuesta a la sensación de vacío, obras que responden al atrevimiento “del muchacho que hace burla al policía cuando este se da vuelta, y a una distancia prudencial, para el deleite de sus amigos”. Además responde a la urgencia de tener al público incapaz de hacer preguntas pero conectado a una seguidilla de productos vacuos.

La dinámica de, primero, elogiar lo común, sentirse parte del rebaño (la excusa para una absoluta falta de sensibilidad) y, segundo, marginar a la masa, se extiende hasta el periodismo; donde el que habla superficialidades reemplaza al articulista  reflexivo. El nuevo es una especie de Marco Aurelio Denegri, alguien que cita a los clásicos no para difundirlos sino para exaltar en el pueblo su sentimiento de inferioridad.

¿Y la respuesta de la masa? A medias lúcida y a medias ilusa, ella sabe que los medios y las industrias culturales intentan influir en su pensamiento y su vida, pero igual los consumen pues imaginan que este saber los pone a salvo, no le creen a los noticieros pero igual incrementan su rating y ese es el cetro de su ingenuidad.

Además, encontraremos en el libro singulares problemáticas como la de los jóvenes de la clase obrera que son becados por su buen desempeño estudiantil. Nunca sienten pertenecer del todo a ningún grupo. En su pobre hogar “deben aislarse mentalmente para poder estudiar”, los amigos y familiares los miran con suspicacia. Algunos quieren pertenecer a la clase media, pero en ella se sienten abrumados, molestos por su apariencia que delata su origen.

Otro personaje es el transeúnte que desde las clases baja se dirige a la clase media y usa como estrategia de diferenciación ciertos productos culturales comunes a su especie pero que le permiten la ilusión de la singularidad. O aquellos sin mayores convicciones que la de un amor a primera vista con la intelectualidad, que leen las reseñas más que los obras, intiman con las tapas de los libros, y alimentan su cinismo con el poco conocimiento que adquieren, siempre dispuestos a desacreditar “pobres niños ricos con exceso de información popularizada y fragmentada y mucho menos”, “ha llegado el momento en que deben darse cuenta de que no hay nada malo en tratar de ser un buen marido y un buen padre, que uno puede ser autentico allí como en cualquier otro aspecto de la vida”, escribe Hoggart.

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