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Revista Cultural

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DIARIO DE AREQUIPA

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Verástegui en la ciudad

 

UNO

En diciembre de 2016 Arequipa se llenó de voces poderosas, magistrales, inesperadas y amicales. Fue, por ejemplo, ocasión de reunirse con Enrique Verástegui, poeta y lector, como él se llama. Vino para la presentación de un libro suyo en el marco de X Festival del Libro, en realidad, reedición de un extenso artículo que salió en la revista “Lienzo” en los años 70. Allí Verástegui daba cuenta de lejanos días en que la Universidad Nacional de San Agustín, por mediación del novelista Miguel Gutiérrez, le encargó redactar la memoria rectoral. Poco más de una semana en la que el poeta, que acababa de publicar uno de los libros más bellos y perfectos de la segunda mitad del XX, “En los extramuros del mundo”, se tomó tiempo para visitar a viejos amigos y hacer nuevas amistades, por las noches, entre copa y copa.

Pasó por mi casa, como cuenta más abajo, y después nos vimos en Lima un par de veces. Pero Verástegui nos marcó desde esa visita el alma con unos versos que recitó para mi grabadora en la casa de Progreso. He perdido ese casete, pero me queda viva en la memoria su voz juvenil, rápida, fuerte, sensible para la lectura del poema a su abuelita que nos dejó a Misael Ramos, a Oswaldo Chanove, a Alonso Ruiz Rosas, a mis hijos y a mí callados un buen rato.

 

DOS

Yo puse estos versos como ramas de olivo sobre tu tumba oh mi abuela y me tendrás aquí

para siempre —gritando, dando alaridos, llamándote, prosternado a tus maneras,

levantándome, maldiciendo a pesar de las prohibiciones y de que no debo hablar con locos

o pillar frutas en los mercados.

 

Estaré silencioso estos días como cuando hacia las 4 de la tarde cogías tu alfombra

Para continuar tejiéndola con yerbas y ángeles de Jericó y rojos y verdes y dorados.

No fumaré ni saldré ahora a caminar con Mario hablando de Marx de la victoria.

 

Llegué hasta la tumba donde duermes y duerme una parte de mis sueños

y permanezco como brasa bajo la lluvia o bajo el jazz de las discotecas escuchando cantar a Odeta

meciéndome con la brisa como un murmullo de mariposas sobre mis rodillas,

sobre mi soledad.

 

Y no quiero estar solitario, no quiero ni puedo.

Tú viajas junto a mí a mi lado y soy la yerba por donde vas caminando sin que se noten tus ojos y tu canto

—en el patio delirio conversando con lo que eran tus pasos trazados sobre la noche

como por la constelación de mis labios sobre la frialdad del vidrio que daba a tu rostro en el ataúd

y eso era todo o casi todo; yo volando por la ciudad con mis juguetes, enardecido como un ángel, con mis palabras de ángel.

Vi cómo te despediste de mí por última vez aquel día de agosto en Tigre cuando te trajero a Lima a Neoplásticas y yo recién tanteaba mi ingreso a la universidad que ahora desprecio.

 

Toda la mañana de aquel día viajé en ómnibus, sudando, abochornado, desmayándome en los semáforos,

con una sensación de muerte en los labios, con el llanto.

 

Y eso era todo o casi todo, o nada.

 

Llegué hasta tu tumba cruzando amplios jardines —perdido entre otras tumbas

y chocándome a cada instante con viejos conocidos con cabellos de neón —amigos suicidas

—parientes parientes venidos a menos después de la lluvia— devorando frutas y palabras extrañas en los manicomios, en el fondo de cuartos que ya nadie recuerda.

 

Este es Jarry que retorna a tu álbum de recuerdos, a tu gusto; cargado de soledad

y sin sentido, hablando de cosas ininteligibles, blasfemando

—recíbeme abuelita soy yo el más engreído.

 

Agitaste tu mano desde dentro del automóvil, tu último saludo para mí —adiós al nieto que más querías

y a quien continuaste lavándole pañuelos y camisas aun cuando ya te sentías enferma

a 28 días de tu muerte y mirándome colgado de la percha en la sala junto al estante de libros

entre la yerba y los ángeles de Jericó.

Hoy me levanté temprano temprano y corrí a saludarte porque también toda palabra es un parque de sueños

Y aquí estoy para siempre a tu lado, como las ramas de olivo que te puse ayer en la tumba.

(“Para María Luisa Rojas de Peláez muerta el 21 de agosto de 1969 en Cañete donde moran a las cinco de la mañana en el estanque los ángeles de Jericó”, Enrique Verástegui, 1970).

 

TRES

“Son mis últimos días en Arequipa: me alojo ahora en casa de Alonso que ha vuelto de Cusco. Se encuentra, también, una muchacha extranjera: muy extraña, muy apartada, no logro sin embargo conversar con ella. Alonso posee una de las más bellas casas de Arequipa: situada en calle Villalba, desde su puerta se posee una hermosa vista del horizonte arequipeño. Está a pocas cuadras de la universidad, y me resulta conveniente. Su familia es amable y soy atendido cariñosamente. Incluso he conversado con el padre de Alonso, que es poeta, y que se muestra amablemente interesado en las cosas que escribo. Su hermana menor —a la mayor la frecuenté un buen tiempo en París— me observa sin poder ocultar una cierta admiración: tiene una sonrisa fresca como una mandarina, y sus ojos son bellísimos.

Todo esto me parece hermoso: largas conversaciones con Alonso sobre arte, política, sobre cualquier cosa. Extraño, sin embargo, a mi mujer y a mi hija, y en pocos días más termino mi trabajo en la universidad hacia donde me dirijo, todas las mañanas, a teclear a máquina mi concepción de su función universitaria así como de su proyección social a la comunidad: por las noches, grandes borracheras con todos los poetas de Arequipa.

Escribo algunos poemas, llevo este diario: deseo ya alejarme hacia Lima.

He realizado una grabación de mis poemas en la casa de Willard Díaz que posee un programa cultural en una de las mejores radios de Arequipa. Pregunto a Marcia Loo, su compañera, una mujer bastante exquisita y amable —que toca perfectamente fugas de Bach sobre el piano apenas se lo solicito—, si en este siglo se han creado formas musicales que pueden ser tan relevantes como las formas clásicas: me dice que en eso consiste precisamente el problema de la música contemporánea. Quizá con excepciones: Orff, Shostakovich, Stokhausen, son algunos músicos con los que nos ponemos de acuerdo para llegar a comprender que ellos han creado nuevas formas musicales, a pesar de las polémicas que algo nuevo siempre produce”.

(Del “Diario de Viaje: Arequipa”, Cascahuesos Editores, 2016)

 

CUATRO

P. ¿Por qué además de la poesía te interesa la Matemática?

R. Por una razón teológica. Pertenezco y pertenecemos a la civilización judeo cristiana que desde hace siglos ha hecho de nosotros seres pecadores, desde Adán y Eva, que nos hacen representantes de ese pecado. Eso se notó mejor hace algunas décadas, cuando los escritores y los poetas buscaran una razón teológica escribiendo poesía. Pero los escritores y los poetas en la inmensa Rusia vieron que nadie los apoyaba ni les daba crédito en aquellas cosas de las cuales podía hablar un escritor.

Eso me tocó vivir a mí, a mis cuarenta años en el mundo. Por eso pienso que una forma de encontrar la salvación teológica es haciendo Matemática.

De modo que, quizás soy paranoico, pero siento una enorme represión del poder en el Perú contra quienes hacemos poesía. Llegó un momento en que en el Perú daba vergüenza llamarse poeta. Y se nota en el uso poco lógico que le dan a la palabra “poemario”, que es un despectivo.

De tal manera que los poetas del Perú, y de América y de todo el mundo hemos encontrado una salvación a través de la palabra “Matemática”, en el sentido que tuvo en la época de Cristo.

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