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Revista Cultural

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DIOS NO NOS QUIERE

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Una novela de Atahualpa Rodríguez

“Aquí respirando ancestro, se forjó mi loco empeño; yo no he nacido peruano, he nacido arequipeño”, localismo del poeta que nace el 9 de agosto de 1889, César Augusto Rodríguez Olcay, a quien por su “lacia cabellera y su faz nigromante andino”  Percy Gibson rebautizara como César Atahualpa.

Sus padres, don César Rodríguez y Mercedes Olcay le dieron la primera educación en el Colegio Nacional de la Independencia Americana, de donde egresó en 1907, para continuar sus estudios universitarios en la ciudad capital en la Escuela de Medicina de la decana de América, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Los estudios se ven truncados por la situación económica, “la efervescencia juvenil y sus conflictos, su espíritu antiacadémico, las preocupaciones literarias y también los escasos recursos económicos, frustraron la inquietud de sus padres”, explica Manuel Pantigoso.

Los cinco años en Lima entre 1908 y 1913 fueron decisivos en su formación literaria, frecuentaba a escritores de la talla de José María Eguren, Manuel Gonzales Prada y Abraham Valdelomar, este último lo reconoció como “una nueva expresión de la lírica nacional”.

Al volver a Arequipa y viéndose en la necesidad de trabajar, lo hizo como amanuense en una escribanía, hasta su designación como Director de la Biblioteca Municipal, en 1917. Su regreso a la ciudad natal, marcó además el ingreso formal en la vida literaria.

Hay una actuación pública que debe ser recordada por la crítica: en el marco de las celebraciones patrióticas del 2 de mayo de 1916, el poeta lee entre aplausos su “Canto a la Raza”.

Desde 1916 Integra el Grupo Aquelarre, que estaba conformado por una generación bastante heterogénea, de ideas modernistas con una misma inquietud de cambio; este grupo tuvo bastante cercanía con el grupo Colonida que fundara Abraham Valdelomar.

Contrae matrimonio en 1922 con Elena Vargas Espejo, y con el nacimiento de su hija Bertha nace una colaboradora fiel al escritor; también hay un breve paso por la Universidad Nacional de San Agustín que le confiere la cátedra de Historia de la Literatura en 1930, a la que tras ser nombrado catedrático hace una renuncia casi inmediata, posiblemente por su radical incompatibilidad entre su temperamento y la rutina académica.

Al cumplir los 80 años viaja al viejo continente, más que un descubrimiento fue tal vez una despedida de esos lugares ya visitados a través de interminables lecturas en la Biblioteca.

En “Retrato de un Marco”, nuestro escritor intenta darnos a conocer la infancia de ese niño que solía ser; Manuel Pantigoso lo considera como una autobiografía parcial, en la que se percibe a un niño de extrema susceptibilidad nerviosa, que nunca tuvo juguetes “pero nunca le falto con que jugar”, y cuya mayor felicidad consistía “en frotar el lomo del gato de la casa y en pretender sacarle los ojos”.

Los portales de la Plaza de Armas que eran frecuentados por nuestro poeta, fueron convertidos en una suerte de tribuna socrática, de manera que mucha de su mejor poesía se perdió en la plática. Además, tuvo “dos odios profundos: el cumplido social y el reloj, y dos vicios profundamente arraigados: conversar y leer” dice Manuel Pantigoso.

César Augusto Rodríguez Olcay murió en Arequipa el 13 de marzo de 1972 y fue tal vez el mejor compendio de una vida carente de aventuras, pero de un interior maravilloso y rico, como escribe el mismo en “He vivido en mis versos”.

Es en 1926 que la editorial Nuestra América, de Buenos Aires, publica “La Torre de las Paradojas”, primer libro de nuestro poeta. En 1966 el Congreso de la Republica lo condecora con la Orden del Sol del Perú y la Orden del Congreso, también es premiado con la medalla de oro de la ciudad otorgada por la Municipalidad de Arequipa.

Es en ese mismo año que publica “Sonatas en Tono de Silencio”, editado por el Ministerio de Educación, libro donde brilla una madurez del poeta, donde el tema central es una búsqueda de la soledad.

Su extensa producción abarca treinta volúmenes de versos, de los que se han editado solamente cuatro, de manera antológica. También escribió ensayo, novela, teatro, discursos y cartas dejando en todas su genial huella creadora. Debemos tomar en cuenta que la característica mayor de Atahualpa, en su escritura, era la profundidad en el pensamiento, la intensidad de la emoción, y una bastante notoria belleza en las formas.

En palabras de Enrique Azalgara Ballón, “Rodríguez amo profundamente su tierra, su glorioso pasado, la nobleza de su gente, su honradez, su espíritu de trabajo, su ánimo emprendedor, su valentía y generosidad e, igualmente, la singular belleza de su campiña, sus montañas y su cielo. A estas atingencias de su pueblo natal, atribuía alguna vez su aptitud para la creación poética y justamente, en los poemas que siguen, se advierte su excelencia para expresar tales virtudes y la identificación que con ellas tiene su espíritu y verso”.

Rodríguez publico buena cantidad de poemas en revistas y diarios como Balnearios, Colonida, Flechas, Amauta, La Sierra, Mundial, Excélsior (revistas de Lima), Ariel (Montevideo), Anunciación, Aquelarre, La Semana, Texao, Hombre y Mundo (revistas de Arequipa), diarios El Comercio y La Crónica(Lima), El Pueblo, El Deber, Noticias (Arequipa). Hay también poemas como prólogo o colofón de obras de otros autores, así como el cancionero de Alberto Guillen que se cierra con el poema Final (Arequipa 1934).

No vamos a referirnos aquí a la excelente poesía de Atahualpa Rodríguez, sino a su narrativa poco conocida. Tenemos en nuestra mano la primera edición de “Dios no nos quiere”, la única novela publicada de Atahualpa Rodríguez, que salió al ojo público al año siguiente de su fallecimiento.

La novela llama nuestra atención con ese nombre un tanto pesimista, al afirmar que Dios no nos quiere, pero que al mismo tiempo invita a descubrir aquel conflicto entre el escritor y la religión, que nos puede llevar a un viaje hacia adentro, teniendo como referencia su producción poética tan intimista; una historia donde el entorno debe ser accesorio y el interior es lo que realmente cuenta.

Es la historia de Santiago, un hijo ilegitimo de Tomasa, marca que lo estigmatizara toda su vida. Del padre se sabe poco, nuestro personaje desarrolla su infancia en el pueblo de Corahuasi, pasa luego al seminario de San Jerónimo en Arequipa, del cual es expulsado, vuelve a Corahuasi, decide trabajar y sacar adelante a su familia, en el camino conoce a la hija de Manuela, Lucrecia, que el narrador nos dice ser la más hermosa del pueblo; su amorío se ve frustrado por Bernedo y Parisaca, ambos, usando la moral y lo religiosamente correcto, convencen a Manuela para que termine con esa relación; Parisaca termina casándose con Lucrecia, pero él muere de forma extraña. Se culpa de la muerte a Santiago pero queda libre de todo cargo al no encontrarse indicio alguno; tiempo después Santiago se casará con la viuda de Parisaca y los rumores de su culpabilidad aumentan, sobre todo entre Bernedo y el cura del pueblo, que se encargan de hacer de la vida de Santiago la comidilla del pueblo.

La vida en Corahuasi sigue hasta que se sucede un incidente entre Bernedo que es ya una autoridad en el pueblo, y Lucrecia. Santiago reacciona de la forma más impulsiva y arremete con golpes contra este. Es llevado a una carceleta en Arequipa, la familia se muda a la ciudad, las chacras a cargo del Mayordomo son descuidadas y Bernedo toma ventaja de la ausencia de los dueños y se apropia de algunos terrenos; en Arequipa Lucrecia es víctima de tinterillos, llevando a la quiebra a la familia. Y de pronto se sucede un aluvión en Corahuasi, el pueblo prácticamente desaparece.

Creemos entender la intención del escritor el recrear una sociedad hostil hacia un miembro de ella que no cumple los requisitos de “persona honorable” en aquella época. Nuestro personaje es prácticamente un paria en esa sociedad, se aísla de ella, pero sigue en relación con la misma, no la deja, se aferra incluso más. Santiago tiene como virtud la honestidad pero tiene como defecto el orgullo, ese orgullo lo lleva complicar más su situación, es un incomprendido en una sociedad parametrada en los cánones de una sociedad regida por la iglesia, que hace que nuestro héroe limite más aun su relación con esta sociedad, considerándola injusta, cruel, pero necesaria.

La catástrofe sobre Corahuasi es la manifestación de un castigo natural sobre una sociedad corrompida por costumbres y valores impuestos por un poder religioso muy influyente, y este este poder es el mismo que la bruja en el párrafo final, de manera irónica, nos resuelve, la incógnita sobre por qué Dios no nos quiere.

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