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Revista Cultural

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Boletín Titikaka 2

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Identidad y regionalismo

(Fragmento de la presentación de la última reedición del Boletín Titikaka, realizada el jueves 01 de septiembre en la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa).

Un desacuerdo surgido en la última Feria del Libro realizada en Cuzco nos sirve para ilustrar el estado de la cuestión identitaria en pleno siglo XXI, por poco un siglo después de iniciado el debate sobre el indigenismo de comienzos del siglo XX.

El Ministerio de Cultura a través de su oficina descentralizada de Cuzco en los últimos años ha venido desarrollando una política cultural un poco contradictoria en materia de gestión y promoción. De un lado se notó un fuerte deseo de aumentar la cantidad y el rango de las acciones, y de otro, se concentró el campo hacia pequeños sectores, privilegiados de alguna manera, por las concepciones de valor y jerarquía de los fenómenos culturales que emplean sus encargados.

La revista cuzqueña “Sieteculebras”, que acaba de cumplir 25 años desde su fundación, con una actividad de difusión continua, fue ignorada por los organizadores de la Feria, cuando, era de esperarse, había que celebrar su tesón y la representatividad alcanzada por la revista en nombre del Cuzco entero. Este hecho y la consiguiente denuncia de su director, el escritor Mario Guevara, desató en las redes sociales primero y luego en diarios y revistas, un furioso debate sobre la gestión del Ministerio y sus encargados, que pasó a un debate sobre las prioridades de lo regional frente a lo foráneo. El nombre de Garcilaso de la Vega fue traído a colación, y categorías como identidad y regionalismo saltaron  de nuevo a escena.

Poco antes se había realizado la Feria del Libro en Puno. Allí, por el contrario, el resultado fue armonioso y celebratorio. Mientras en Cuzco las últimas ediciones de libros del Ministerio estaban dedicadas a autores como Onetti y Clarise Lispector (Traducidos al quechua), en Puno se editó a dos de sus escritores más característicos: Efraín Miranda y Gamaliel Churata. La Feria de Cuzco pareció orientada al sector más cosmopolita de la población mientras la de Puno se hizo popular. Los homenajes en Puno empezaron junto al lago con los poetas y narradores de casa, a diferencia de la Feria de Cuzco y sus propios escritores.

Estos hechos sirven para mostrarnos cuatro cosas: el debate sobre la multiculturalidad de la nación sigue abierto; dos: las políticas estatales sobre cultura carecen de un sistema planificado y organizado; tres: los procesos culturales regionales avanza a diferente paso y a veces con rumbos diferentes en nuestro país; por último y no por eso lo menos importante, las categorías descubiertas en el pasado medio siglo de teoría literaria, de sociología, de geopolítica del saber, de psicoanálisis, en especial las de identidad e identificación, no han llegado todavía al debate regional. Seguimos discutiendo sobre lo puneño o lo arequipeño en los mismos términos de hace 90 años, cuando apareció el indigenismo en nuestro país.

¿Qué es ser puneño o ser andino o ser indio o ser cuzqueño?

La identidad tiene varias y no solo una definición. Tenemos la definición lógica y folosófica (A es indéntico a A). Una cosa es la misma hoy y mañana si tiene las mismas características de un día para otro. Hay una definición sociológica e histórica: la identidad está dada por la pertenencia a un grupo; así los puneños comparten la misma identidad. Hay la identidad psicológica y otra psicoanalítica: el yo se identifica con su superyó, según Freud, y según Lacan el otro inconsciente genera un yo imaginario, acto en el cual se produce la identidad inconsciente, que es la calve de las expresiones exteriores de identificación.

Visto desde un ángulo menos académico, seguramente todos estamos de acuerdo en que tratándose de identidad en la práctica hay también problemas. Tenemos la identidad biológica, que está registrada en el Documento Nacional de Identidad; tenemos la identidad de la residencia, los que viven, crecen, trabajan mucho tiempo en un lugar suelen adoptar, a la larga,  la identidad de ese sitio, como en los casos de José Ruiz Rosas y de Gamaliel Churata; pero también tenemos la identidad optada, la identidad simbólica: uno puede haber nacido en un lugar, haber pasado mucho tiempo en otro, y finalmente decidir que su identidad es una tercera, o la primera.

Arturo Peralta, más conocido por su seudónimo Gamaliel Churata, nacido en Arequipa, criado en Puno donde fundó el Boletín Titikaka, pero que pasó casi la mitad de su vida en Bolivia, donde escribió su célebre libro “El pez de oro”, ¿de dónde es, a qué tradición pertenece? Se dirá que Arequipa no se cuenta, porque solo paso aquí unos pocos años de su infancia, pero tenemos el caso de Mario Vargas Llosa, que igual vivió solo unos meses en nuestra ciudad y sin embargo en sus libros y en su vida pública se reconoce como arequipeño. Lo mismo pasa con Alberto Hidalgo, o con José Ruiz Rosas, o con Efraín Miranda, a quien el Ministerio de Cultura en Puno ha editado sus obras completas como si fuera puneño, cuando nació y murió en Arequipa.

No es pues, el tema de la identidad, tan simple y fácil de precisar como parece. Se conjugan por lo menos cuatro factores: el lugar del nacimiento, el lugar de permanencia, el lugar simbólico y el tiempo.

En términos lacanianos diríamos que la identidad en una cadena significante formada por esos cuatro eslabones y algunos más, que flota, que corre de un lugar a otro según el tiempo y las circunstancias, y que solo se detiene cuando un significado concreto, una intención comunicativa lo amarra, como en un punto de acolchado, en un lugar.

Esto quiere decir que la identidad es una en un momento y para una circunstancia, y otra en otro momento o en otra circunstancia. No existe algo así como el puneño-puneño, o el indio-indio, o el arequipeño-arequipeño, un ser esencialmente puro y distinto absolutamente de todos los demás, reconocible por algunos rasgos sean de color de la piel, de modo de hablar o de tradición. La identidad es una y varias al mismo tiempo: somos arequipeños en Lima, peruanos en La Paz y sudacas en Nueva York, así como Arturo Peralta fue unos años arequipeño, otros puneño y otros boliviano, reconocido por sus pares en Cochabamba como su igual.

La visión “cosmista” de la identidad andina, que apela a rasgos esenciales y únicos para definirla, retrocede más de un siglo en conocimientos teóricos, pero retrocede mucho más en cuanto a su rol político y social.

De modo que soy de quienes piensan que el debate sobre el indigenismo no puede estar repitiendo las mismas categorías de comienzos del siglo pasado, cuando el fenómeno apareció. Fue muy importante para Gamaliel Churata y el Boletín Titikaka asumir una posición vanguardista para teorizar sobre el tipo de poesía y de prosa que ellos inauguraron en el sur del Perú. Hagamos honor a esa valentía actualizando sus ideas a nuestros tiempos. Es probable que Churata seguiría siendo un vanguardista si viviera en nuestro tiempo, y que hablaría de la identidad en los términos lacanianos o taylorianos. Difícil imaginarlo discutiendo su es más indio el indio de Puno que el de Cuzco o que el mestizo costeño de raíz andina.

Cada región tiene absoluto derecho de reconocer a sus hijos, los naturales o los adoptados. Puno reclama a Efraín Miranda y a Carlos Oquendo de Amat, nosotros reclamamos a Alberto Hidalgo, José Ruiz Rosas y a Mario Vargas Llosa. (Elard Serruto y Odi Gonzáles están todavía en discusión).

Es tan válida la identidad deseada como la natural. En cualquier caso, dice Juan David Nasio, la identificación es un proceso que se produce en el interior del individuo, entre un lado y otro del propio inconsciente, proceso mediante el cual el otro genera al Yo, pero este otro no es exterior, se apresura a decir el psicoanalista, sino la representación del otro que uno tiene en su insconsciente.

¿No sería bonito un trabajo que se pregunte por qué un muchacho nacido en Arequipa de padres arequipeños decide no solo cambiarse de identidad regional sino de nombre incluso? ¿Qué hay común entre llamarse Arturo Peralta y Gamaliel Churata? ¿Qué fantasías alimentaron esa opción identitaria?

Puede que cierta parte del programa de representación andinista tenga algún componente psicoanalítico.

Cuando un indigenista asume la defensa del indio, lo defiende como a Otro más débil que el defensor. No es el propio indio el que se está defendiendo, sino el enunciador hablaría de “nuestra defensa” o “en defensa propia”. Y si el propio indio se defendiera, no hablaría de defensa, sin duda, sino de justicia.

No he dicho gran cosa, como ven, del Boletín Titikaka esta noche (El poeta Alfredo Herrera lo hará). Solo he querido evitar la repetición y dirigir mi mirada hacia nuevos espacios y nuevas posibilidades de abordar el viejo tema y sacarle nuevos jugos. Hay muchísimo trabajo que hacer, y la edición de Lluvia Editores que no entrega Esteban Quiroz, junto al Centro Antonio Cornejo Polar, tiene la inmensa virtud de facilitarnos, a los académicos, el trabajo; y este es el mérito que saludo en esta ocasión. Gracias.

 

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