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Revista Cultural

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La técnica literaria

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Apuntes sobre el oficio de escribir

Estábamos Misael Ramos, Hugo Yuén, y yo. Jorge Eduardo Benavides, que había llegado para presentar en Arequipa su última novela, nos invitó a desayunar en su hotel. Larguísima e interesante conversación que aquí copio en parte.

P. ¿A qué edad saliste de Arequipa?

R. A los dos años, pero siempre he vuelto de vacaciones porque toda mi familia está acá.

Lo curioso es que ahora que vivo en Madrid, investigando para mi último libro encontré cerca de mi casa un edificio, un palacio que tenía un escudo. “Palacio” en Madrid es una casona antigua, nada más. Pero la calle se llamaba Presidente Santisteban, y averiguando descubrí que los marqueses de Santisteban son Benavides.

Hablé con un pariente cuyo padre se encargaba de investigar nuestro arbusto genealógico, y me dijo que había llegado a la casa de donde salió nuestro primer antepasado Don Diego Benavides Cisneros, 1619. Cojonudo, había vuelto sin saberlo al barrio de la familia.

P. ¿Y Juan Manuel Guillén Benavides es de tu familia?

En Arequipa todos somos medio parientes. Yo tengo un conjunto de señoras en mi familia que se encargan de decirme tal y tal son tus primos.

El Goyeneche que aparece en mi última novela también vendría a ser familiar, porque era Barreda y Benavides. El padre era navarro: Goyeneche.

Me he dado cuenta, cuando presenté el libro en Arequipa, que no se conoce mucho de nuestra historia; me preguntaban si era el obispo; no, era el hermano, José Manuel, era el militar que se va a los doce años a España a hacer negocios por parte del padre. Cuando los franceses invaden la península, los españoles envían a Goyeneche aquí para que sofoque todas las revueltas que empezaron a producirse. Llega como Ministro Plenipotenciario del Rey. Mi novela “El enigma del convento” es bastante biográfica en eso.

P. He visto en tu currículo que diriges Talleres de narración en España. ¿Son libres o institucionales?

R.- Los hago libremente. También hago asesorías de novelas. Me lo pide alguna universidad o un instituto y voy una semana o dos. Voy mucho a Ginebra, donde hay una librería en español, tengo un taller casi fijo. Cuando viajo siempre hay algún profesor que enseña español y quiere que hagas taller con sus alumnos.

Así hago uno en Viena, y con mayor frecuencia uno en Miami, donde tengo buenos amigos.

Luego el Instituto Cervantes te pide taller. He hecho con ellos uno en Pekín: había un montón de chinos que hablaban el español muy bien, nivel literatura.

P. ¿Y cómo haces el taller?

R. Normalmente trabajo con muy poca personas, diez a quince como máximo. Pones un tema general, sea cuento o novela, pones un texto breve, comentamos un poquito y les doy luego una propuesta de trabajo. Digamos, descripciones. Tanto físicas como emocionales. Y las leemos y comentamos. Luego se deja otro trabajo para casa.

Pero todo puede cambiar según el grupo. No tengo un programa fijo de clase. No trabajo mucho con teoría.

P. ¿No llevas una secuencia de progreso?

R. Hay grandes temas que siempre toco: personajes, espacio, descripciones, corrección, estructura. Y mucha corrección, mucha. Pero no hay un orden fijo, voy a como se presentan los intereses, los problemas, las preguntas.

Por ejemplo, noto que hay problemas para caracterizar, y me invento un trabajo: describa su primera cartera y describa la primera vez que se afeitó; pero, ojo, la primera cartera la describen los hombres, y la primera afeitada las mujeres.

P. ¿Haces ejercicios de lectura?

R. Muchos. Sobre el problema concreto que vamos a tocar, y sobre cuentos y novelas en general, mucha lectura.

Trabajo con textos en español, porque el idioma tiene muchos matices. Con cuentos hispanoamericanos. Solo en grupos más avanzados uso traducciones o el idioma original.

Y trabajo mucho con el lenguaje. Se dice ahora que hay que evitar los adjetivos, yo digo no, mete adjetivos y después vemos qué hay que recortar.

P. ¿Los alumnos presentan algún cuento propio?

R. Depende del tiempo, si es una semana apenas hay tiempo para escribir algún ejercicio, leer y comentar. Cuando hago talleres de tres meses, sesiones una vez por semana, ahí si pido un cuento. Es lo que hacía en mi casa en Madrid antes de la crisis. Tengo una mesa en mi casa y ahí trabajábamos todos, martes y jueves tres horas. Y con eso vivía fenomenalmente y pagaba mi alquiler y mis cosas, y resto del tiempo me iba a escribir.

Alguien me preguntó en Lima, ¿tú vives de la literatura? Sí, le dije, pero de la mía no (risas).

P. ¿Tus alumnos traen los temas?

R. Algunos traen los temas. Yo prefiero trabajar con pequeños ejercicios. El alumno es como el futbolista que además de entrenar en conjunto tiene que ir a un gimnasio para preparar su cuerpo. El taller es eso, solo un gimnasio.

P. ¿Te ha alcanzado la discusión sobre los talleres, entre quienes dicen que no se puede enseñar a escribir literatura y quienes dicen que las técnicas son comunes a todas las artes?

R. Doctorov, Gardner, Carver, Rulfo, Mario Lebreros, Donoso, Cabrera Infante han sido profesores de talleres al mismo tiempo que escritores.

Mira, Willard, yo creo que los que dicen que no se necesita aprender a escribir literatura parten del hecho de que todos saben redactar. Pero el que sabe redactar no necesariamente es un buen literato. ¿Por qué se acepta que un pintor tenga un maestro que lo guíe y un escritor, no? Porque los pinceles te los tiene que enseñar a manejar alguien, pero como todos redactamos se cree que con eso ya puedes hacer literatura.

Hay gente que cree que los escritores tenemos un don especial para escribir, y hay gente que cree que escribir es tan natural y tan fácil que no lo hacen porque no tienen tiempo, pero cuando tengan un tiempito que tiemble Vargas Llosa porque ya va a ver.

P. ¿Y alguna vez te has encontrado con gente que te da ideas para escribir novelas?

R. Dios mío. Esos que te dicen espera, tengo una idea estupenda para que escribas una novela; o, si te contara mi vida daría para dos de tus novelas.

Todos vivimos experiencias básicas que son las mismas, intercambiables quizás. Pero la cosa está en cómo se escriban.

Nos viene de las películas. Los escritores en las películas se dictan lo que van a escribir, frente a la máquina. Mientras miran por la ventana el mar, se dicen “Era una noche tormentosa…” y van dictando. Tú dices, ¿con quién hablas, tío?

Es una idea romántica de la literatura.

Y mucha gente joven cree que es así.

P. También se debe quizás a la novela autobiográfica que hoy pomposamente se llama autoficcional, a la de narradores escritores o académicos, o la “novela de padres”, que se ha puesto de moda...

R. Me lo preguntaron ahora en Miami, si iba a escribir una novela sobre mi padre. Y yo les dije, mira, el consuegro está muy infravalorado en la literatura, quizá inaugure la literatura del consuegro, mejor. (Risas).

P. ¿A qué atribuyes la aparición de estas modas literarias?

R. Ciertamente, hay modas, y también hay una suerte de concurrencia de temas generacionales.

Por ejemplo, Renato Cisneros que tiene una novela espléndida sobre su padre, no ha leído nunca a Marcos Girald que tiene una novela sobre su padre, y ambos son más o menos de la misma generación. Parece que hay en la sociedad algunas tendencias muy complejas que hace que se toquen ciertos temas.

Hay las dos cosas, la moda y la tendencia.

La más atenta a la moda me parece la novela policíaca, que ya no es novela negra sino rubia, porque está escrita en Escandinavia.

P. En mi experiencia, hay quienes piensan que el cuento es una especie de Jardín de la Infancia de la novela. No sé si tú los has encontrado.

R. Claro que sí. Y no tienen nada que ver. La gente cree que el cuento es una novela con complejo, que no quiere crecer mucho.

Son dos géneros diferentes. Hay escritores que son solo cuentistas, y los hay solo novelistas. No se escribe novela como quien escribe un cuento largo. O al revés, hay quien se dice como es mi primera escribo mejor una novela corta. Cuando se trata de otro género distinto.

Yo escribo novelas, el cuento me parece más difícil. Una novela en trescientas páginas permite ciertas imperfecciones, un cuento no tiene espacio sino para la perfección.

P. ¿Y cuáles te parecen los mejores cuentistas?

R. Los que además reflexionan sobre el género, los que lo cambian un poco. Entre los nuestros, Ribeyro, Edgardo Rivera Martínez; de los clásicos, Chejov, Poe.

P. ¿Hay algún libro que has visto con pena que tiene menos lectores que los crees que debiera tener?

R. Cuando vas a una librería tienes dos opciones: compro este libro o no lo compro. Una vez que lo compras tienes otras dos: lo leo o no lo leo, porque hay muchas ocasiones en las no leemos los libros que compramos. Y una vez que lo lees tienes dos: me gustó, no me gustó. Mientras la primera alternativa es comercial, las otras no; porque puede que un libro se compre mucho y eso no significa que se lea mucho, y menos que porque lo compraron gusta mucho.

Hay escritores buenísimos que merecen ser más leídos, como Juan Gabriel Vásquez, Luis G. Martin y Fernando Royuelo; hay escritores malísimos que llegan a best sellers, como “50 sombras de Grey”.

Yo le decía a mi editora: “Las reglas del mercado son clarísimas y contundentes, solo que nadie las conoce”. (Risas).

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