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Revista Cultural

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La bailarina pertinaz

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Semblanza de Lucy Abarca

La historia me la contó Tía Crimilda, que es una santa, mientras tomábamos tecito con pan en su casa de Lara. En 1971, Lucy Abarca, su jovencísima amiga, fundó el primer ballet folklórico de Arequipa para luego hacerlo participar en el FESTIDANZA del año siguiente. Así, con el fin de contrarrestar el olvido, Lucy presentaría un libro el viernes 10 de junio, donde detallaría el relato de su hazaña. La cita sería en el Paraninfo de la UNSA y la presentación estaría a cargo del incombustible historiador Eusebio Quiroz Paz Soldán.

Ante estas noticias, dejé a un lado mi taza y le pedí a tía Crimilda que me concertara una entrevista con su amiga extraordinaria.

* * *

Cuando cruzo la puerta de la oficina de Arte y Recreación, ubicada en la Biblioteca de Humanidades de la UNSA, adivino de inmediato quién es Lucy Abarca por su postura de cisne. Luego de presentarme y explicarle que vengo de parte de tía Crimilda, la bella señora me recibe con una amabilidad inusitada. Nos sentamos, saco mi cuaderno de apuntes y enciendo la grabadora del celular. Ella responde con calma budista mis atropelladas preguntas de reportero improvisado. Anoto todo lo que puedo, me contagio con la pasión de su relato y comprendo de inmediato que esta historia merece más que una entrevista. Solo nos interrumpe César Vásquez, locutor de radio, quien tiene la voz tan imperiosa como el padre de Superman.

Antes de marcharme, le pido a Lucy un ejemplar de su libro, pero todavía la imprenta no ha entregado los volúmenes. Así es como, de la forma más desprendida y confiada, me entrega su único borrador para que lo lea el fin de semana. No puedo creerlo. En lugar de quedármelo, salgo pitando de la universidad y le saco una copia.

Tengo planeado leerlo, de pies a cabeza, para escribir esta crónica.

 

* * *

El libro de Lucy Abarca, «De un sueño… a la realidad. Ballet Folklórico de la UNSA», cuenta que, cuando era niña, empezó a bailar espontáneamente mientras escuchaba Radio Universidad, «imitando los movimientos de los danzarines que veía en la televisión en el programa dominical de danza clásica». A pesar que su debut, cuando apenas estaba en tercero de primaria, fue contrariado (se extravió el disco con la música y le faltaban las pantis), como en el resto de su vida, supo arreglárselas a punta de redaños para brillar como una estrella.

Lucy sospecha que fue su madre quien le inoculó el germen artístico: «Siempre he pensado que es de ella», dice, «de quién heredé su energía, el gusto por la danza y el arte en general». Pero no solo eso, también fue su madre quien alentó su pasión al inscribirla en la academia de danza clásica de Helen Barton, ubicada en los altos de la Biblioteca Municipal, y al comprarle las zapatillas y las mallas para bailar.

Cuando acabó el colegio, por imitar a una amiga, ingresó a la UNSA para estudiar una carrera extraña a su vocación: enfermería. Pero al mismo tiempo, influida por la música de aquella época (por ejemplo, los Beatles), con dos de sus hermanas y algunas vecinas formó el grupo de danza moderna Apolo Five, cuyo nombre hacía referencia al programa gringo de lanzamientos de cohetes a la luna y al espacio sideral. También se inscribió en el taller de teatro del profesor José Valdez, con quien conoció el arte escénico y la camaradería de los ensayos.

Entonces el destino hizo su trabajo. En agosto de 1971 se inauguró el Festival Internacional de Danzas Folklóricas de Arequipa (FESTIDANZA). El papá de Lucy, policía municipal, al tanto de los gustos de su hija, la invitó a una de las funciones. El coliseo Arequipa estaba abarrotado. De pronto, aparecieron en escena los representantes de Argentina, ofreciendo el baile «Las boleadoras», donde los danzarines, ataviados como guachos, mostraron un ímpetu y una coordinación sobrenaturales. «En ese momento me sentí transportada a otra dimensión», cuenta Lucy, «un vacío se creó en mí».

«¿Arequipa tiene danzas folklóricas», se preguntaba luego del espectáculo, «Y si existen danzas folklóricas de Arequipa, ¿por qué no existe un grupo que interprete bailes de nuestra tierra?». Las interrogantes la asechaban. Días después, su curiosidad tumultuosa la llevó al Departamento de Proyección Social de la UNSA, donde el doctor Zuzunaga, atento al entusiasmo que desbordaba Lucy, luego de escuchar sus ideas, le encomendó la creación del ballet folklórico universitario y, sin más dilación, la nombró directora ad honorem del mismo.

Así arranca el libro. Pero lo que viene luego es mucho mejor todavía. Porque, además de exponer el trabajo de hormiga y la ardua investigación que implica montar una coreografía folklórica, Lucy relata, al estilo de las novelas de caballería, cómo personajes de todos los ámbitos (las artes, la universidad, la municipalidad, el ejército y hasta un orfelinato), ponen el hombro, sin esperar nada a cambio, para conseguir que sus danzarines lleguen a FESTIDANZA y, después, a otras partes del mundo.

Por sus páginas desfilan, entre muchos otros, el pintor Carlos de la Riba, los hijos del músico Benigno Ballón Farfán, el profesor Pedro Luis Gonzales, el alcalde José Luis Velarde, la picantera Palomino, el músico Grimaldo Alfaro (Alfarito) y, por supuesto, decenas de bailarines. Mezclados, como en una caravana alborotada, con el Montonero, el Huitite, la Pampeña y el imprescindible Carnaval arequipeño.

* * *

Viernes 10 de junio. El paraninfo de la UNSA está repleto. Toda clase de personas se han dado cita a la presentación del libro de Lucy Abarca, desde el rector Roel Sánchez hasta un hombre que carga bolsas negras de basura y usa zapatos con plataforma. He llegado tarde, pero de todas formas consigo escuchar el final de la presentación de Eusebio Quiroz Paz Soldán.

A continuación, la autora pide aplausos para los personajes de su libro que en ese preciso momento se encuentran en el salón. Uno por uno se van poniendo de pie para recibir los vítores del público, como en la presentación de un equipo de fútbol. Pareciera que «De un sueño… a la realidad» no hubiera sido escrito solo por Lucy Abarca, sino por toda una comunidad. Y de hecho es así. Sin la colaboración de todas estas personas, la infatigable labor de la bailarina no hubiera rendido frutos.

Al terminar esta sección, los miembros de las antiguas promociones del Ballet Folklórico de la UNSA suben al escenario y bailan el Montonero arequipeño. Los asistentes, entusiasmados como niños, se ponen de pie para aplaudir y ovacionar. Desde donde me encuentro puedo ver a Alfarito, uno de los personajes más entrañables del texto. Recuerdo el pasaje donde este personaje y su esposa, oriundos de Yanque, bailan el Huitite para que Lucy pueda aprender los pasos. «Es la danza que nos permite amar», dijeron entonces a la bailarina pertinaz. Y ahora, entre los movimientos gráciles del ballet y la algarabía de la gente, estas palabras cobran un sentido fundamental.

 

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