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Revista Cultural

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El cuento arequipeño

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Una propuesta de periodificación

En este artículo se tratará de periodizar la evolución del cuento arequipeño según la mejor muestra antológica del mismo, el tomo 10 de la Biblioteca Juvenil Arequipa, titulado “Cuentos arequipeños”.

En el Perú, el siglo XX se abre con el Modernismo literario, que tiene en José Santos Chocano a su más alto exponente lírico y en Ventura García Calderón a su mejor narrador. Este último, aunque de estirpe arequipeña, no ha sido incluido en la antología de la Biblioteca Juvenil Arequipa. Sin embargo, sí hay en ella una clara y estupenda muestra de prosa modernista, el cuento “El rapto de Miz-Miz”, escrito por Juan Manuel Polar (1868-1936), gran maestro y animador del afamado grupo de escritores y personalidades arequipeñas llamado La Pacpaquería.

“El rapto de Miz-Miz” es una historia con visos de lance amoroso caballeresco, aunque el giro también tiene de romántico por la presencia del noble antihéroe Zapirón, un Don Juan gatuno que a diferencia de los protagonistas románticos no termina muerto sufriendo por amor, como Werther, o muerto y salvado del infierno gracias al amor puro de la sacrificada Inés, como el Tenorio. Zapirón, en cambio, se sale con la suya y rapta a la hermosa doncella Miz-Miz.

En este cuento Juan Manuel Polar supera el pasatismo romántico, sobre todo, por el cuidado y la cadencia de su prosa y por el exotismo que le imprime a su narración. Sin embargo, en otro relato suyo recopilado en Cuentos arequipeños parece ceder al gusto romántico aunque esta vez con atisbos realistas. “Un oficial de herrería” es la historia de Luis, veinteañero huérfano que cuida de sus dos hermanos menores tras el fallecimiento de sus padres. Cuando uno podría esperar el ingreso de un personaje de clase popular al estilo de Julien Sorel, hijo de zapateros, cuya psicología lo empuja al deseo insatisfecho de escalar socialmente, halla más bien a un Luis semejante a Marius, el joven héroe de “Los Miserables”. Luis, igual que el personaje de Víctor Hugo, va a la revolución y en ella termina herido de muerte, pero le falta un último acto de heroicidad y sentimentalismo. Malherido, recuerda a sus hermanos que no han comido y va en su busca llevándoles dos pedazos de carne. Luis muere en su casa luego de haber alimentado a sus hermanos hambrientos.

Pero si la literatura arequipeña de inicios del siglo XX aún no logra desprenderse del Romanticismo y el Realismo, tampoco ha de sorprender que muestre gustos costumbristas. Un caso ejemplar de esto se puede ver en el relato “Misiá Pituca”, de Francisco Gómez de la Torre (1865-1938), quien fuera rector de la Universidad Nacional de San Agustín.

El personaje que construye Gómez de la Torre es la típica celestina intrigante, chismosa y metiche. Su mejor par en Perú sería la Ña Catita de Ascencio Segura. El autor aprovecha este personaje para criticar a las beatas chismosas y anticuadas.

Con el cuento “El fantasma del callejón” de Enrique Portugal (1912-1960) vemos la presencia del Realismo en su vertiente más clara. La solución racional que da al final del relato es un ejemplo de cómo el objetivismo debe vencer a la visión mágica-religiosa de la época. Esta historia, al igual que “Una noche de espanto” de Antón Chéjov, empieza como toda historia de miedo de brujas y aparecidos; y al igual que el cuento del maestro ruso se resuelve de una manera racional y hasta jocosa.

Un cuento con rasgos románticos es “La muerte de Sarrasqueta”, de Julio C. Vizcarra (1889-?), aunque puede alegarse que la solución es racional, no es tal dado que no se pretende nunca explicar el extraño mal que padeció el protagonista para ser considerado muerto.

Olivares del Huerto y Juan Manuel Cuadros, con sus cuentos “El brujo” y “El Rudecindo y la Tomasa”, respectivamente, muestran a mediados del siglo XX la influencia del indigenismo en la literatura arequipeña. Como varios críticos reconocen, el Indigenismo es también una especie de Regionalismo, más aún en su primera etapa en Perú, representada por los relatos de Enrique López Albújar y las novelas de Ciro Alegría. No obstante, en “El brujo” se nota un gusto macabro que lo emparenta con lo romántico de Edgar Allan Poe.

A la narrativa regional, al estilo Juan Rulfo, aunque sin acercarse a la tremenda calidad del maestro mexicano, se adscriben también los cuentos de Juan Alberto Osorio, “El hijo mayor”; de Edmundo Motta Zamalloa, “La sombra del gallo”; de Mario Castro Arenas, “El cajón”; y de Miguel Barreda, “Memorias de la tripa”. Este último podría ser considerado también dentro del Nuevo Realismo.

Otro cuento que no abandona el gusto macabro es “Tic-tac”, de Gastón Aguirre Morales. Sin embargo, es un relato de impecable corte realista y de una prosa portentosa. Sería también fácilmente incluido entre los posmodernistas, al lado de Abraham Valdelomar, pues supera el Modernismo rubendariano y arielista y se acerca más a un simbolismo y malevolismo al estilo de Clemente Palma. Gastón Aguirre Morales representa la más alta calidad narrativa de mitad de siglo. Él y Juan Manuel Polar, con “El rapto de Miz-Miz”, llevaron, sin duda, el lenguaje narrativo al nivel más elevado entre los cuentistas arequipeños. Cabe señalar que aquel gusto sombrío persiste incluso en ejemplos más recientes como los relatos “El martillo”, de Willard Díaz; “La masacre de Arequipa”, de Oswaldo Chanove; y “Arqueología”, de Goyo Torres.

Sobre Alberto Hidalgo recae el privilegio de ser el introductor de la vanguardia poética en el Perú con su libro “Arenga lírica al emperador de Alemania” (1916), y es también el primer peruano que usa la prosa vanguardista en 1927 en su libro “Los sapos y otras personas”, un año antes de la aparición de la novela del precoz Martín Adán, “La casa de cartón”, considerada por muchos primer ejemplo de la narrativa de Vanguardia en el Perú. Esta vertiente es muy poco desarrollada a pesar de su temprana aparición. Habrá que esperar hasta la década del sesenta para que las técnicas narrativas novedosas hagan su ingreso en la literatura peruana, sobre todo con Mario Vargas Llosa.

El Realismo urbano o urbanismo puede ser ejemplificado en la literatura arequipeña con los cuentos de Raúl Figueroa, “La pensión escolar” y “Los chacales”; de Edmundo de los Ríos, “Las cosas que se dicen en cualquier parte” y “Los halcones rojos”; de César Vega Herrera, “¿Acaso somos choros?”, y de Willard Díaz, “Taxi”, “La cita”, “El olor de la losa mojada” y “Mónica”. Todos ellos autores que pueden ser agrupados en una misma generación, si se atiende al concepto que da José Ortega y Gasset (nacidos en un espacio de diez años). Figueroa, De los Ríos, Vega y Díaz también representan, generacionalmente, uno de los mejores grupos de narradores arequipeños. El nivel de prosa alcanzado por ellos es muy alto y abre nuevas perspectivas técnicas y temáticas en la literatura de Arequipa.

A este grupo también pertenece Juan Alberto Osorio, quien más bien desarrolla relatos de corte neoindigenista. Aunque es un poco exagerado el adjetivo, dado que en sus cuentos se halla representada una “burguesía provinciana mestiza”, si cabe el término. El indio, propiamente, no aparece como protagónico en “El hijo mayor”; encontramos más bien un Regionalismo andino.

Los historiadores de la literatura peruana prefieren no hablar después de 1950 de generaciones, evitando así la ardua tarea de revisión de numerosos autores de quienes aún no los separa la distancia debida para poder entender mejor sus aportes. A los cuentistas restantes que aparecen en la Biblioteca Juvenil Arequipa he preferido por tanto no agruparlos en generaciones y resaltar más bien las características que los aproximan a movimientos o estilos literarios mayores.

Los cuentos escritos por autores nacidos entre 1950 y 1970 muestran en común una preferencia por el tema urbano y la relación de la ciudad de Arequipa con sus provincias y departamentos vecinos, temáticas que se nota también en los cuentos de Willard Díaz, que es generacionalmente anterior. Por ejemplo, el tema del viaje interprovinciano se muestra en los cuentos “Kankachu o sal de la tierra” y “Coleccionista de cruces”, de Teresa Ruiz Rosas; y “Apaga la luz”, de Dino Jurado.

En este grupo destaca la presencia de las provincias costeras de Arequipa, como en “Wantán”, de Fernando Rivera. Y un vacío de las provincias andinas; aunque “Arqueología”, de Torres, se desarrolla en un valle interandino, Sihuas.

En los autores restantes el corte realista impera, al igual que el tema urbano. Los cambios acelerados de la ciudad en la última década no están representados. No hay, ni siquiera entre los más jóvenes, una descripción del nuevo paisaje urbano, como los malls, sus entornos, y los pueblos jóvenes. Sí se puede ver una incursión en el cuento fantástico cercano al estilo del Realismo mágico en los cuentos “Historia de Manuel Masías”, Carlos Herrera; “Un blues en la noche”, de Yuri Vásquez; y “El descanso”, de César Sánchez; además de una preocupación por temas históricos con “Cápac Cocha” de Zoila Vega Salvatierra. Las perspectivas que se abren al cuento arequipeño son, según varios entendidos, de las mejores. Sin embargo, habrá que esperar a que los jóvenes escritores nos ofrezcan una estética importante y novedosa. Cuestión que hasta ahora queda solo como una hermosa promesa.

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