altodelaluna

Revista Cultural

  • Full Screen
  • Wide Screen
  • Narrow Screen
  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size

Nuevos narradores arequipeños

E-mail Imprimir PDF

Una nueva promoción de narradores arequipeños sale a la escena local para renovar laureles de ayer, como pide el himno. No todos son nacidos en Arequipa pero todos viven, trabajan y escriben de momento aquí y reclaman su derecho a formar parte del capital simbólico que se multiplica al pie del volcán.

El cuento arequipeño que en los años 90 tuvo una buena temporada gracias en especial al cuidado del lenguaje literario y al control de sus estructuras narrativas, decayó durante un par de décadas y se llegó a temer lo peor. Pero he aquí que renace el cariño por la pulcritud y la innovación, por la sutileza de la subjetividad y el brillo de la historia. Reunimos a este grupo que viene, menos mal, con fuerza, a empujar el carro de la historia un poco más adelante. Luego los iremos presentando o se presentarán ellos. De momento, invitamos a leer sus textos primigenios.

 


Emilio Bilbao Loayza

“La canción del muerto”

Entre gritos, resoplidos, puje señorita, puje, perlas de sudor formando galaxias en tu frente, vino tu hija al mundo. Lo que tú quieras, no fue como mamá y papá lo esperaron, menos tú, igual la tuviste entre tus brazos, recién salida del horno, te lo digo ahora, qué momento para más emotivo. Verla allí, pegada a la teta, inocente y pura, colorada e hinchada, tu hija le daba y le daba con el pezón, así dijeron los médicos: ‹‹mientras más lacte, más leche tendrás››. Por lo visto tu hija lo tuvo muy en claro y puso su parte con entrega devota, la pobre lactaba y lactaba ajena a todo, se diría que su única intención en este mundo era asegurar su alimento de ese esférico biberón de piel y carne. La amaste, es justo decirlo, te enamoraste de ella, que nadie pues se atreva a hacerle daño, bajo tu sombra protectora y tu celo de madre ella crecería, sería feliz, qué importaba si el pobre diablo de su padre ─que esto de padre es palabra solo referencial─ desapareciera de sus vidas ni bien se enterara de tus tres meses de atraso menstrual. No. Tu hija no necesitaría de tal cobarde, en todo caso, como dicen por allí, no es la primera ni la última de esas desdichadas criaturas que nacen en la mitad de una familia, y se sabe de tantas que, aún bajo tan azarosa circunstancia han logrado grandes éxitos, vidas más plenas. La amaste, es bueno decirlo, te enamoraste de tu hija.

Espero que tenga tus ojos, dijo el abuelo, supongo que se refería a esa mirada tuya cansada y soñadora de párpados levemente caídos y no a los ojos pardos que eran rasgo común en la familia. La abuela rezaba por que heredara tu sonrisa, y todos de acuerdo, ese gesto primoroso y tan particular que curvaba tus labios desplegando solo la hilera superior de tus marmóreos dientes en una actitud tal que no pocas veces te concedió bellos halagos. Es cierto, este detalle solo sería verificable algunos meses más adelante, esperemos pues con paciencia que al menos la pobre eche sus primeros dientes. En fin, esto es axiomático, ese tu rostro símil de cenicienta y tus cabellos negros y lacios, estarían allí y ojalá, lo repito, ojalá que de su progenitor no herede nada, que de individuos así es mejor que la selección de las especies se encargue.

Y llegó el momento de partir a casa, no creerás que la clínica te va a tener allí hasta que tu nena tenga edad escolar. ¿Y ahora?, tus padres propusieron que te acondicionaras en tu misma habitación de soltera, ya con el tiempo puedes pasar a otro ambiente, añadieron. Pero no, ese cuarto era demasiado pequeño y tú no querías eso para tu hija. Me iré al piso de arriba, es más grande, decidiste. Pero hija, tú sabes lo que pasó allí, advirtió tu madre. Eso pasó hace tanto mamá, además ya está limpio y recién pintado, argumentaste.

¿Y qué pasó allí? Sería oportuno explicarlo. En ese piso de arriba se suicidó tres años atrás un muchacho muy peculiar, un muchacho enjuto y melancólico de ojos rojos, un muchacho que siempre cantaba una canción de tonada triste, una línea en particular: te voy a contar, que mi cielo es siempre gris. El disparo se oyó en toda la casa, su canción muda para siempre. Ese piso volvió a ser alquilado algunas veces, tres, pero nadie se quedó allí mucho tiempo, así son los inquilinos, vienen y se van, y ahora era tu turno.

¿No te incomoda que mi nieta viva en un piso donde ha habido un muerto?; mamá, muertos hay en todo lado, y los muertos, muertos están. Pero hija… Mamá, papá, tu voluntad era monolítica, sola me metí en este problema, al menos quiero sentir que ahora hago algo de mi vida y que puedo ser responsable por ella, a tu hija te referías, así te expresaste, así los convenciste, a regañadientes, y así te ayudaron a instalarte en ese piso. Muy cierto que muchos de los muebles y utensilios necesarios para recibir a la nena los compraron familiares y amigos cercanos; no hay que sentirse mal por ello, una mano bien dada supongo que siempre es una mano bien recibida, y tú lo entendiste así, tu promesa fue retribuir con tu trabajo todo ese apoyo sincero e incondicional que todos te supieron dar en el momento oportuno.

Y comenzó tu vida con Michelle Sofía. Tal como afirmaste, los muertos pues muertos están, que se haya destapado los sesos un muchacho allí no alteró, como es lógico, tu vida, menos la de tu hija, aquí no nos vengan con cuentos de fantasmas ni aparecidos que para crédulos e ingenuos son tales historias. Con cíclica recurrencia tu madre subía de sus elegantes ambientes del primer y segundo piso, a tus sobrios y modestos espacios del tercer piso. Pero no siempre se podía mantener estas fronteras que quisiste delimitar, no tenías una cocina y para toda ocasión en que necesitaras de ella pues tenías que bajar al feudo del piso inferior, siempre y cuando hubiera quien se quedara con la beba. Que no se te juzgue este leve conato de paranoia, es necesario ser padre o madre primeriza para entender tu singular proceder. No se dirá sin pecar de falaz que alguna vez dejaste siquiera un solo segundo a tu bebé sola en su habitación sin más cuidado que la rejilla de la cuna.

Pero este trajinar, aparte de ser estresante, era agotador, hay que ver lo que cansa cuidar a un neonato cuando le da el cólico de gases o se le escalda el potito, o tan solo el hecho del eterno aguaitar un llanto o queja por mínima que sea. Haré bien en decir que asumías con hidalguía esa responsabilidad, hasta que te enteraste de cómo la tecnología podía aliviar tus males: el radio transmisor inalámbrico o baby talk, si es que a nadie le molesta el anglicismo.

Este eficaz y oportuno aparato no era nada más que un micrófono con innecesaria forma de payaso por un lado, y un parlante, con otra más innecesaria forma de otro payaso, por el otro extremo. Se le dejaba encendido al lado de la nena mientras dormía plácidamente y tú podías moverte con libertad en tu reino sin temor de no escucharla, total, para eso llevabas el parlante colgado a la cintura. Bendita ciencia que nos traes bienestar, qué puede salir mal si todo se usa con corrección y cautela.

Te compraron el aparato, sin ceremonia de ningún tipo, lo probaste en casa, tú en el piso de arriba, mamá en el de abajo, ¿me escuchas?, si es así da golpes con la escoba en el techo, pum, pum, el transmisor funcionaba, bienvenida pues libertad, no en paquete completo pero sí un respetable avance.

Por buen tiempo aprovechaste al máximo permisible tal adminículo, al menor sonido, el menor gimoteo, estabas allí al lado de tu pequeña princesa.

Y llegó un sábado de esos, la familia tenía un compromiso, papá y mamá irían a un matrimonio, no importa de quién, tu hermano de viaje y ni hablar del padre de tu nena, que de él no se sabe nada, porque no fue él quien se metió el plomazo. En tres palabras, te dejaron sola, ¿podrás aguantar un par de horas?, tus padres prometieron volver pronto; sí, no se preocupen, vayan tranquilos. Y se fueron, tras el sonido del cerrojo solo te quedó el silencio de una casa de tres pisos y un recuerdo de un incidente que sucediera allí en la tercera planta hace tanto tiempo. Vaya tontera aquella, pero esta vez te recorrió el espinazo un escalofrío cuando entraste al cuarto de tu niña. Decidiste que un buen mate caliente alejaría cualquier idea maligna de esas que aparecen siempre de noche bajo el beneplácito de la soledad y la complicidad del silencio. Prendiste el payaso micrófono y presurosa bajaste a la cocina, allí estaba el otro parlante, sería ésta la primera vez que tu bebé quedaría bajo el cuidado de su propio sueño, qué podría salir mal en seis segundos que te alejarías de ella.

Y entraste a la cocina, casi a trompicones. Te acercaste al payaso, que no haya despertado mi hija, que no haya despertado. Prendiste el equipo, solo han sido seis segundos, te calmaste. Le diste todo el volumen, ni una mosca quedaría impune con su vuelo. Pegaste la oreja al aparato esperando escuchar solo el mullido silencio. Pero lo que salió de la boca del payaso fue una voz estentórea, como si una piedra pudiera hablar, como si un viejo nosferatu entonara una canción, y reconociste el estribillo: “te voy a contar / que mi cielo es siempre gris”.

 


“Bellanice ya sabe bailar”

Hola, mi amor; hola, papi. Bellanice ya ha subido al auto. Su padre, no sin antes girar para ver si viene un vehículo descuidado –papi no confía mucho en el retrovisor– avanza sin gran apuro. Cómo te fue, le pregunta con cariño. Bellanice, quien ha reclinado el respaldar del asiento, responde algo cansada: Uf, papi, todo iba bien pero Fabián se descontroló un poco. Quiso tocarte, papi pregunta sigiloso. Tuvieron que ponerse fuertes con él, casi malogra el show. Papito se calma, una leve sonrisa le curva el labio, se siente orgulloso de su hija. La adora.

Me llevas a comer pizza, le pregunta mimosa a su papi, Bellanice sabe muy bien serlo, es un atributo natural, delicioso como casi todos los otros atributos naturales que se han distribuido con arte y mucha gracia en su cuerpo de dieciocho veranos. Otra vez pizza, recrimina su padre, la semana pasada comiste una, vas a perder la línea, princesa, argumenta. Vamos no seas malo, le contraataca con ternuras la princesa, que mientras les bailaba hoy no podía dejar de pensar en una pizza grande con jamón, chorizo, aceitunas, y su carita de diosa hace muecas que fingen muy bien el sabroso paladeo de un voluptuoso mordisco de pizza. Papi está dubitativo. Pero en la semana te quiero a full ejercicio, le condiciona. Podemos salir a correr, propone ella. Papi sonríe, acaba de perder frente a Bellanice, su hija adorada.

Me he dado cuenta, comenta Bellanice, mientras una buena media luna de pizza deleita su boca, que me molesta la gente cuando no es creativa. A qué te refieres, le pregunta acucioso su padre que no ha dejado de observarla casi durante toda la cena. Marcelo y casi todos esperaban que bailara la misma canción que todos conocen. La de Joe Cocker, completa con fatiga su padre. Exacto, concuerda su hija, luego prosigue: Si es mi primera vez, me dije, le dice, tiene que ser todo especial incluso la canción. Bien pensado, celebra con orgullo su padre. Así que recordé una que me pareció, y de hecho lo fue, muy propicia. Cuál, y la curiosidad se vuelve deliciosa. Y ella le canta, entornando la mirada, seductora como ninguna: abre tus labios, deprisa, despacio; y susurra la última palabra: despacio, despacio. Papi sonríe complacido, reconoce la canción, y cómo no va a hacerlo si se la enseñó desde pequeña. Dolores Delirio, pronuncia. En efecto, Dolores Delirio. Qué pasó luego, pregunta su padre, él cree que es mejor que ella deshilvane la madeja. Y ella así lo hace. Ya sabes cómo es la canción, pues, y otro bocado entra en deglución; primero me puse nerviosa, tenía claro cómo empezar pero empecé a dudar de cómo continuar y un poco que perdí los pasos, al menos eso sentí yo, aunque Sandro me dijo, le dice, que todo estuvo muy bien, y ambos, padre e hija, saben a qué se refería Sandro con ese “todo” que estaba muy bien. Papito sonríe.

Su hija, caballero, le dice una enfermera de rostro sombrío. Papito toma entre sus brazos a su bebita, ni una hora de nacida, es lo único que queda de su familia. Su madre, de la niña, su esposa, de él, ha fallecido una hora atrás. Vida por vida parece que planteó el destino, ningún dios movió un dedo para evitarlo, y mientras Bellanice salía al mundo llena de futuro, Marcela, su esposa, dejaba el mismo mundo para irse al pasado. Papito llora. La enfermera no sabe si por su hija dormida entre sus brazos o por su esposa dormida para siempre, opta por alejarse unos pasos. La pequeña se retuerce un poco, su padre es primerizo y tal vez no sabe bien cómo sostenerla. La ama, la amará, también es Marcela a la que sostiene entre esas mantas amarillitas. Papito sigue llorando

Bellanice bebe su refresco y para ello se vale del sorbete, es un hábito que aún persiste desde que era bebita y que nadie ha querido quitárselo, menos su padre, él adora ver cómo los labios de su hija envuelven con ternura la boquilla de la caña como si quisiera pronunciar una pe, como si quisiera soplar con suma delicadeza, así lo hace desde niña, así lo hará hasta que el Sol se trague a la Luna, así la adora su padre. Se quedaron boquiabiertos papá, continúa y sonríe maliciosa, tan hermosa, su cabello cae con seguridad sobre sus hombros; ninguno podía dejar de mirarme, vieras sus caras, le dice, vieras sus pantalones, y se ríe; todos callados, y los imita con sobria parodia, su padre ya puede imaginárselos, no es necesario que ella reproduzca los gestos pero disfruta tanto verla feliz mientras ella cuenta su experiencia. Esta extraña experiencia. Avanzábamos bien, continúa, de pronto se ha recostado contra el respaldar de su asiento, como si la gravedad se hubiera duplicado solo en su sitio; hasta que pasó lo que pasó con Fabián, culmina. Silencio.

Me puedes subir a este, pregunta Bellanice a papito. Claro, hija, yo te ayudo, y papito carga a su engreída hasta acomodarla con ternura y delicadeza en el asiento del columpio, ella solo tiene cuatro años y aún no llega por su propia fuerza a subirse en estos juegos de parque. Me empujas, pero despacio, le vuelve a pedir. Claro, mi amor, responde papito, agárrate bien. Y le da tres impulsos. Al cuarto ella cae de pancita al suelo, descuido del padre, descuido de ella, o del ángel de la guarda, ella ha caído y el columpio le ha dado sin clemencia un golpe adicional en su cabecita. Su padre en dos centésimas de segundo toma el control de la situación y levanta a su pequeña Bellanice para consolarla; vaya que la pobre llora como si hubiera perdido un dedo o fracturado un brazo, y no es que chille con estridencia sino que se ahoga en un llanto sordo, mudo, convulsivo, ella no está acostumbrada a ningún maltrato menos de columpios irreverentes y malintencionados como este. Su padre la abraza y la consuela, cálmate hijita, ya pasó, ya pasó.

Tal vez no lo hizo con mala intención, se muestra reflexiva, pero igual se acercó demasiado y eso que todos estuvieron de acuerdo en que nadie me acosaría durante el baile, ni Marcelo que era su santo. Bellanice ha dejado a medio comer su tajada de grasas y calorías, y calla por unos segundos. Te sientes bien, le pregunta papito, se pone tan mal cuando la ve meditabunda o sin el sabor de su alegría natural. Siento pena por Fabián; sé que no podrá mirarme igual desde ahora; debe estar avergonzado. De pronto su carita de princesa se ilumina con una repentina claridad primaveral y con nuevo énfasis –es lo que esperaba su padre– retoma su narración. Bueno, por un momento pensé en cancelar el baile. Sorbo de refresco. Julio, continúa, siempre amable, me había cubierto con su casaca; el Padrillo ya lo había sentado a Fabián y le gritaba que se calmara; la canción no sé quién la había detenido; todos estaban confundidos y no tenían ni idea de cómo salir del mal momento, parecía que ya se había ido todo al tacho, así que me animé y tomé el control. Control, dijo. Control. En el pecho de su papito crece, se inflama el orgullo por su hija: control. Le devolví la casaca a Julito, hice que se sentaran de nuevo, puse la canción y prácticamente les regalé la segunda danza, porque solo iba a ser una, ese era el trato, tú sabes, le dice, pero en fin… les regalé una segunda rueda y creo que más atrevida que la primera porque ya me había quitado pues todo. Sorbe algo más de su refresco. Mientras habla, dos chicos pasan por su lado y uno de ellos la mira con sufrimiento. Bellanice ni enterada. Papito advierte esa mirada de desesperanza en el muchacho. Si hubieras estado en la fiesta, chico, piensa. Álvaro no quiso ir, dice su hija. Papá sabe muy bien el motivo: le gusta su hija, seguro es celoso, muy posesivo. Se ha peleado con todos y no quiere hablarles, gime la niña. Papito advierte desazón en sus palabras. Tampoco quiere hablarme. Y ahora nota melancolía en ella. Le explicaste tus motivos, pregunta su padre solo para mantener concatenada la conversación, sabe de sobra que ella ha manejado la situación mejor que él, mejor que todos. Bellanice afirma pero igual Álvaro le lloró, igual la amenazó, igual volvió a llorarle, que no lo hagas, que tú no eres así, fue uno contra doce, no hubo argumento lo suficientemente ancho para calmarlo: que solo es un baile, mira que es Bellanice, nuestra amiga, que nadie va a propasarse, que solo es por el cumple de Marcelo. Pobre Álvaro, papá, no ha podido manejarlo pero se le pasará, espero, me cae muy bien, es un buen chico. La mano de su padre, con mucha delicadeza, le recoge un mechón de cabello caído y lo acomoda tras la orejita de su hija. Silencio. Ella, reflexiva; él, admirado. No queda otra que partir. Papito ha pedido la cuenta, se regocija de saber que su bella hija solo comió dos tajadas de las ocho que fraccionan la pizza.

Después de pagar, ambos salen calmosos y plenos. Papito le recibe un bolso de mano a su hija, en él van unos zapatos de tacos altos muy finos, una minifalda bastante pequeña y un top de esos que se sostienen con un nudo en la espalda y que a costa de gran esfuerzo logran cubrir los senos de una mujer. No habrás recibido dinero, verdad, se detiene y le pregunta inquieto. Su hija se sostiene de su brazo, claro que no papá, ese era el trato, solo una danza por su santo; se sonríe y tras unos pasos le recuerda su promesa de salir a correr la semana que viene.

Una vez afuera, antes de subir al auto, papito le dice: Mañana a medio día vamos a llevar flores a la tumba de tu madre, no te olvides. No me he olvidado papá, le responde Bellanice y ambos suben al auto. Van a casa.

 

José Bautista

“Los perros”

Desde la carretera, empapado de sudor, vi que estaba apareando unos perros con la ayuda de un banquito. El macho, chiquito —encima del banco—, un perro de muchas razas y de ninguna; la hembra solemne, limpia, de raza. Cuando estuve cerca, y después de decir “Buenas”, el hombre —delgado y sucio— me explicó:

—Estos perros feos dan pena, pero se merecen aunque sea una tiradita en su vida, ¿sí o no, socio?

—Claro

Después, viendo los intentos por parte del perro garrapatoso de alcanzar las ancas de la hembra, cansado, con la lengua fuera, me acordé por qué vine:

— ¿Aquí es el trabajo?

—Sí, socio.

— ¿Dónde  está el dueño?

Me puse a mirar a todo lo largo del corral y de la chacra que se extendía con alfalfa y papas. Leo, acomodándole el banco al perro, rió con dos carcajadas cortas y  me miró:

—Se fue de viaje.

Como no tenía a donde ir, como el día estaba en pleno sol y sin viento, me entraron unas ganas tristes de quedarme. Leo no tuvo inconveniente y después de que el perro disfrutó bien de la hembra, me llevó a la casa. Entramos en la cocina y apenas me fijé bien en lo que pasaba allí, cuando mis ojos se acostumbraron a la débil luz, dije:

— ¡Qué mierda!

—Es mi cocina, socio.

¿Me tomaba el pelo?  Había ollas, platos: era una cocina;  pero también había perros en la mesa, otros tenían las cabezas dentro de las ollas. Las bolsas que contenían comida, desperdicios, estaban rotas y despanzurradas por el suelo. Los perros, de diferentes tamaños y colores, estaban de lo más tranquilos y si nuestra presencia les incomodó no lo demostraron.  Al volver a Leo para preguntarle lo vi apacible y hasta feliz:

— ¿Aquí duermen los perros?

—No socio, los encerré para que no molestaran al perro feo —después se sonó la nariz y dijo—: todos lo odian.

Le pregunté cómo se llamaban los perros, y los nombres,  ridículos algunos, ingeniosos otros, todos precisos, me hicieron sonreír, olvidar, pensar en Leo como en un payaso de profesión. Había uno negro y delgado al que se le notaban las costillas que se llamaba Coca Cola, otro —que se había comido a su hermano cuando era pequeño— le infligieron el nombre de Caín; Otro, sin ojo, Pirata; uno que hacia la guerra a todos: Terrorista…

Solo le bastó ese día para explicarme lo que había que hacer.  Sin embargo solo una semana después supe que él era el dueño y que vivía solo.

Apenas me instalé, preparó todo para un viaje.  Alistó su maleta. Puso camisas, toallas,  zapatos, y compró pan. Se iba a ver a su madre, decía; en el tiempo que no estuvo conocí mejor a los perros y a su regreso  me enteré que en realidad había ido a una peregrinación para pedirle a la Virgen que le diera una familia. Mientras se descargaba de los regalos le dije todo lo que había pasado en su ausencia, y solo reaccionó cuando le mencione que una perra había parido media docena de cachorros gordos y lanudos. Qué bien, comentó. A la  semana ya andaban por la casa marchando como patos, mezclándose con los otros perros.

—Por qué tienes tantos perros —tuve que decirle.

—Me cuidan la casa —me contestó —. Antes, cuando no tenía perros, me robaban tres veces por semana. Las gallinas, los conejos. Una vez se llevaron mi almuerzo, olla  y todo.

Era cierto, por todos los flancos de la casa, los perros ladraban toda la noche. En las mañanas era diferente. Entre las pausas del trabajo los perros de Leo trataban de conocerme mejor y yo a ellos. En total, los conté un día, había nueve hembras y tres machos. Apenas vi a Leo salir del maizal con la Partidaria detrás, le pregunté con desconfianza:

— ¿Y por qué tantas perras?

—Las perras son más bravas

Seguí mirando un buen rato a ambos.

—No seas pendejo, socio —dijo—. Cuando paren las perras, los cachorros los regalo a las amistades.

Para mí mismo profeticé entonces que dentro de unos meses tendríamos en la casa cerca de treinta perros que no encontrarían un lugar para estarse tranquilos y mucho menos comida; no obstante Leo decía que lo que menos le faltaba era la comida. Y era cierto porque cuando cocinaba preparaba en grandes ollas, que su madre le había dejado al morir, diferentes guisos y sopas, que nos dejaban exhaustos, más que el trabajo. De todas formas yo predije una invasión de perros que destruirían la casa en un par de días, y nos dejarían sin comer cada vez que pudieran.

Así que un mes después empecé a matar a escondías a los perros que iban naciendo, los ahogaba en una tina con agua mientras su vida se diluía en burbujas. Los enterraba a todos en un solo hueco y cuando Leo me comentaba que no veía a tal perrito yo me limitaba a decirle:

—Ya se  lo llevó el Águila, socio.

Lo raro fue que dentro del plazo que preví, la cantidad de perros que yo había anunciado se hizo, a pesar de todo, realidad. Andaban de un lado para otro, tamborileando sus patas al ritmo de sus ladridos inofensivos. Andaban por allí, con sus nuevos nombres: Alfalfa, Colgate, Doña Bárbara, Napoleón, La Partidaria Segunda, y otros tantos. Supuse que había la misma cantidad de perros porque, también a escondidas, Leo traía perros de la calle cuando iba al centro en la camioneta. Así teníamos perros cojos, sarnosos, ciegos, sin orejas, tontos, enfermos, una buena colección —si vieran. Desde entonces me despertaba con el pie izquierdo y un día tuve que decirle:

—Deberías botar a esos perros.

— ¿Por qué?

—Porque tenemos la casa llena de pulgas.

—Espera que llegue el verano.

—También han destrozado mi ropa.

—Yo te la pago.

—¡Vete a la mierda! —grité entonces.

Por suerte no se molestó. Durante los días siguientes él mismo ya no pudo aguantarse su falta de carácter porque los perros empezaron a no dejar ningún sitio limpio con sus excrementos; el olor de sus meadas se evaporaba formado un  vaho denso apenas salía el sol, y andábamos medio tontos hasta que se hacía de tarde. Lo peor de todo fue que un día entraron por la ventana al cuarto de Leo y destrozaron todo, incluso esa Virgen en miniatura que tenía en un estante a la cual pedía la familia que tanto anhelaba con una vela de por medio.

—Tienes razón, socio, ya hay muchos perros —me dijo por la noche— ¿Qué le hacemos?

—Te puedes hacer un estofado —dije.

—No socio, habla en serio.

—Bueno, entonces habrá que botarlos a palos

A la mañana siguiente cada uno cogió un palo y empezamos a espantar a los perros. Algunos ya no volvían pero a otros los encontrábamos durmiendo en nuestras camas, escondidos. Todo un día nos demoró espantar a la mayoría de los perros, que se iban detrás de los cerros. Solo nos quedamos con uno que se llamaba El pastor del bien, que había sido bendecido por el padre José Miguel en uno de los viajes de Leo. Todos los demás, es decir unos veintitantos perros, fueron defenestrados a punta de palos.  A los que tenían pocos días de nacidos los llevamos al mercado de la ciudad y los dejamos acurrucados en una caja con un letrero: También soy paisano.

Como en los cerros no había nada, los perros venían por las noches y nos robaban las gallinas, los conejos, y hasta una noche oímos gritar por última vez al gato. El Pastor del bien no se abastecía solo, porque los perros, que se habían vuelto salvajes, terminaron por no respetarlo y lo dejaron medio muerto.

Una de esas noches, cuando trataba de dormir a pesar de los gruñidos, sentí que uno de mis pies que estaba fuera de la frazada lo recorría una descarga eléctrica. Me levanté gritando y encendí la luz: mi pie estaba sangrando y vi salir por la puerta un rabo bien erguido. Maldije a todo el mundo: a la madre de Leo, a su padre, a su cochina familia y con el pie sangrando alisté mi maleta y guardé mis pertenencias. Me fui, guarecido por la noche y armado de un palo

Así salí de la casa de Leo en la oscuridad, y ahora volvía porque no había encontrado suerte en el mundo. Desde lejos vi a Leo. Me miró acercarme hasta cuando estuve cerca.

Vi perros pacíficos a su alrededor.

—Otra vez tienes perros —le dije.

—No tienen a donde ir, socio —suspiró—: como nosotros.

 

 

Percy Prado Salazar

“Un día de huelga”

La débil claridad de la madrugada apenas atraviesa la cortina. Al parecer un mismo ruido nos ha despertado pues encuentro sus ojos mirándome lánguidamente. Los “buenos días” y el beso sonaron justo para no oírse más allá de las sábanas. Desperezándose me aparta y voltea para ver el reloj que hay sobre su mesa de noche. El cobertor se desliza y deja descubierta su espalda hasta muy abajo. “Ahorita se levantan”, susurra sin apuro.

Es la primera vez que dormimos juntos, pero esas cosas no importan en este momento. Desde el pasadizo llega el ruido metálico de una perilla. Luego, alguien camina por ahí. Azorada, con el índice sobre sus labios me pide silencio. Son pasos firmes, con aire marcial. Avanzan decididos hacia nosotros, pero cruzan por el pasillo hasta que se pierden tras el sonido de un picaporte. Bulle un chorro característico. “Mi papá”, susurra. En el momento que descargan la bomba del wáter ella se levanta y va despacito a revisar si anoche pasó el seguro de la puerta. Con esta luz, sus caderas toman el color del pan recién horneado. Regresa sigilosa a la cama. “Se van a las ocho”, me dice. Por sobre su hombro alcanzo a ver el reloj en  la mesita de noche, faltan más de cuarenta minutos. La tomo por la cintura y la acoplo a mi cuerpo, me mira con sorpresa y se muerde los labios.

Ayer cuando salíamos de la ducha nos llevamos un buen susto. El gato por comer los restos de pollo hizo caer el plato que dejamos sobre el televisor. Corrimos hacia su habitación, ella se quedó fuera, yo entré y cerré con seguro, la sentí caminar hasta el otro extremo del pasadizo. Luego no escuché nada más. Me vestí desesperado. Quería salir corriendo, pero me senté en la cama para tratar de tranquilizarme.

Abre, soy yo.

Sonrió al verme.

No hay manera de observar el atardecer desde su cuarto, me hubiese gustado mirarlo, pero ella odia cosas como atardeceres y poemas de Neruda.

En el primer piso han encendido una radio, algunos trastes chocan. De pronto oímos correr el agua de la ducha. Me moví suavemente y me quedé mirando al techo, me abrazó y tendió una pierna sobre las mías. Intentando hacer el menor ruido giré y nos besamos mientras tratábamos de acomodarnos. Con un movimiento calculado se puso sobre mí.

¡Paola! ¡Son siete y media!

El grito llegó desde abajo, seguro desde el borde de las escaleras.

El sonido de unos pasos se acercaba.

Por qué no le respondes, contéstale, pensaba, vamos contesta.

¡Me escuchaste, Paola!

La miraba, mientras ella miraba la puerta.

¡Hoy no tengo clase!, al mismo tiempo que tocaron con dos golpecitos rápidos.

¡Hay huelga!

La perilla se movió varias veces.

¡Cuánto te he dicho que no cierres con llave!

Qué pasa, qué gritos son esos, mujer.

Que dice que no tiene clases.

Déjala dormir. Ella verá. Su problema.

Pero cómo que su problema, siempre…

La voz se fue alejando por el pasadizo y bajó hasta un lugar, la cocina tal vez, donde se hizo indistinguible.

Entretanto, cerraron una puerta en el pasillo. En ese momento me di cuenta de que no nos habíamos movido. Ella se inclinó sobre mi pecho y rodó suavemente a la cama riéndose bajito.

Estuvo cerca.

Su ademán con el índice trataba de callarme pero no controlaba su risa.

Dimos la espalda a la puerta y la abracé desde atrás. No era mucho lo que había avanzado la luz de la mañana.

Sobre su escritorio pude ver los libros de Macroeconomía para el examen que hubiésemos tenido hoy. Ayer, antes que nos avisarán del paro, estaba tan preocupada por ese curso; en cambio yo, fresco. La verdad, me dejó de entusiasmar una profesión de economista. “Siento que soy más para una carrera de la abundancia, que de la escasez”, le dije cuando preguntó por mi descuido.

Supongo que ella también estaba quedándose dormida cuando tocaron nuevamente la puerta.

Paolita, es tu amiga Mónica.

Su cuerpo se tensó y volteó a verme extrañadísima.

Dice que quiere hablar contigo de algo urgente.

Dile que estoy durmiendo, que más tarde la llamo.

Ha insistido, dice que es muy urgente.

Ya... ya voy.

Estás loca, estás loca, le susurraba, pero no pude hacerla entrar en razón. Entendí rápido lo que quiso decirme sin palabras, cogí mi ropa y la mochila y me metí de espaldas bajo la cama raspándome el pecho con el borde de la tarima. Dejó la puerta entreabierta, como para no levantar sospecha, no sé. La sentí caminar por el pasadizo y bajar las gradas. Pude oír claramente la canción de Leo Dan que sonaba en la radio y a alguien cerrando cajones.

Por más que me esforzaba en distinguir su voz no podía encontrarla, cerraba los ojos como si eso ayudara, pero nada. De pronto sentí que empujaron la puerta y unos pasos rápidos venían hacia aquí, como si supieran lo que buscaban. No tuve valentía para abrir los ojos, contuve la respiración, el arañón del pecho me latía con vehemencia, los brazos y la espalda me temblaban por el frío del piso, una gélida gota de sudor me descendió de la frente y se precipitó por la mejilla al suelo provocando un sonido que fácil lo escuchaban desde la calle. Atravesaron el cuarto y luego descorrieron la cortina. Yo tenía los ojos fuertemente cerrados, pero sentí como si me alumbraran con un sol implacable, acusador. Los pasos volvieron a sonar pero se detuvieron a medio camino, sentí que revisaba algo sobre el escritorio. Ya no aguantaba más, necesitaba respirar pero temía que me oyera. Salió con apuro y azotó la puerta. Solté una larga y contenida exhalación.

Por la manera con que dijo sal de ahí, supe que algo andaba mal.

Sin perder tiempo me avisó que la huelga se había suspendido.

Por un instante pensé en el examen. ¿Y ahora?

También se lo dijo a mi mamá. Ahora debo ir con ellos en el carro.

Después me pidió que cuando salieran me descolgara por la ventana y trepara luego la pared por la gruta, que me separaría sitio para resolverlo juntos, que de más llegaba a tiempo. Pero me quedé mirando cómo se vestía apresurada, su pelo ondeaba de la cara al cuello, me recosté sobre la cama, desnudo aún, y crucé las manos debajo de mi cabeza, mientras ella se ponía el jean que le ajustaba bien. Hizo un moño en su pelo y me dio un beso fugaz.

Nos vemos.

Giré para verla salir, sus pasos, sus caderas en realidad, despedían una energía que tensó mi cuerpo, sentí que podía esperarla allí recostado, mientras el sol empezaba a calentar la mañana.

 

 

César Sánchez

“El descanso”

 

– Sigue ahí – dice mi Abuelo.

Y ahí está.  Larga y oscura. Podemos ver su sombra y oír los sonidos que producen sus élitros sobre el piso de piedra del patio

– Sigue ahí, la Maldita

Se ha cumplido el tercer día desde que la Charchasuga  se apoderara de nuestro patio. Pero no le tememos. No.  Sabemos de sus mañas y de los múltiples actos oscuros de los que es capaz, pero no le tememos.

Por lo menos todavía no.

Atisbo desde la mesa  del comedor un lejano resto rojo.  Parece una mancha de sangre solidificada o uno de esos extraños nidos de pájaros indostanos, ésos que viven  en los pantanos durante las temporadas de apareamiento.  Me acerco lo necesario como para poder contemplarlo con detalle sin tener que encontrarme con la presencia de la Charchasuga, que como todas las tardes, hiberna oculta en algún rincón.

Es la imagen de una actriz  que no conozco, en traje de diablo.

La Charchasuga ha vuelto a  destruir el horario del cable, dispersando sus páginas.

-Pura basura –dice mi Abuelo, mientras pasa revista mecánicamente a los canales de la tele.

Mi Abuelo cambia de canal apretando el dedo índice en los botones del control, casi como mandaban mensajes los telegrafistas antiguos.

Mensajes de guerras decimonónicas sangrientas,  con descargas de mosquetes, cargas de caballería y mutilados. Especialmente mutilados.

Ya no tenemos más atún. Pero queda algo de mayonesa.   Nos hemos visto obligados a pasar las tardes  y las noches viendo Cazadores de Mitos mientras roemos galletas con mayonesa.  Yo no me preocupo, pero pienso en mi Abuelo.

El pobre viejo.  Forzado a mirar tras sus gafas gruesas un espectáculo de gestos incomprensibles y extraños, procurando descifrarlo con atención, mientras intenta comer con gusto fingido pitanzas insalubres y desabridas.  Temo por él.

Le puede venir un calambre o algo.


He abandonado mis estudios de historia. Al principio llamaron algunos amigos preguntando porqué ya no pasaba por la facultad.  Incluso llamó Micaela.  Pero sólo les respondí con evasivas, contándoles historias falsas de un oscuro trabajo con el gobierno regional, que me exigía horas de aislamiento ante  escritos antiguos.

Porque no entenderían nunca las verdaderas razones.  Si no comprenden la importancia fundamental de la batalla de Móhacs, ni les interesan aspectos fascinantes de la historia como los yazidis y el culto a Melek Taus, mucho menos comprenderán o siquiera se interesarán por la invasión de mi patio por una Charchasuga gigante y antropófaga.

Aunque estuve tentado de contarle todo a Micaela.  Pero ya no hay caso.

Mi Abuelo ha despertado reconfortado.  El sol de la mañana atraviesa la ventana y llega a su calva,  cubriéndola, dándole el aire de ser un objeto valioso que cubre y custodia  un objeto aún más valioso.

– Hijito – dice, mientras se ciñe un viejo correaje de herramientas, del que pende un martillo aún más antiguo –. Ya estuvo bueno. Vamos a reventar a ese animalejo. Si no es ahora, ¡nunca!

Me río interiormente.  Ahora o nunca. Esperaba algo más elegante de parte de mi Abuelo.  Tanto tiempo como electricista principal del Teatro Municipal y no ha sabido captar la esencia del gesto.

Además, para qué combatir.

¿Existe acaso alguna garantía de que desaparecerá la Charchasuga? ¿No es su desaparición casi tan probable como la nuestra?

Quizá a lo mejor nuestra propia existencia presente, saturada de galletas y mayonesa, no sea más que un efecto de la llegada de ese Animal Gigante.

Quizá  sea una enviada de los Dioses, incluso.

Pero no me alarmo. Que salga mi Abuelo, si eso es lo que gusta.  En lo particular prefiero quedarme postrado en mi esquina, descansando.

 


Yero Chuquicaña

“Corazón”

 

¿Alguna vez te hablé de mi prima Bianca? Hoy llamó para saludar a mi madre y dijo que venía. Recuerdo cuando Bianca era chiquita, una cosita linda que solo sabía llorar. Tenía problemas para pronunciar la L. Decía caballo «banco» en vez de blanco. «Pátano» en vez de plátano. Mis tíos se divertían haciendo que repitiera palabras como «lila», «helado», «libélula», pero cuando Bianca comprendía que lo hacían a propósito armaba su berrinchito, lanzaba cosas, se tiraba al piso. Creo que no soportaba que se burlaran de ella. Siempre fue muy sería.

Cuando yo era niña, mamá me dejaba tres semanas en casa de mi tía Amparo en Tacna. Te va sonar aburrido, pero tal vez aquellos fueron los mejores días de mi infancia. Recuerdo que me gustaba encerrarme en casa y no ir a la playa ni a empujones. Supongo que prefería los lugares cerrados. O nací algo vieja, ya sabes, no tolero las emociones fuertes. Soy la chica cuya máxima aventura fue pagar cinco minutos antes del corte un recibo de Electroluz vencido.

Solo en Tacna me permitía ser divertida con mis dos primas mayores, mis dos primitos y Bianca, la recién nacida. Mi tía es lo que llaman una mamá conejo. Durante tres semanas cada año, por seis años, vi a Bianca pasar de la cuna al corralito, del corralito al andador, del andador a los primeros pasitos, y luego las primeras palabras. Creo que en mis visitas me dediqué más a cuidar a Bianca que a pasar tiempo con mis primas. Durante esos años también ellas cambiaron las barbies por el labial, los pantalones por los shorts y las novelas mexicanas por sus primeros enamoraditos. Recuerdo que conspiraron para que un amigo suyo me diera el primer beso durante el juego de las escondidas. Pero no me dejé. Mi primer beso, ya sabes, demoró.

Cuando Bianca cumplió seis viajó a Ilo con nosotras. Era una clase de intercambio. Mi tía me cuidaba unas semanas —no menos de tres ni más de siete— y a su vuelta mi madre se traía a mis primas para acompañarnos unos días. A diferencia de tía Amparo, mamá tenía poca paciencia para controlar más de dos niños, pero como yo no le causaba problemas y mis primas pedían a gritos salir de Tacna, nuestra casa se convertía en un hogar de mujeres. Mi madre decía que aun si papá no la hubiera dejado, de cualquier forma se habría conformado con solo un hijo.

Yo había cumplido trece y mis primas, quince y dieciséis. Aún vivíamos en la cuadra diez de Enace. El paisaje, aunque accidentado, todavía es mi favorito. Al final de nuestra calle había un vertedero gigante donde arrojaban el desmonte de la pampa, pero hacia abajo teníamos una vista panorámica de la ciudad y el mar. Un malecón de loma que, a diferencia del malecón de mar, nos ponía la ciudad entera bajo los pies. La delantera de mi casa de la noche a la mañana empezó a ser concurrida por los chicos del vecindario. Muchachos que solo había visto y que antes, ni de casualidad, me dijeron algo. Vaya sorpresa. Me quedaba encerrada y jamás me gustó arreglarme ni nada de eso, bueno, no siempre. No hizo falta que fuera por ahí repartiendo mensajitos o intercambiando cartitas, porque mis primas eran muy directas y elegían con quién jugar. Por supuesto, escogían a los chicos más guapos porque ellas eran bonitas. Tan bonitas que a su lado yo parecía un muchachito. Me arreglaban para presentarme a sus amiguitos, pero mientras más veces me escapaba, ellas más piquitos repartían. Prefería estar en casa cuidando a Bianca, leyéndole, enseñándole a dibujar caballos.

Como era costumbre, los lunes bajamos a la feria de Alto Ilo a comprar la canasta. Aquel lunes pasó algo raro. Mis primas se quedaron en la calle o, mejor dicho, amansando al batallón de adolescentes que no las dejaban ir a ningún lado. Mamá, Bianca y yo fuimos a hacer las compras. Esa feria ya no existe, pero recuerdo que cuando estaba era enorme. Se extendía por toda el pasaje principal de Alto Ilo y podías encontrar lo que hiciera falta. Recuerdo la feria como una fantasía, porque podías ver la extensa fila de carpas y toldos brillando con sus lámparas durante la noche y al día siguiente, ya no había nada. Solo cajas de madera y fárfaras de verduras acumuladas en todas partes.

Cuando salimos cargando las bolsas Bianca se encaprichó por algo. Arrastró a mi madre hacia un poste donde una mujer ofrecía anticuchos detrás de una pequeña parrilla. Bianca decía que mi madre había prometido comprarle uno a la salida, y cuando se dio cuenta de que ya nos íbamos, la jaló de la chompa repitiendo hasta el cansancio «tía-tía-tía», mientras la acercaba centímetro a centímetro hacia su objetivo. Recuerdo cómo el humo del carbón nos envolvía en medio del barullo de familias apuradas y cómo mi madre se excusaba diciendo que no le alcanzaba, que iban a volver, que se lo compraría después. Pero Bianca difícilmente iba a echar su brazo a torcer.

En realidad, mi madre había gastado más de lo calculado en su lista y a las justas le alcanzaba para el viaje de regreso. Por mi lado intenté convencer a Bianca de que volveríamos a comprárselo, que la plata estaba en la casa pero, por más argumentos que inventaba, Bianca se empecinaba. Lo que temí pasó. Detonó en llanto y se plantó en mitad de la acera. Marchaba sobre su sitio como un soldadito que había perdido la guerra. Hasta yo me sentí mal. Si hubiera podido comprárselo o hacer algo para conseguirle uno, lo habría hecho. Pero creo que en realidad no quería el bendito anticucho. Mi madre, muda de vergüenza, la subió a la combi como a un pequeño costal que chillaba. Felizmente, cuando la sentó Bianca entró en calma. Supongo que aceptó la derrota, pero permaneció con el ceño fruncido y la bemba hacia fuera durante todo el viaje.

Me senté a su lado e intenté animarla secando las lágrimas que resbalan por sus cachetes colorados. ¿Y sabes qué decía Bianca? Ojalá que la combi se malogre. Lo dijo como unas cinco veces y durante las cinco veces jamás parpadeó ni movió un dedo. Estaba muy concentrada en lo que pedía. Ojalá que la combi se malogre. Y dicho y hecho, se malogró. Se detuvo en medio de la pista. Sabes que para llegar a la pampa hay dos vías, pero la más corta es tan bien la más peligrosa. Ahora van a construir un by pass. La combi se detuvo a mitad de la curva empinada con forma de U que conectaba el puerto con Enace.

De inmediato creí que el carro empezaría a retroceder cuesta abajo. El motor se paró y ni el cobrador o el chofer se lo explicaban y mucho menos podían echarlo a andar otra vez. Me asusté, de verdad me asusté. Pero la combi no se movió, no caímos ni chocamos, pero la combi no se movió más. El cobrador dijo que debido a nuestra posición no era posible que otras combis se detuvieran a recogernos. La solución era una sola, caminar por el filo de la carretera hacia el camino nivelado. Y así empezó nuestra arriesgada peregrinación con canastas y bolsas. Cuando sentíamos que una combi se acercaba por detrás, volteábamos para evitar ser arrolladas. Felizmente los pasajeros llegaron bien y abordaron otros vehículos, pero nosotras no, estábamos a pocas cuadras de la casa. Y si hace falta una ironía, nos quedamos con el dinero del pasaje.

Mamá no habló al respecto, no hubo reproches y menos castigos. Pero nunca pudo explicarse cómo los deseos de Bianca y la casualidad confabularon para unirse en el mismo instante.

Un par de años después, cuando mamá y yo viajamos a casa de tía Amparo por su cumpleaños número cincuenta, pasó algo más. Nos reunimos en la cocina, mi prima Dana freía huevos para el desayuno, Bianca le ayudaba agrietando las cáscaras con un golpecito. Cuando llegó el turno de freír el mío, porque a medida que iban saliendo del sartén los ponían en la mesa, Bianca dijo que el huevo tenía un pollito. Por supuesto, aquello era una broma. Clara y yema resbalaron sobre el aceite caliente y se abrió como cualquier otro huevo, pero al ratito, por más jalado de pelos que suene, todos oímos lo mismo. El piar de un pollito que clama por su mamá. Un pío-pío que no cesaba. Mi tía solo criaba perros. No había de dónde viniera el ruido. Acercamos la oreja al sartén y comprobamos sin creerlo, tan nítido, que el pío-pío venía de allí. Inevitablemente imaginé que dentro de la yema nacía un pico pequeñito que gritaba misericordia mientras el resto de su cuerpo se freía a fuego lento. Era insoportable. Mi prima apagó la hornilla y  arrojó el contenido del sartén al plato de los perros. Después ya nadie quiso comer huevo frito durante largo tiempo.

Mis primos llegaron a la conclusión de que el ruido provenía del huevo, no había duda. A causa de que el aceite hirviendo inflamó la clara más de lo usual, dando lugar a pequeños y agudos estallidos que parecían el piar de un pollito. Sin embargo, yo recuerdo haber visto venitas alrededor de la yema que estaba roja como la sangre.

Nos mudamos a otro lugar más modesto en Siglo XXI. Dejamos de viajar en vacaciones y yo me dediqué a estudiar y a olvidar a los amigos que no tenía. Pero tuve un enamorado en quinto de media, fue algo inesperado. Un compañero me confesó que había suspirado por mí los últimos dos años. Se me declaró y le dije que sí porque nunca antes había roto un corazón y tampoco quería comenzar a hacerlo. Duró lo que duró el fin de curso, trece días, ya te hablé de eso. Solo besos. Luego te encontré en mi clase de Educación, ¿o tú me encontraste a mí? Tengo la firme creencia de que no debemos ir por ahí «haciendo» que las cosas pasen, ni buscando pareja o implorando misericordia. Las cosas buenas llegan por sí solas y, por lo general, tardan. Y tú me has dicho que no te importa si dentro de unos años llegamos a los treinta para ser algo «más». Me has dicho que eres paciente, y yo te he dicho que contigo estoy bien.

Hoy llamó Bianca. La última vez que nos vimos estaba en cuarto de secundaria y decía que quería matarse. Este año lo intentó. Para mi tranquilidad, fue un susto. Me da pena. Cumplió diecinueve en junio y su familia ya no sabe qué hacer con ella. Mi madre y yo estamos encantadas de recibirla. Hemos alistado una cama junto a la mía, será como antes. No interesa cuando tiempo se quede, mientras esté bien, puede vivir con nosotras el tiempo que haga falta. Mamá dice que Bianca no recuerda la ciudad desde su última visita, por la edad que tenía entonces. Dice que recuerda algunas cosas, como fragmentos de una película antigua, pero a colores. Dice que quiere ir a donde estaba antes la playita La Picuda, aunque ya no existe y cuando la llevamos la gente solo iba a tirar piedritas. Dice que quiere pasar por la feria… Pobre, cuando se enteré de que ya no hay feria… La llevaremos a Pozo de Lisas, ahora disfruto mucho nadar.

 


You are here: Home