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Revista Cultural

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El peligro de ser otro

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Algo más sobre picanterías y picanterías arequipeñas

 

En el diario de “El zorro de arriba y el zorro de abajo” José María Arguedas se refiere a la dinámica mercantil de vender algo con el nombre de cultura popular: “Un amigo peruano me llevó anoche a una boite-teatro fea; le dijeron que presentaban danzas y cantos chilenos. Era cierto, muy entretenido para el público al que vanidosa aunque “objetivamente” llamamos vulgar, frívolo, etc. Entre calatas, cómicos, conjuntos de jazz y de pelucones, todo mediocre, apareció un “ballet” chileno. ¡Maldita sea! No digo que ya no es chileno eso; pero para los que sabemos cómo suena lo que el pueblo hace, estas mojigangas son cosa que nos deja entre iracundos y perplejos. Yo no diría tampoco, como otros sabidos, que eso es una pura cacana. Algo sabe a chileno. Los “huasos”  aparecen muy adornaditos, amariconados (casi ofensa del huaso) y las muchachas algo achuchumecadas (como no queriendo perturbar la frivolidad de los contertulios que pagan el espectáculo), no con la gracia fuerte del macho y de la hembra humanos, encachados, que en el campo o en la ciudad no entran en remilgos cuando cantan o bailan lo suyo y así transmiten el jugo de la tierra. No digo que entre la llamada “aristocracia” y la descuajada clase media de estos pueblos no haya también gente que ha conservado ese jugo. Pero, casi todos se amamarrachan con las “convenciones” sociales, con ese enredo fenomenal en que aparecen estos “huasos” amariconados, estas muchachas achuchumecadas, que así se achuchumecan para convertir los bailes de la gente fuerte en “espectáculo agradable y nacional”.

Cuando Arguedas señala cierto amaneramiento en la danza popular chilena lo que hace es comprender que la cultura popular no es cultura popular cuando ingresa en la máquina del mercado. No trato de afirmar que la cultura popular es una especie de objeto puro e intacto que debe mantenerse a salvo de cualquier contaminación. Al contrario, la cultura popular debe ser tocada, pero tocada hasta el tuétano.

Me explico. Mi madre solía decir que a todo rico en algún momento de su vida se le da por dormir en la banca de un parque. Los ricos se aburren y se han aburrido siempre y de vez en cuando se arriesgan y buscan la gélida dureza de la miseria. ¿Tiene eso algo de malo? Por supuesto que no. Es una experiencia que permite la interacción con el otro, con lo diferente. Una alteridad que podría generar algún cambio en quien la atraviesa.

El problema es que en estos tiempos el mercado, que en todo se inmiscuye, ha observado el tedio de las clases altas y ha encontrado allí un nicho ideal. Ha creado hoteles llenos de bancas de parque para aquellos deseosos de vivir experiencias nuevas. Así se vende de todo. Turismo vivencial, pagos a la tierra, chuspas, ojotas, carne de alpaca, llatan, chicha, tecnocumbia, chanfainita, tatuajes carceleros, bordados del Colca, comida novoandina, chullos de varayoc y demás.

El problema de estos productos no es su modificación para que sean como Arguedas dice un “espectáculo agradable y nacional”. La cultura es dinámica. Uno de los modos de sobrevivencia de los objetos culturales en peligro es su adaptación. Se cambia para resistir. El cambio es un acto político. Y por tanto es un compromiso con la identidad.

El problema de las transacciones que involucran productos de la cultura popular es la otredad. Juan Carlos Ubilluz en “Nuevos Súbditos” describe una sociedad peruana poscapitalista y totalitaria donde los individuos huyen de la otredad y se relacionan con lo diferente solo a través de la intermediación del mercado, anulando toda posibilidad de colectivismo. El mercado nos libera del riesgo que puede conllevar relacionarnos con lo que es distinto a nosotros. De allí que productos como el perreo, el cibersexo, el sexo seguro y el café descafeinado tengan tanto éxito. El mercado nos vende la seguridad de que pasaremos por el infierno sin siquiera sofocarnos.

Cuando Percy Gibson, el acaudalado poeta arequipeño dejaba de comer en el Club Arequipa y se iba a saborear un sabroso picante junto a chacareros y peones asumía el riesgo de la otredad e interactuaba con quienes no eran sus iguales. De la misma forma, el rico que decide pasar la noche en la banca de un parque se arriesga a relacionarse con toda clase de hombres que por supuesto no son ricos. Ejemplos sobran. Nuestra cultura está construida con experiencias de otredad. Garcilaso de la Vega, José María Arguedas y Chabuca Granda crearon a partir de la alteridad, fueron marcados y transformados por la otredad.

Ello no sucede cuando se comercializa la cultura popular. Pensemos en una picantería. En una época, como se dijo en la anterior entrega, era un sitio donde la gente del pueblo podía comer y divertirse con poco dinero. Había mesas largas donde se sentaba quien llegara, fogones, cuyes paseando por el suelo, los baños no siempre eran pulcros y por supuesto no faltaba una que otra mosca impertinente. En lugares como Cusco las picanterías y las picanteras eran temas incluso de oscuros mitos. En conclusión, comer en una picantería era degustar un sabroso riesgo.

En un restaurant turístico los riesgos no existen. Pero tampoco existe la alteridad. Uno entra, come y se va intacto. Libre de chacareros y peones. La experiencia no nos marca ni nos transforma. Ningún extraño se sienta a nuestra mesa. Aunque se nos hace sentir que sí. El producto se “adorna”. Los mozos usan falsas ropas de campesinos pero jamás entablarán con nosotros una conversación íntima y jamás sabremos sus nombres. Si es nuestro cumpleaños nos felicitarán por los altoparlantes sin abrazarnos y cantarán al estilo arequipeño en nuestro honor. Terminada la función, los actores se retirarán y todo quedará intacto en su vida y en la nuestra.

Alguien podría decir que no encuentra nada de malo en un lugar sin riesgos. Y por supuesto tendría toda la razón si no fuera por la simulación de ser algo que uno no es. Cuando Arguedas le llama a esto achuchumecado parece duro. Pero en realidad es exacto. La venta de la cultura popular es como vender lo que no debería venderse.

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