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¿Por qué somos tan regionalistas?

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Historiador-Victor-CondoriLos historiadores de Arequipa deben decirnos qué fuimos en el pasado, para entender lo que somos hoy y ver qué podemos hacer con nuestro futuro. Ese es su papel, pero pocos lo asumen con el rigor y la claridad José Víctor Condori (nacido en Ilo, 1968).
En el número 9 de la revista de la Escuela de Historia de la UNSA Condori publicó un notable ensayo sobre la identidad de los arequipeños que llamó nuestra atención; por eso quisimos entrevistarlo. Aquí sus respuestas.

Willard Díaz.- Tu artículo "Sociedad, identidad y regionalismo en Arequipa, 1780-1830" sugiere que desde antes de la Independencia Arequipa ya se fue caracterizando por su regionalismo. ¿Es cierto esto? ¿Piensas que la identidad arequipeña reside hasta hoy fundamentalmente en su marcado regionalismo?

Víctor Condori.- Efectivamente, el regionalismo arequipeño es una construc-ción colonial y comenzó a manifestarse principalmente entre la élite local hacia fines del siglo XVIII. La primera expresión, a mi entender, fue la llamada “Rebelión de los Pasquines” de 1780, en la cual comerciantes y hacendados se unieron con la población a fin de rechazar no solo la introducción de nuevos impuestos, sino también a la burocracia limeña que llegó con ella.
La identidad arequipeña está determinada por diferentes factores: el clima, la geografía, la comida, la arquitectura y  las tradiciones juegan un papel vital; sin olvidar su historia política de revoluciones anticentralistas, levantamientos, protestas y “arequipazos”. No obstante, también creo que la fuerza de esa identidad se ha venido perdiendo en estos últimos años.

WD.- Mariátegui en el sexto de sus "Siete ensayos" dice que el regiona-lismo en el sur del Perú no es más que la expresión de "un vago malestar y un descontento". A estas alturas del desarrollo de las ciencias sociales, ¿podríamos definirlo mejor?

VC.- El regionalismo es una característica de nuestra historia y se presenta incluso antes de la llegada de los españoles; por ello, a pesar de su enorme poder la administración Inca nunca pudo constituir un estado nacional; quizá ese tampoco era su objetivo.
Durante la colonia el estado español intentó simplificar las cosas dividiendo la sociedad en dos repúblicas: españoles e indios. Pero a la larga no logró ni integrar a los indios ni evitar el localismo de los españoles.  Así, al inicio de la República ya estaban claramente definidas dos regiones, el norte y el sur; y dentro del sur, arequipeños y cuzqueños.
Por ello, creo que el regionalismo en el sur del Perú y particularmente en Are-quipa no solo es una expresión de “un vago malestar y un descontento” como señaló Mariátegui, sino también un recurso fundamental para preservar su identidad y, claro está, también los intereses políticos y económicos.

WD.- En tu artículo dices que nuestra identidad regionalista es debida al tipo de economía que se desarrolló en Arequipa: agrícola, apegada a la tierra; a diferencia de Lima que se basaba en “los favores reales”. Eso produjo una “mayor cohesión familiar” y un “anticentralismo” caracterís-ticos. Me pregunto, ¿otras ciudades del virreinato no tuvieron las mismas características?, ¿por qué solo nosotros?

VC.- Si bien muchas regiones del Perú tuvieron un desarrollo económico muy parecido al de Arequipa, la diferencia, creo yo, estuvo en su composición social y la manera como sus diferentes grupos interactuaron a lo largo del tiempo. Considero que es muy importante tener en cuenta que la población de la ciudad a fines del siglo XVIII tenía un 71.4% considerada como “española”, la más alta de la colonia; y si bien estuvo agrupada en diferentes estamentos sociales, predominaba en ella  un extenso sector medio, cuya movilidad e intereses lo vinculaban cercanamente con la élite y la plebe.
Precisamente, en esta sociedad más cohesionada se fue creando una comunidad de intereses y necesidades que fácilmente se alineaban cuando había que enfrentar cualquier situación que pusiese en riesgo la base del sustento de la mayoría de la población.
Un ejemplo dentro de muchos lo tenemos en la mítica “Rebelión de los Pasqui-nes”, ocurrida en enero de 1780. En ella participaron diversos sectores de la sociedad arequipeña en una especie de “Santa Alianza” que se opuso a la introducción de nuevos impuestos reales, como “el nuevo impuesto del aguar-diente” (que cargaba con un 12% la producción local)  o el aumento de la alca-bala (cobrado a la compra y venta de mercancías). Dichos gravámenes atenta-ban directamente contra los intereses de productores, comerciantes, arrieros, taberneros, chicheras y consumidores. No es extraño entonces, que todos ellos tuvieran razones para unirse, en contra de dichos impuestos.
En la medida que los intereses fueran comunes, era entendible una sólida respuesta de grupo, por lo mismo, alcanzó una mayor sonoridad a nivel nacio-nal.

WD.- Encontré en tu artículo un dato curioso: según la visita colonial de 1792 éramos 22.030; y dos páginas más allá se dice que según Trabada en 1752, cuarenta años antes, había en Arequipa cerca de 3000 chicherías. ¡Casi una chichería por cada siete personas! ¿Estoy en lo correcto?

VC.- Este dato proviene de la crónica del padre Travada y Córdova escrita en 1752, y pueda que tenga alguna exageración; sin embargo, en 1833 el cura José María Blanco en su “Diario del viaje del Presidente Orbegoso al sur” contó más de 2000 chicherías en la ciudad y sus alrededores.
Sea cual sea el verdadero número, es bien conocida la importancia de las chi-cherías arequipeñas en la construcción de la identidad local. No solo fueron espacios habituales de socialización, sino también centros de difusión e inter-cambio de noticias y rumores, e incluso de conspiraciones políticas. Y por el lado negativo, aquí también se tramaban numerosos actos delictivos.

WD.- César Félix Sánchez, un colega, sostiene que Arequipa fue más bien realista en las guerras de la Independencia; pero tú afirmas que fue “pragmática” y “oportunista”. Como fuera, son todas cualidades negati-vas, ¿no?

VC.- El supuesto “realismo” de Arequipa tiene su origen en esa imagen mani-quea que algunos tienen de creer que durante las guerras de Independencia solo hubieron patriotas y realistas. Como Arequipa no se manifestó abiertamente a favor de los movimientos patriotas y juró la independencia recién el 7 de febrero de 1825, se le etiqueta de esa manera.
Brian R. Hamnett, un investigador del periodo, señala al respecto que “este proceso no era de ninguna manera claro y la gente que vivía en esta época estaba llena de dudas y temores, tenía perspectivas e intereses particulares y cambiaba frecuentemente de mente y de bando”.
A través de nuestras investigaciones hemos encontramos durante esta época una sociedad más bien comprometida con la preservación de sus propios intereses, antes que los del rey. Por ello la calificamos no de “realista” sino de “pragmática y oportunista”.
En cuanto a si fue positiva o negativa dicha actitud o conducta política, eso depende de las circunstancias que se vivían.
Cuando en agosto de 1823 el general Sucre ingreso a la ciudad con 3000 sol-dados colombianos la ciudad no fue saqueada porque demostró “sinceros” sentimientos patrióticos y un mes después recibía al virrey, con el mismo entu-siasmo y algarabía como si tratase de una ciudad española.
Quizá por ello Bolívar afirmaba sobre Arequipa “es el pueblo que menos ha sufrido por la patria, y el que menos la quiere”.

WD.- Tal vez el problema es que desde Arequipa no se advierte la necesi-dad del Estado-nación, que por naturaleza es centralizado, burocrático, hegemónico. ¿Cuál es la alternativa: ¿separatismo?, ¿anticentralismo?, ¿democracia radical?

VC.- La construcción de un verdadero Estado-Nación será siempre una tarea pendiente para los peruanos, en un país que ya de por sí es multilinguista, multiénico  y pluricultural; más aún, si existen fuertes localismos como el cuzqueño o el arequipeño.
Yo creo que la alternativa será siempre constituir macro regiones como una forma de enfrentar ese centralismo hegemónico que se alimenta de nuestras pequeñas diferencias. Pero ello implicara resolver primero nuestras discrepan-cias y afanes hegemónicos.

WD.- Finalmente, estamos hablando de la identidad regionalista como si esta fuera monolítica, única. Lo cual requiere la hipótesis de que aquí to-das las clases y los grupos forman uno solo. ¿Crees que es posible esa síntesis?


VC.- Alguna vez un historiador señaló que el Perú era como un mosaico “donde lo que nos une es lo que nos desune”. Creo que ahí está la clave para entendernos como país y entender las diversas identidades que existen. Más o menos como sucede en España, donde observamos diferentes comunidades: catalanes, gallegos, vascos, canarios; con diferentes tradiciones y hasta lenguas, pero por encima de todo ello son españoles. Entendernos en nuestra diversidad, con nuestras particularidades e idiosincrasia, pero como parte de una misma  nación es el gran reto del futuro.

 

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