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Revista Cultural

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El nuevo chacarero arequipeño

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Johnny Leiva

La imagen convencional que tenemos del “chacarero arequipeño” es aquella popularizada por los poetas loncos, la publicidad de la cerveza y los festejos municipales del 15 de agosto: un hombre de mediana edad, con sombrero de paja de ala amplia, bigotón, campechano, con chaleco, y montado en burro, que dice palabras como “oí” en vez de “oye”, “juí” en vez de “fuí” y otras como “jora”, “ancana” y “pucuna” que ya nadie sabe qué son. Esta entelequia turística no existe ya como tradición viva. Es una caricatura urbana, un modelo comercial. El nuevo chacarero arequipeño se parece más a Johnny Leiva Fontela.
Johnny Leiva tiene 62 años. Desde hace veinte años está dedicado a la agricultura. En su mocedad fue empleado del Ministerio de Agricultura, un jefe de oficina de Personal que se cansó de vivir entre papeles y un buen día le propuso a su esposa conducir la chacra que ella había recibido en herencia de su padre.
“Yo nací en Arequipa, pero mi padre es cusqueño y mi madre es de La Pampilla” me dice. Estamos bajo las altas mallas de fibra que cubren su vivero en Sabandía, mil ochocientos metros cuadrados cultivados con varios tipos de lechugas y acelgas, espinacas, tomatitos cherry y zapallitos italianos de la más fina calidad. Lo he visitado casi por azar, cuando pasaba a ver a un vecino que cultiva espinos. Ha sido mi curiosidad la que me hizo asomar al vivero y entrever un paraíso de hortalizas guardado como un tesoro de verdor y frescura.
“Durante varios años cultivamos ese terreno de mi familia en Majes, aprendiendo poco a poco la técnica de la siembra, el riego, la cosecha, el control de plagas”. ¿Tienes estudios de Agronomía?, le pregunto curioso. “Ninguno, todo lo he ido aprendiendo en la práctica, en el campo, con los aciertos y las derrotas. Que me perdonen los ingenieros, pero los que conozco cultivan sus chacras desde su escritorio. Ningún libro se ha escrito sobre la agricultura en Arequipa; todos son libros importados de Estados Unidos, de Europa donde las condiciones del agua, del aire, del clima, de los materiales son totalmente diferentes. En ninguna parte que conozca la temperatura puede variar de 5 grados en la madrugada a 20 o 22 grados al medio día, en época normal. ¿Quién ha escrito sobre eso?” me pregunta, y no sé que responderle.
Recorro con Leiva los surcos de su vivero, cientos de metros de tubería para riego por goteo, hermosas lechugas mantecosas de un verde radiante alineadas junto a una hilera de zapallitos que empiezan a tomar forma. Toda esta belleza es impresionante. Se me ocurre una idea: “¿Y por qué no levantas una feria acá junto a la carretera los domingos y muestras a los visitantes tu invernadero?”. “Eso vamos a hacer —me dice— tan pronto aumente nuestra producción. Por ahora cubrimos apenas el mercado local, la demanda de algunas tiendas y de amigos que nos conocen. Estas hortalizas solo se venden en dos o tres autoservicios del centro y en una feria de la Avenida Ejército”.
Me parece asombroso que tan poca gente consuma vegetales orgánicos. ¿Son caros?, le pregunto. “El precio se triplica cuando pasa por manos de los mayoristas, de los distribuidores. El agricultor recibe menos de un sol cincuenta por kilo de alverja y en el mercado puede pasar de los tres soles. Una lechuga orgánica de primera puede costar cuatro o cinco soles en el mall; aquí por ese dinero compras tres. El asunto del precio está en las manos de los distribuidores, no de los productores. Ningún agricultor controla el precio de sus productos, son los grandes comerciantes quienes juegan con el mercado y con las necesidades de la gente”.
Hace doce años empezó con una pequeña huerta en La Pampilla de cien metros cuadrados, donde construyó su primer vivero, luego alquiló otra en Antiquilla y ahora tiene este proyecto en Sabandía, donde el agua y la tierra son todavía mucho mejores. A lo largo de los años ha ido mejorando sus técnicas, sus semillas, su riego, su administración incluso.
¿Y toda esta experiencia?, ¿qué vas a hacer con ella?, le pregunto.
“No sé. Me gustaría compartir con otros agricultores lo que he descubierto y aprendido por mí solo. Si hubiera una asociación de agricultores de viveros orgánicos quizás podríamos unirnos para exportar, para mejorar los precios y la oferta local. Pero el agricultor arequipeño es demasiado conservador, prefiere el cultivo tradicional, la alfalfa, el maíz forrajero, la cebolla. Y le tiene miedo a la asociación, es muy celoso de su vecino”.
¿Y tu familia?, ¿no puedes formar una empresa familiar?
“No sé si alguno de mis hijos le gustará, tengo un hijo que es vegetariano y espero que él intervenga, se nota que le agrada. Tengo una hija que enseña en el Bachillerato Internacional del Colegio Max Uhle. Precisamente ella y sus alumnos han experimentado este cultivo en su colegio, en un invernadero de seis por seis metros y han tenido mucho éxito. Siembran lechugas, y dos veces al año se reparten entre ellos y a veces venden para fondos de sus otras actividades. Pero hasta ahora soy yo solo, con ayuda de un par de mis trabajadores, que me hago cargo de todo”.
Al pasar junto a una mata arranca un par de tomates cherry, los limpia sobre su ropa y me los ofrece, prueba, me dice. Yo tengo un poco de cuidado con hortalizas que no están lavadas, pero me tranquiliza metiéndose uno de los pequeños tomates en la boca. Son deliciosos.
“Estoy experimentando con estos plantones y con una variedad de lechuga de hoja aromática que usan los restaurantes para los pescados finos, se llama arúgula, es muy rara y escasa. La ventaja de este invernadero es que puede dar hortalizas que en otras condiciones no se podrían cultivar; gracias a esta malla que ves, la malla Aluminet. Es un invento de los israelitas, no se encuentra en Arequipa, la importan en Lima y de allí la traemos. Es resistente a los climas extremos, controla la luz del sol, conserva la humedad, permite la ventilación. Y para los lados usamos una malla antiáfidos, que impide los insectos y los roedores. Las medidas de cuidado del cultivo son extremas. Por eso nuestros productos llevan como símbolo una mariquita, que es un insecto benéfico: donde hay mariquitas es signo de salud del cultivo. Esos animalitos casi están en extinción en Arequipa, los han matado los químicos. Y son útiles porque se comen a los insectos dañinos y no las hojas”.
He visto además en tus etiquetas un signo hindú, ¿qué representa?, pregunto.
“Es el Om, un símbolo de los espiritualistas hindúes que significa limpieza, pureza tanto espiritual como material. Y me parece que eso puede mostrar el espíritu de este proyecto, que es brindarle al consumidor limpieza, calidad de vida, salud, antes que hacer negocio con productos masivos que emplean cualquier tipo de abono, de agua o de suelo a fin de apurar las cosechas y abaratar los costos en busca de mayor riqueza. Creo que el agricultor tiene una responsabilidad con las personas. El comprador confía en ti y tú tienes que ser digno de esa confianza. Aquí hay un convenio no dicho de confianza mutua. Por eso yo coloco en mi etiqueta mis iniciales, JL, y mi teléfono y mi RUC.
La inmensa mayoría de las hortalizas que se cultivan en Arequipa están regadas con aguas del Chili, que es uno de los ríos más contaminados por los desagües que se pueda imaginar. A partir Chilina para abajo el Chili recibe miles de litros de aguas negras, y con eso se riegan las verduras de Tingo, de Tiabaya, de Alata y todo el resto de la cuenca hasta el mar. Ninguna de esas legumbres pasa los controles de salubridad ni nacional ni mucho menos internacional. Y todos las consumimos cada día sin preguntar. Nadie te dice el peligro que estamos corriendo, el vendedor solo quiere ganar”.
Entonces recuerdo las lechugas hidropónicas que han empezado a aparecer en los mercados. “La lechuga o la acelga hidropónica —me dice— se cultivan con agua en planchas de tecnopor, ¿y de qué se alimentan?, de sales minerales, de abonos artificiales y nada más. Esas sustancias químicas se descomponen en el cuerpo y forman moléculas que son altamente nocivas. Uno cree que por ser hidropónica es pura agua, pero ¿y las sales?”.
Cuando salimos del invernadero nos reciben el sol y el aire de la mañana. Una acequia trae el agua del Ojo de Yumina que baja cantarina. Le digo a Leiva que no me parece un chacarero tradicional pero tampoco un gran exportador, apenas parece un agricultor arequipeño. “No es agricultor ese que alquila una chacra, contrata unos peones y el día de la cosecha se presenta con su camioneta cuatro por cuatro, se sienta con un par de amigos de la ciudad en un bordo y de pone a tomar cerveza mientras cargan los camiones. El agricultor mete las manos en la tierra, prueba lo que siembra, se preocupa por los que van a comer sus productos”.
En eso me parece Leiva el nuevo chacarero arequipeño: se imagina a sí mismo como un hombre digno de serlo, cuidadoso de la sociedad y de su buen nombre, que explora y arriesga e innova y gana, haciendo de paso algo que le gusta hacer todos los días. Camino a casa recuerdo algo del filósofo italiano Gianni Vattimo que acabo de leer en internet, que respondió a la pregunta sobre cómo mejorar la producción: “Sin el viejo industrialismo: produzcamos sólo lo necesario. ¡Menos coches, menos bienes, más y mejor agricultura local!”.

 

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