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Revista Cultural

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¿Por qué Ben10 no lee?

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Los superpoderes a la hora de leer en clase

Yuliana Carpio Acevedo es una mujer pequeña, fuerte y aventurada. Natural de Camaná, vino a Arequipa para estudiar Educación en la San Agustín; está casada con un profesor de Literatura; y es de las poquísimas que aceptó el desafío de empezar su carrera docente como profesora de zonas rurales: enseña en un colegio integrado del distrito de Sayla, provincia de La Unión.
Para llegar a Sayla hay que viajar doce horas hasta Cotahuasi y luego doce horas más por una carretera carrozable harto peligrosa, y esto sin salir del departamento de Arequipa. “Es una de los distritos más pobres del departamento, según el Censo de 2007”, me dice. “Vengo a Arequipa cada dos meses y el cambio parece un viaje en el tiempo”, añade con una sonrisa.
Su esposo, Goyo Torres, me ha contado que para comunicarse con ella hay que esperar que amanezca, entonces Yuliana sale del pueblo y trepa a la cumbre del cerro más cercano, el único lugar adonde llega la señal del celular por la mañana. “Se llama el Cerro Cabina” me dice Goyo. La pareja tiene dos hijos, un varón de doce y una mujer de nueve años. ¿Cómo hacen para verse? Pregunto. “Nos turnamos: un mes vamos nosotros y al otro ella baja a la ciudad”.
La escuché presentar una ponencia en el último Congreso de Literatura y Lingüística sobre los problemas de la lectura entre los niños de la nueva generación. “El tema se me ocurrió cuando mi hijo se molestó porque le dejé un libro para leer. Cómo Ben 10 no lee, me dijo. Yo no sabía quién era Ben 10, es un personaje de dibujos animados norteamericanos que está de moda. Cuando se me pasó la molestia me dije mejor veo ese programa y descubrí que en efecto, Ben 10 no lee, nunca lee, y se supone que es un niño en edad escolar que tiene aventuras escolares y todo eso. Pero nunca se lo ve leer ni estudiar ni hacer tareas. Lo sabe todo, en muy inteligente y valiente y tiene súper poderes pero nunca lee”.
César Delgado Díaz del Olmo, otro profesor de colegio, me dice que los nuevos niños se cansan con la lectura, que hay que darles audiovisuales, internet interactiva. Dudo si eso es progreso. Me contesta que esa es la educación masiva, que para los hijos de las élites la formación es tanto o más exigente que antes: muchísima lectura, visitas a la Biblioteca, investigación en la red. “Una cosa es la educación popular masiva y otra es la formación de los nuevos cuadros dirigentes y empresariales. Ellos no se confunden, si pueden mandan sus hijos al extranjero, les dan Bachillerato Internacional, les ponen tutores”. Solo nosotros nos hacemos la pregunta ¿obligar a leer o no obligar?, reflexiono. “Solo nosotros somos educados mirando televisión, jugando playstation, chateando”, dice Pedro Rodríguez, otro profesor amigo.
Yuliana me cuenta que en su colegio de Sayla hay dos profesoras de Comunicación, ella y una joven contratada; ella enseña a toda la secundaria, que son treinta y cinco alumnos. “Este año sale la primera promoción: siete jóvenes” dice con notorio orgullo. Y qué van a hacer cuando acaben el colegio, pregunto. “Casi todos quieren irse. A Lima la mayoría, otros a Arequipa, a buscar trabajo, ninguno a seguir estudiando”.
Yuliana Carpio Acevedo desde el podio del Auditorio de la Facultad de Educación contó su experiencia a los asistentes: “Durante siglos, la Literatura como producto cultural, fue considerada como instrumento para la transmisión y formación de valores en individuos y colectividades. En esta ponencia se cuestiona que la Literatura siga cumpliendo este papel, pues en las últimas décadas ha sido desplazada de ese rol por los medios de comunicación masiva y en particular, por la televisión y las redes sociales que cada vez tienen mayor poder e influencia en el imaginario de una comunidad. Esta influencia es mayor en niños y jóvenes quienes son los principales usuarios y consumidores de la nueva tecnología”, anunció Yuliana frente a cientos de jóvenes profesores en el CONALL.
Lo que ha pasado, continuó, es que “la literatura como instrumento para la construcción de valores, duró aproximadamente hasta la década del cincuenta del siglo XX. Con la irrupción, primero, de la radio, luego del cine y posteriormente de la televisión, el panorama cambió violentamente. La imagen, los efectos de voz, sonidos, movimientos y colores en los medios masivos desplazaron a la literatura del rol que tuvo durante siglos.
En los años 30 y 40 las radionovelas se volvieron más eficaces para transmitir e inculcar ciertas formas de comportamiento, manipular deseos y manejar conciencias de enormes masas de radioyentes. Cuando el cine se perfeccionó y las salas se llenaron de curiosos que buscaban gozar con una historia de amor a la mexicana,  el panorama se agravó más. Pero la hecatombe vino con la televisión. Su masificación en la década de los 70 (en el caso peruano) dejó en absoluta orfandad a la literatura y la volvió la cenicienta de las artes”.
El auditorio se estremeció al oírla. Otra cosa les han enseñado en la Facultad. Yuliana añade impetuosa “A pesar de ese panorama sombrío, la literatura como espacio de creación y artefacto cultural todavía tenía cabida en la currícula escolar de la época. Por esos días se empezaba a hablar de postmodernidad. Los sociólogos decían que la sociedad capitalista había ingresado a otro momento que algunos calificaron de sociedad post-industrial o de la tercera revolución tecnológica. Otros hablaron del fin de la historia y Jameson calificó el espíritu que dominaba la época como “Posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado”. Lo cierto es que en los años 90 Fujimori dio el golpe de gracia a la cultura humanística y redujo a la educación peruana a la caricatura que es hoy. So pretexto de la reforma de la educación suprimió cursos como Filosofía, Psicología, Historia del Perú, Historia Universal, y arrinconó el curso de Literatura a un área que llamaron Comunicación. No solo la televisión y el cine confabulaban contra la literatura como instrumento de inculcar valores en niños y jóvenes. Los propios tecnócratas del Ministerio de Educación consideraron innecesaria la asignatura para la formación de los estudiantes peruanos.
Como si esto no fuera suficiente con la llegada del nuevo siglo y el avasallante avance de la tecnología comunicacional, la Literatura como canal para la formación de valores se acabó. La aparición de internet y las redes sociales seducen más a la niñez y la juventud que las amarillentas páginas de un libro. Pero lo hace por el lado más nocivo: el de los juegos en red que contienen la misma carga de violencia que la televisión y los programas infantiles.
Una cosa es cierta: la sociedad medial —gracias a Youtube, la televisión y las redes sociales— es la que en estos momentos impone valores, modela la mente de las personas y lobotomiza a los individuos. Sin duda, los más vulnerables son los niños y jóvenes. Ben10 nunca lee. ¿Por qué tendrían que hacerlo los pequeños que admiran y se imaginan encarnar a su héroe en sus juegos? Ben10 deja en el inconsciente de los niños la idea de que no son necesarias la lectura ni la educación; que el placer y el goce están en la aventura y la ruptura de reglas sociales y de comportamiento.
El mayor goce se manifiesta a través de la violencia, el engaño o la venganza. El valor que se exalta en esta serie infantil es pisotear al más débil; y vencer, triunfar es el bien supremo, el valor por antonomasia. Es decir, los antivalores inculcados por los medios masivos contradicen, socaban y destruyen aquello que con tanto esfuerzo y escasos recursos la escuela intenta construir por medio de la literatura u otros textos escritos. En medio de esta vorágine de tecnología que hace ver que el mundo funciona a la velocidad de la luz y que hipnotiza a los más jóvenes con su inmediatez, ¿cómo compite “Los ríos profundos” con Ben10? ¿Cómo demostrar que la solidaridad a la que alude Vallejo en su poema “Masa” no es una utopía, frente al individualismo de Ben10 o Generador Rex?”.
Pero hay un hálito de generosidad y optimismo en Yuliana cuando nos lee sus conclusiones: “En medio de esta sórdida realidad, la Literatura, aquella que influyó en el pensamiento e inculcó valores que llevaron a la Revolución Francesa o a las luchas de independencia en América Latina o en la Sudáfrica de Nelson Mandela, será parte del pasado, de un pasado cada vez más lejano. Para que esto no suceda debemos ejecutar acciones inmediatas que, desde mi posición de maestra de aula, me permito sugerir en cuatro puntos:
Primero, nuestra acción no debe limitarse en promover la lectura a tontas y a ciegas. Segundo, debemos adaptarnos a convivir con la explosión tecnológica que tanto atrae y seduce a nuestros hijos, hermanos o estudiantes. Tercero, y esto es importante, debemos saber explicar a los niños y jóvenes que los contenidos de las series televisivas y las películas son ficción y no el mundo real. Hay que explicarles que la vida no es una película. Lo mismo que hay felicidad, también hay dolor. Cuarto, que los niños y jóvenes sepan que cuando tengan problemas en la vida real ningún superhéroe vendrá a resolverlos, ni ellos se transformarán en superhéroes como en la ficción. Los problemas tendrán que afrontarlos solos o con ayuda solidaria de familiares y amigos. Que aprendan a valorar más la sinceridad y el pacifismo que la mentira y la violencia. El trabajo comunitario y no el individualismo egoísta.
Si no hacemos esto, me temo que en el futuro lo más probable es que nos comportemos como Homero Simpson y no como Rendón Wilka”, concluyó.
Más tarde le pregunto cómo se las arregla en su salón del colegio de Sayla. “Solo me hacen falta libros”, dice, “si tuviera una biblioteca mejor todos mis niños podrían leer hasta en sus ratos libres en medio de las faenas del campo. ¿Libros?, le pregunto, ¿dónde puedo dejarte unos cuantos? “La Municipalidad  tiene una oficina aquí, en Arequipa, en la calle Peral 213. O sino nos llamas y vamos a recoger los libros; puede ser a mi teléfono, 461165.

 

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