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Revista Cultural

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Palabras finales

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El Poemario póstumo de Luis Chambilla

Algunas semanas después de la muerte de Luis Chambilla Herrera su último poemario llegó a manos del editor de Cuadernos del sur, William González. Aquellos textos habían sido concluidos apenas días antes de su partida; por lo que el presente le venía a su amigo y editor como un bálsamo a su dolor por la pérdida del poeta.

Quien se aventure en el camino de los tres poemarios de Chambilla y sabe de la enfermedad que lo acompañó desde niño, encontrará una evolución en cuanto a uno de sus principales temas: la muerte. Esta aparece en “Cantos marginales” asociada a la idea del espanto que amenaza continuamente al hombre. En su segundo libro, “El cántaro salvaje”, aquel fatalismo se suaviza y en ciertos poemas, se vislumbra más bien una aproximación hacia la esperanza. “Sobre el espíritu universal que mueve al mundo”, poemario póstumo que se presentó en Tacna el mes pasado en Plaza libro y se presentará en breve en Arequipa, el hablante lírico describe su comprensión feliz de la muerte como un estado de calma en unión con el universo. El libro es un conjunto poético breve que, con un lenguaje sencillo, construye la imagen del hombre que atiende el llamado del mar y abandona la ciudad con sus calles desoladas para arribar en la playa. De allí en adelante será el mar el único escenario donde se desenvuelva su búsqueda y descubrimiento sobre el sentido de la felicidad.

Básicamente son dos los tópicos del poemario:

1. El Carpe diem (Aprovecha el momento).

2. La unión final con el universo.

El tiempo para el poeta ha dejado de ser un indicador del tránsito de los seres y de las cosas desde su origen hasta su extinción. El tiempo es estacionario, queda reducido al segundo que se vive a plenitud. Algunas culturas amazónicas, como los ashaninkas, cuentan sobre la existencia de un tiempo anterior; el cual no tenía como función “medir el paso de lo que vive a lo que muere y de lo que muere a lo que vuelve a vivir en forma distinta”. Para los ashaninkas, en un principio, el tiempo tuvo otro oficio: “el de fabricar la felicidad”. Aquel tiempo no ha desaparecido, continúa en algún lugar al cual  solo acceden las almas privilegiadas para dormir en él o descomponerlo y luego volverlo a componer. Es precisamente este concepto del tiempo que Luis Chambilla presenta en su poemario. Un tiempo detenido en el segundo de la contemplación, cuando pueden examinarse todas las vidas y se consigue disfrutar de todas las cosas. Por ello nos señala: “Hay tanta belleza en este instante / que el corazón se me ha puesto azul sereno (…). El día se ha ido / y tengo la fascinación de haber vivido / todas las vidas en un segundo”.  O cuando dice también: “Las luciérnagas sueñan mientras vuelan / y yo celebro la eternidad de este instante que mora en mis ojos”. El poeta apela a la inmovilidad de las cosas: “Que se detengan los relojes y amarren por su cabellera al / inquieto viento. / Que en la garganta del perro se congelen de golpe sus / ásperos ladridos / y en lo alto, el vuelo de las aves sea solo un conjunto de / nubecillas paralizadas. / Uno piensa que la vida es el movimiento y en verdad la vida / es este momento / la gota pendulante entre el ser y la nada que no es sino la / mancha en el piso”. Más adelante, en el mismo poema expresará lleno de felicidad: “Amo este instante en que el / mundo ancla y se detiene / y yo me detengo en él mientras se disuelve la torpe armadura”.

El segundo tópico del libro es el encuentro final del hombre con el universo como metáfora de la muerte. Más que la extinción, la muerte es el abandono feliz de la memoria y la forma humana corpórea para así entrar en el olvido de los elementos que habitan en la naturaleza: “Soles y lunas se verán reflejados en tu rostro cristalino / y un día, en alguna remota región, sonreirás por última vez, / al mudarte en fresca brisa que se disuelve en la luz calmada /del mediodía.”  En algún momento el poeta alude a las personas que se resisten a su transmutación y su abandono en la naturaleza (entiéndase nuevamente como su muerte); motivo por el cual, él dice: “Dejen que yo desaparezca y me integre al espíritu universal/ que moviliza al mundo / entonces seré un átomo feliz en el sueño de un dios dormido”.  Este reclamo irá repitiéndose en el libro: “A esta hora, digo, proclamo en silencio mi derecho a dejar / de existir por un segundo, / a dejar de ser humano y abandonar en la playa mi viejo / caparazón de cangrejo muerto”.

Ha sido difícil, pero hemos aceptado la partida de Luis Chambilla; quien, llevando su enfermedad siempre a cuestas, consiguió contemplar el mundo de otra manera y comprender el sentido de la vida, así como el privilegio de la muerte. Y en la búsqueda de estos conocimientos alcanzó finalmente un estado de felicidad y calma. Este mismo estado fue aquello que lo impulsó a componer su último poemario, sin saber que habría de convertirse en una despedida, además de un legado para todos nosotros. El poema final del libro es particularmente hermoso. El hablante lírico, luego de tantas transformaciones, ha dejado nacer estrellas de su cuerpo y se ha convertido en pájaro para seguir el camino de los lirios y llegar con ellos al firmamento; cuya forma es la de una fina película o un espacio musical líquido, superpuesto a todo tipo de tempestad, donde no puede alcanzarlo ningún  viento nocturno que pretenda apartarlo de la calma. Y desde donde, seguramente, continuará observándonos hasta que, por fortuna, consigamos darle alcance.

 

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