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Revista Cultural

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A qué llamar "Telebasura"

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Un intento polémico de definición

 

Como dije en un artículo pasado la Marcha Contra la Telebasura tuvo la virtud de abrir un espacio de discusión que permitió desde uno y otro bando pensar en el bien común, espacio que en estos tiempos parece extinguirse. Sin embargo, creo que en los debates se ha obviado la tarea de determinar a qué se llama telebasura. Omisión, que ha provocado ambiguedad, en favor de los detractores de la marcha.

Quienes promovieron la marcha han llamado telebasura a las faltas contra la “moral” que se muestran en pantalla, sin saber que en algunos círculos de progresistas, de ilustrados, de intelectuales o de artistas, la palabra no tiene simpatías. Si los de derecha temen a términos como “redistribución” o “justicia social”; los de, digámosle, centro sienten igual aversión por términos como “moral y buenas costumbres” y quien los use será acusado de ultraconservador y antidemocrático.

Pero no creo que esta sea una marcha propia de señoras derechistas católicas que solo buscan vestir desnudas y expulsar gays de la pantalla. Acusarla de cacería de brujas es error si no es mala intención. La participación de tan variadas instituciones como ONGs, sindicatos, colectivos, universidades y colegios profesionales no permite pensar que sea un oscuro plan de la ultraderecha católica ni del nacionalismo antaurista. Si la CGTP y algunos grupos religiosos se han unido, eso indica que el problema de los medios en la vida cotidiana de los peruanos es preocupación para una mayoría.

Si quienes han defendido la marcha en debates públicos han hablado de “buenas costumbres” es porque es la forma en la que pueden explicar que algo malo sucede con la televisión peruana. Es posible que la gente que marchó no defina a qué llama telebasura, o la relacione con el uso mercantil de la desnudez femenina. Sin embargo, es un buen comienzo intuir que algo no marcha bien con la tele nacional. Los errores o las imprecisiones deberían motivar en los intelectuales el pensamiento crítico, reflexivo y teórico para proporcionar a las personas herramientas variadas que afinen su forma de distinguir lo que es o no telebasura. Quienes tienen esa función pueden encargarse de desarrollar el término, pero una mayoría le ha huido a la tarea en favor de la llamada libertad individual.

El término telebasura no está dado en un diccionario. Como en toda acción colectiva los significados no son fijos, no son inamovibles. Lo interesante de estos fenómenos sociales es que los significados se transforman y se construyen. Una marcha es una acción semiótica, donde se crean significados y relatos, y que solo pueden leerse a partir del final. Solo al final de una marcha uno sabe quién es, qué es lo que quiere y quiénes comparten su objetivo. Solo al final de un conflicto social se determinan los roles y se asignan los valores, se separa al héroe del disidente, al ayudante del opositor, se sabe cuál fue el verdadero objetivo, que casi nunca es el mismo que se planteó al inicio. Prueba de ello es que en las huelgas los pliegos de reclamos crecen, se integran nuevos objetivos y grupos y en ocasiones ingresan cuadros políticos o en el mejor caso interviene la clase intelectual que agrega la reflexión y el análisis.

Sin embargo, en nuestro caso a quienes les compete pensar qué es la telebasura han optado por un discurso caótico fácil, carente de ideas y posiciones claras, que se fundamentaba sobre todo en experiencias personales con la telebasura. A partir de algunas pocas premisas han llegado a conclusiones amenazantes.

Por ejemplo, se ha afirmado que el criterio de selección de telebasura es la moral cristiana irracional y totalitaria. Que de ser implantado atentaría contra los gustos culpables de absolutamente todos, de cumplirse podría eliminar de la pantalla a personajes a los que el pueblo quiere, e incluso a personajes que están en la frontera del entretenimiento y la cultura ilustrada. ¡Qué sería de la niñez sin el Chavo! ¡Qué sería de la Feria del Libro sin Jaime Bayly! Ese porvenir les parece insoportable.

También se dijo que una televisión controlada es peligrosa porque pude ser sosa y aburrida. Sin explicar exactamente a qué se llama aburrimiento, para quién y por qué. Y sin tomar en cuenta que el aburrimiento es subjetivo, y depende del receptor, nada es por si solo aburrido, lo aburrido siempre es aburrido para alguien. A partir de esta aseveración se deducen otras tantas que son igualmente peligrosas, como el hecho de que la función de la tele es únicamente el entretenimiento y que las personas la usamos con ese fin. Por otro lado, que el gusto de la gente por la telebasura es una característica casi esencial de los humanos. Se olvida que el gusto como tantas cosas es algo que se forma con la costumbre y en sociedad. Nadie nace prefiriendo Esto es Guerra.

Es una defensa egoísta del goce el supuesto de que todos en este mundo consumen telebasura, que hasta los más críticos tienen preferencias inocentonas por alguna basurilla de TV, que nadie se salva y, por tanto, nadie puede tirar la primera piedra a la pantalla. Qué sucedería con el mundo si se aplicara la misma lógica a otros aspectos, como la corrupción.

Quiero concluir este artículo ofreciendo una propuesta de qué es telebasura a partir de la Pragmática comunicacional, que como disciplina de las ciencias del lenguaje reflexiona sobre la intención con que se realizan los actos de comunicación. A partir de allí creo que la telebasura es un texto hecho para vender, por sobre todas las cosas. Por tanto, no pueden ingresar en este rubro algunos canales o radios cristianas o medios estatales cuya intención no es vender sino predicar, informar o hasta impartir ideología política. En los contenidos de estos medios la intención principal no es vender, sus intenciones son explícitas, los receptores las conocen y están prevenidos; nadie esperará que el Hermano Pablo hable en favor de la unión civil o que en Radio Cuba se destaquen las virtudes de Obama.

Cuando la intención es vender por sobre todas las cosas los límites no existen. Cuando lo único que se quiere es ganar dinero solo cabe la intervención de algún tipo de poder externo para limitar al vendedor. En los estados más liberales está prohibido expresamente en la legislación el tráfico de niños o el tráfico de órganos, porque se sabe que si no hay límites, algún emprendedor sin principios quizá se atreva.

Si la intención es vender, la telebasura recurre a apropiarse de, y vender, dos aspectos fundamentales que protegen la libertad humana: la intimidad y la dignidad. La telebasura no vende frivolidades, simplemente vende la intimidad de algunas personas y transforma la necesidad de entretenimiento de los receptores en una curiosidad morbosa, les hace creer que lo íntimo puede ser objeto de consumo y que pueden comprar la intimidad de otros y por tanto pueden vender su propia intimidad si es que esta produce la curiosidad suficiente y eleva el rating. El problema de Esto es Guerra no es que las chicas estén semidesnudas sino que expongan las vidas amorosas con la finalidad de acrecentar la teleaudiencia y cobrar. El problema de Laura o de la Paisana es que toman la dignidad de personas o grupos, las transgreden para que los otros gocen a partir de sus prejuicios perversos.

Creo que esta definición de telebasura como texto comercial que vende la intimidad y la dignidad de los seres humanos tiene algunas falencias que pueden ser resueltas, pero que su virtud es propiciar la alianza de grupos diversos y garantizar la libertad de crear textos artísticos que pocas veces aparecen en televisión. Pondré un ejemplo: si una pareja aparece en pantalla haciendo el amor y el texto es una película o una telenovela o una serie, la imagen es discutible para unos e inofensiva para otros. Al contrario, si se muestra un ampay de dos personas que han sido sorprendidas en escenas de alcoba nadie, creo absolutamente nadie, podría negar que el objeto de venta es la intimidad y eso definitivamente es telebasura.

 

 

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