altodelaluna

Revista Cultural

  • Full Screen
  • Wide Screen
  • Narrow Screen
  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size

La larga marcha

E-mail Imprimir PDF

Foucault y Sarte marchan

 

Una marcha, cualquiera, es un fenómeno más complejo de lo que piensa la mayoría de la farándula y los “ilustrados” que curiosamente han coincidido en repudiar la Marcha Contra la Telebasura. A muchos les preocupa que la juventud marche por este motivo, a mí me parece alarmante que la clase ilustrada y la farándula peruana hoy sean una sola voz y esgriman los mismos argumentos.

Por ejemplo, afirman que hay temas políticos de mayor importancia que la televisión basura. El argumento se basa en una lectura literal y simplona de la palabra “telebasura”. Cuando los jóvenes marchen contra la telebasura incluyen velis nolis a los dueños de los canales limeños, que son uno de los grupos de poder más perversos, ya lo hemos visto.

Pensemos un poco. Una marcha es un acto de comunicación mediante el cual un colectivo pide, demanda algo a alguien a quien atribuye poder de respuesta. ¿A quién se demanda en la marcha contra la telebasura? Pues a los dueños de los canales, quienes en Perú son un poder convenientemente disimulado. Sería un buen aprendizaje que los jóvenes comiencen a identificar a este grupo como los encargados de decidir los contenidos de sus canales.

También comprenderán algo importantísimo sobre la jerarquía de poderes en el Perú y en el mundo. Cuando los canales desoigan el pedido, los jóvenes entenderán que hay un poder más fuerte que el Estado: el mercado, los dueños del capital y sus medios. Será el colmo que en el Perú el Estado retroceda y derogue la Ley Pulpín y que la empresa privada no ceda un centímetro. La lección además cuestionará la imagen de objetividad y de verdad que la pantalla se atribuye; es necesario que la gente no le crea a la tele, discrepe con ella y si es a partir de una marcha, bastante mejor.

Por otro lado, quienes critican este acto poniendo tono de liberalismo descarnado y lúcido, en realidad ven una pequeña parte del problema. Se denuncia hasta el cansancio el exceso de individualismo posmoderno, la nula participación política de los jóvenes; y al mismo tiempo se critica un intento de acción colectiva juvenil.

En la Teoría sobre los movimientos sociales, Marisa Revilla define “acción colectiva” como un fenómeno en que las voluntades individuales dejan de serlo y se unen alrededor de un objetivo común; en ese proceso se busca una identidad y se construyen y reconstruyen significados. Creo que esta marcha es una acción colectiva y como tal no es un fenómeno cerrado y concluido, no es un salir a las calles y gritar simplemente. Que un individuo decida salir a marchar en contra de la televisión nacional pone en juego una serie de intereses, emociones y reflexiones, y —aunque haya visto horas y horas de telebasura— muestra que definitivamente algo ha sucedido en su conciencia, ha creado lazos aunque sea difusos de responsabilidad y solidaridad.

Ya incluso antes de suceder, la marcha de la telebasura ha abierto una zona de diálogo en la que están inmersos los manifestantes, los disidentes y los comentaristas, lo queramos o no. Permite a las personas opinar sobre temas importantes como la libertad de expresión y la libertad de empresa, la educación y las instituciones que intervienen en ella, los límites entre la moral y el arte: una zona donde se intenta resignificar el bien común. Como diría Cornelius Castoriadis, crear un “agora”, un espacio público privado donde se discuten los límites de la norma y el poder a fin de construir una verdadera democracia, la única posibilidad de resistir al imperio del mercado o a los totalitarismos.

Podrán decir que no es para tanto, pero me niego a pensar como el servicio de “inteligencia” fujimorista y decir que esta marcha es una turba de gente desinformada que sigue a algún agitador en busca de popularidad mediática y que una vez desahogadas las energías todos se irán a casa y encenderán el televisor. Cuando la gente marcha algo sucede.

 

¿Y la libertad?

Algunos rumores aseguran que la marcha es parte de un plan maligno para cerrar los medios de comunicación. Que si hoy se veta “Esto es guerra” por el exceso de desnudez mañana podría ser vetada alguna expresión de verdadero arte erótico o alguna opinión que vaya contra el poder.

En primer lugar hay una confusión en este argumento. En la televisión no hay libertad de expresión, hay libertad de empresa. Cuando un periodista dice algo incómodo es despedido, quien disiente se va afuera. En la televisión peruana hay una sola voz, la muestra es el apoyo incondicional de todos los canales comerciales a ciertos candidatos durante los procesos electorales.

El Estado no decide, lo hace el empresario, y no solo con intereses económicos sino políticos, con ellos selecciona su programación. Si sus programas son basura, no solo es porque venden, sino porque además obedecen a un poder, a una visión de cómo debe ser la sociedad. Cuando defendemos así la libertad de expresión de los medios defendemos la magnífica oportunidad del empresario de darle forma a las conciencias de millones de personas a través de una señal que pertenece a todos los peruanos. Sí, es bueno recordarlo, la señal de la televisión no es su propiedad privada; así como las minas, el Estado la concede en licencia en nombre de nosotros, los ciudadanos.

Si se trata de libertad y de democracia deberíamos entender que no solo es necesario protegerse del Estado sino, sobre todo, del mercado. Una verdadera libertad de expresión no la decidiría ninguno de esos dos sino el debate de la sociedad civil, el conjunto de ciudadanos e instituciones no estatales que desde la controversia democrática toman decisiones sobre contenidos y libertades de los medios, ponen límites y los deshacen una y otra vez. De modo que si se censura una pieza artística o un comentario contra el poder, siempre habrá alguien con voz y voto para denunciar o reivindicar la restricción.

Por otro lado, está la libertad individual que ha sido definida como la libertad de elegir. Prender el televisor o abrir un libro, escoger televisión nacional o pagar una empresa de cable. Todos somos libres para descerebrarnos o hacernos hombres pensantes. Algunas visiones más sociales han señalado que ciertos grupos estarían desfavorecidos pues no tienen para pagar un recibo de cable, como si la gran desgracia de los pobres fuera no poder ver TNT.

La libertad individual como sinónimo de libertad de elegir entre degenerar o progresar intelectualmente es una falacia que una vez más coloca la responsabilidad de la exclusión en manos de los excluidos. Ahora no solamente los pobres tienen la culpa de ser pobres, sino también tienen la culpa de ser incultos y procaces, han cedido a la tentación de la caja boba y por tanto no tienen derecho a quejarse, si lo hacen son hipócritas, nadie que haya llorado por la muerte de Chespirito puede ir a marchar en contra de Esto es Guerra. La paradoja es que aquellos que no lloraron por Chespirito tampoco reclamarán, les es más conveniente reírse de la “estupidez” de los sectores populares que salir a la calle: en eso consiste su mecanismo de diferenciación social.

¿Un niño de ocho años puede elegir apagar la televisión? ¿Si sus padres trabajan doce horas diarias fuera de casa pueden elegir por él? Cuando ese niño crezca luego de ver por lo menos seis horas diarias de televisión, ¿podrá elegir apagar el televisor? El agitado mundo en el que algunas poblaciones viven no lo permite. Hablar del derecho de la libertad individual para embrutecerse o no hacerlo es justificar la desigualdad de la forma más sosa en la que el sector acomodado ha podido argumentar a favor de ella.

 

¿Y los ilustrados?

Como dije, reírse sobre la estupidez de la marcha contra la telebasura no me parece una actitud crítica sino una sencilla estrategia de diferenciación de clase. Algunos que se piensan ilustrados, que creen ser más educados, más lúcidos, más críticos con el sistema a veces se confunden y en lugar de conformar el estamento intelectual de la sociedad apenas integran un estilo de consumo un tanto extravagante. No creo que haya diferencia entre ver Esto es Guerra en tv nacional y ver Glee en cable, al final es teleaudiencia para la caja boba.

Durante la Modernidad los intelectuales, los artistas y quienes los rodeaban, pensaban que una forma de buscar eternidad era cumplir con el deber de educar al pueblo. Desde una u otra trinchera política trataban de colocarse en la vanguardia para guiar las acciones, asistían a las marchas, daban discursos en manifestaciones, hacían petitorios, se comprometían. En la Posmodernidad abandonan su trinchera política, su deber, y pierden función social. Hoy el intelectual solo piensa, ya no guía.

Según Zygmunt Bauman una estrategia para resolver el vació personal consiste en centrarse en el desarrollo de carreras individuales que a toda costa deben mostrar en los medios de comunicación, los ilustrados buscan invitaciones para aparecer en la caja boba porque piensan que para existir necesitan ser vistos en alguna pantalla. En el colmo de esta ansiedad algunos le toman fotos a la pantalla de tv que los muestra hablando de planes de lectura para publicarlas en la otra pantalla, la del Face.

Bourdieu dice que la televisión es para los ilustrados el espejo de Narciso. Por eso no pueden romper con ella. No les parece del todo mala, pero eso sí, no tienen reparo en desahuciar a los otros televidentes, pues necesitan alejarse de ellos. Sin acción social, las diferencias entre los ilustrados y la plebe se hacen difusas y por eso responden acusando a otros de estúpidos o demostrando que su consumo es totalmente diferente: si la plebe ve Esto es Guerra ellos ven Doctor House.

 

You are here: Home