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Revista Cultural

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Tragicomedia de la Degradación

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"Yo soy" en Arequipa

Aunque la telebasura es un fenómeno mundial, nos consta que, así como en la gastronomía y la falsificación de dólares, el Perú también va a la vanguardia. No podemos imaginarnos, ni en Rusia ni Japón –países de proverbial “exploración de los límites de la condición humana” vía satélite– algo semejante a una de las escenas antológicas del octavo arte nacional, esa suerte de auto sacramental del bullying: la entrevista de Magaly a Víctor Angobaldo, en que un Melcochita emboscado insultaba en off al aterrado invitado con lindezas como “¡Obama!” o “han dejado abierta tu jaula del Parque de las Leyendas”, amén de varios “imbécil” dichos en distintas coloraturas. Sin embargo, nos atrevemos a afirmar que en el programa de moda actual es donde podemos comprobar hasta qué punto “los peruanos de a pie” se han warholizado.
Sea el maoísmo o el vals vienés, toda franquicia en nuestra tierra se transforma, reloaded. El modesto formato del programa de talentos de imitación se ha convertido en una palestra donde el sujeto se enfrenta a la Suprema Prueba: el Reconocimiento como Otro. Porque aquí también hacemos rock. Y también, más allá del wachanwer, hablamos inglés y podemos desarrollar cualesquiera habilidades útiles para desenvolvernos con solvencia en cualquier corte global; sólo por mencionar el lado “serio” y “respetable” del proceso. Que lo diga sino el doctor Zegarra, que presidió la apoteosis del Kurt Cobain arequipeño hace algún tiempo.
Se espera un busto inminente en el Patio Puno.
Lo demás, también es válido. Sean salseros o baladeros. Con tal, el arte peruviano de imitar llamó la atención desde los tiempos de José de Acosta y Humboldt.
Pero es en Arequipa, ciudad paradigmática de la República, según Basadre, donde Yo Soy alcanzó la gloria. Demostrando un entusiasmo piadoso y provinciano, comparable al de la llegada del Papa o la Revolución del 50, centenares de talentosos se atropellaban hacia el viejo Ateneo donde cincuenta años antes desparramaba su misantropía César Atahualpa Rodríguez. Allí, disfrutaban de dos minutos de candilejas, interrumpidas por las ridiculizaciones multimedia de Adolfo Aguilar, esa especie de clown ambulante de Barrios Altos, y los ceños fruncidos y miradas reflexivas estudiadas de tres personas cuyo principal mérito es haber tenido, en distintos grados, cierto “protagonismo” en nuestro albañal televisivo. Sin embargo, lo más perplejizante de todo fue contemplar a ilustres celebridades musicales de la “localidad” someterse a este proceso. Gente que hasta hace unos días podíamos encontrar en cualquier bar sanfranciscano, compartiendo su “maravilloso mundo interior” y contándonos con voz delicada cuán extraordinariamente talentosos fueron desde los tres años y cómo su vida, por citar ejemplos, se vio marcada por un amor fallido y por un sempiterno compromiso con las causas más telúricas (en ese momento a todos les salen mechón, jubón y patillas, cual Mariano Melgar de characato de oro), descendió del Empíreo al Palo Ensebado del señor Morán. Una verdadera Marcha de Morán; pero más triste que la del Santo Sepulcro.

Una vez más, desde los tiempos de Vivanco y del Parque Industrial, alguien de Lima había jugado con nuestras dos marcas espirituales ancestrales: la megalomanía y la ingenuidad. Qué vamos a hacer. Veinticinco mil dólares no es moco-de-pavo. Ni tampoco decenas de vídeos en Youtube, que circularán como trendin’ topics de humor involuntario, de aquí a la eternidad.

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