altodelaluna

Revista Cultural

  • Full Screen
  • Wide Screen
  • Narrow Screen
  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size

La Estupidez

E-mail Imprimir PDF

Por La tiranía del relativismo, para utilizar la expresión del doctor Ratzinger, ha acabado con la reflexión sobre un tema fundamental en nuestros días. Un tema de vida y muerte. Nos referimos  a la Estupidez,  ese vicio ruinoso que amenaza con llevar el mundo de regreso al “caos primordial”.

 Pero en los textos sapienciales clásicos de Occidente, donde podemos encontrar muchas luces necesarias al respecto.
Dice la Escritura que “infinito es el número de los estúpidos” (Eclesiastés, 1:15) y dice bien. El Libro de los Proverbios es todo un tratado –quizá el mayor de toda la historia- sobre la estupidez y sus amenazas; la conclusión: “huye del hombre imbécil” (Proverbios, 14:7).
Pero, ¿qué significa ser estúpido? ¿podemos juzgar acaso a quienes profesan este “error”, si así lo fuera?  ¿existe un “derecho a la estupidez”? En primer lugar debemos decir que no nos referimos a la ignorancia, que en cuanto invencible, dispensa; ni de ninguna limitación mental innata o adquirida, sino de lo que Santo Tomás de Aquino –para el anticlerical James Joyce “el ingenio más lúcido que ha producido quizá la humanidad”- denominaba stultitia,  el oscurecimiento culpable de la razón. Siendo la vida un servicio divino del que nadie puede privarse sin culpa (vid. Platón, Fedón o del alma) y siendo propios de la vida humana el uso de la razón y del juicio, despojarse de ellos sin motivo alguno es un vicio grave. En este sentido, el estúpido quintaesencial sería el terco, que por razones pasionales (“psicológicas” dirían ahora),  “viendo, no ve” y “oyendo, no oye”. En la Secunda Secundae de la Summa, Santo Tomás desentraña distintos tipos de estupidez. Nos habla del “torpe”, que al igual que los atacados por el pez torpedo, se paraliza y actúa de forma obtusa, del “pusilánime” que por falta de fortaleza, busca enajenarse huyendo de la realidad, entre otros. En nuestro tiempo, dos inmensos ejemplos de estupidez en el peor grado serían el drogadicto y el suicida.
De entre los autores contemporáneos, uno de los pocos que se ocupa de la teoría de la estupidez, es el medievalista y narrador italiano Umberto Eco, a través de su personaje Belbo en “El Péndulo de Foucault”.  Allí, en el capítulo décimo, hace una distinción entre cretinos, locos, imbéciles y estúpidos propiamente dichos. Tanto el cretino como el loco, no pertenecen in extenso a la categoría clásica de stultitia. Pero “ser imbécil ya es más complicado. Es un comportamiento social. El imbécil es el que habla siempre fuera del vaso (…), es el que siempre mete la pata, el que le pregunta cómo está su bella esposa al individuo que acaba de ser abandonado por su mujer. (…) El imbécil está muy solicitado, sobre todo en las reuniones mundanas. Incomoda a todos pero les proporciona temas de conversación. En su versión positiva llega a ser diplomático.(…) El imbécil no dice que el gato ladra, habla del gato cuando los demás hablan del perro.” En cambio, “el estúpido no se equivoca de comportamiento. Se equivoca de razonamiento. Es el que dice que todos los perros son animales domésticos y todos los perros ladran, pero también los gatos son animales domésticos y por tanto ladran. (…) El estúpido es muy insidioso. Al imbécil se le reconoce enseguida (y al cretino ni qué decir)  mientras que el estúpido razona casi como uno, sólo que con una desviación infinitesimal”.
Como vemos, la stultitia es  un tema inagotable y urgente que daría para mayor reflexión, especialmente en nuestro país, atacado desde hace mucho por una ola general de estupidez, especialmente en sus clases dirigentes: basta contemplar un par de minutos de la presente campaña electoral.

 

You are here: Home