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Revista Cultural

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Los libros cerrados

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En nuestros días quizá la literatura sea la forma más fácil –la única exotérica- de aproximarse a un tema como los  Objetos Ominosos, antes de tanto interés para figuras tan diversas como Newton o Fulcanelli. Los llamo así a sabiendas que su verdadero nombre es inefable. O que por lo menos no me ha sido revelado todavía.

Borges en El Zahir, citando al dudoso Barlach, los define como “los seres o cosas que tienen la terrible virtud de ser inolvidables y cuya imagen acaba por enloquecer a la gente”. Sin querer menoscabar la grandeza terrorífica de estos Objetos, quisiéramos referirnos ahora a aquellos pequeños zahires cuya profundidad y  espanto consiguiente sea menor –hijos inevitables de una época masificada enemiga de cualquier grandeza- pero que probablemente compartan con aquéllos características y consecuencias similares.

En nuestro caso, se trata de ciertos Libros Cerrados. Cerrados para siempre.

El Libro Cerrado por antonomasia es el Libro de los Siete Sellos, escrito por dentro y por el reverso, del que pregonaba el Ángel Fuerte: “´¿Quién hay digno de abrir el libro y desatar sus sellos?’ Y nadie podía, ni en el cielo, ni sobre la tierra, ni debajo de la tierra, abrir el libro ni verle. Y yo lloraba mucho, porque nadie se halló digno de abrir el libro ni de verle” (Apocalipsis, 5, 1-4)

Y hoy en medio de la noche, pienso en dos Libros Cerrados, que ahora mismo, en algún rincón de mi biblioteca se yerguen como lápidas de destinos truncos pero posibles.

Polemizando contra la predestinación absoluta de los hugonotes, pensaron los doctores católicos  en los millones de millones de mundos posibles que podían generarse de la infinita combinatoria de las diversas decisiones de los hombres, y que habitaban en la mente de Dios como posibilidades. Y estos dos libros míos se  asemejan en mi reflexión nocturna a un Fractal Monstruoso e Infinito que se prolonga, semejante y diverso en distintos tiempos y espacios, a veces alcanzando la horrible certeza de una Felicidad concebible, incluso horrorosamente providencial y predestinada desde el inicio de mi vida, pero cerrada para siempre.

El primero de los Libros Cerrados es una edición de La Conjura de París, de Pablo de Santis, comprada en un Wong de Lima en un otoño bastante frío hace más de dos años y que todavía en su envoltura de plástico, ahora casi amarilla, languidece en medio del polvo de un estante sobrepoblado. El segundo es una biografía de Juana de Arco, de la pluma jocunda de Mark Twain, más cara y más reciente, pero también sellada y oculta. Porque mis Zahires  pertenecen a la ominosa categoría de los Regalos Nunca Dados. Un Regalo Nunca Dado es esencialmente un objeto trágico. Desde su origen, desde que fue apenas visto, se sabe  que corresponde a alguien,  sólo a ese alguien y a nadie más. Luego, una y otra cosa impide que el regalo alcance su destino; hasta que ya es demasiado  tarde. Y en el momento menos pensado, en tu mismo sancta sanctórum, te topas con el Libro Cerrado, incapaz de leerlo aunque quieras, tampoco de regalarlo a  cualquier otra persona; su visión te transporta a dos abismos paralelos y equivalentes: uno de lo que fue  y otro de lo que pudo ser.

Mientras tanto, los Libros Cerrados siguen ahí, oprimiéndonos y fascinándonos, quizás hasta la Liberación que signifique alcanzar la Gran Obra Alquímica, que coincidentemente Ireneo Filaleteo describía en La Entrada al Palacio Cerrado del Rey  con la frase “blanquead el metal y romped vuestros libros”. 

 

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